Encuentro Nacional de Artistas y Creadores
Martha Chapa
29 de agosto
Tal
como ocurre en otras entidades del país, en
Chihuahua la vida está siendo afectada por las
cruentas acciones de los cárteles del narcotráfico
en sus disputas y revanchas con bandas rivales o en
el ajuste de cuentas con las autoridades estatales
y federales.
Al respecto, debe reconocerse que en el ámbito del
gobierno federal se está dando una decidida y
vigorosa lucha contra la delincuencia.
Por fortuna, estos embates de grupos criminales no
han paralizado la actividad productiva de todos los
días, de modo que el desarrollo industrial,
comercial, agropecuario y de servicios continúan su
marcha.
Dentro de esta gran actividad que se despliega cada
día, la cultura también ha recibido un especial
impulso. Un hecho que celebramos no sólo quienes
pertenecemos a la comunidad artística e
intelectual, sino la ciudadanía chihuahuense en
general, es la posibilidad de disponer de múltiples
espacios para el disfrute de los bienes y servicios
culturales.
A propósito de este ámbito, en días próximos se
estará realizando en la capital y varios municipios
del estado el ya importante y prestigioso Festival
Internacional.
A la vez, recientemente se efectuó –del 27 al 29 de
agosto– el Encuentro Nacional de Artistas y
Creadores auspiciado por la Dirección de Cultura
del Municipio de Chihuahua. Ahí se abordaron temas
de suma relevancia y actualidad, en torno a los
cuales se registró la participación de casi 50
creadores y promotores de la cultura.
En las mesas de discusión ahí celebradas se
trataron infinidad de temas, todos de interés para
los asistentes. Lo mismo los derechos de autor en
el ámbito nacional e internacional, que danza,
ópera, crítica de arte, dimensión de los espacios,
al igual que cine, fotografía, literatura y crítica
literaria, música, teatro, pintura y escultura,
entre otros aspectos que afectan a los espacios de
la cultura.
Me correspondió intervenir en la reflexión sobre la
creación de empresas culturales dentro del campo de
las artes plásticas; un tema tan actual como
interesante.
A lo largo de la reunión se fueron intercalando
diversos números artísticos como “Historias y
leyendas de Chihuahua”, que abarcaron etapas
fundamentales (Independencia, Reforma y
Revolución); un recital del magnífico Coro del
Conservatorio de Música, conformado por más de 100
integrantes; el Grupo Latinoamérica, que se abocó a
los ritmos tradicionales, así como un memorable
concierto de la Orquesta de Cámara del
Conservatorio de Música, que ya cumplió 20 años de
vida.
Desde luego, en estas conferencias se abrió un
espacio importante para propiciar la participación
del público, que fue numeroso y predominantemente
joven, lo cual resulto tranquilizante y alentador,
pues, sin duda, lo que más nos hace falta es
ampliar las audiencias culturales, bien sea para la
lectura, los conciertos o las exposiciones.
La reunió terminó por constituir un intercambio
fructífero y trascendente, pues las conclusiones de
este encuentro derivarán con toda seguridad en
nuevas políticas públicas, programas y apoyos que
con seguridad se pondrán en marcha en el corto y
mediano plazo.
No cabe duda que, pese a todo, Chihuahua está de
pie y trabajando duro en todos los frentes,
incluida –en un lugar relevante– la cultura, que
aquí ocupa un lugar sustancial. Con ello se
constata que conforma un rubro indispensable
gracias a los elevados beneficios que aporta, tanto
en el desarrollo individual como en lo relativo a
la cohesión y armonía social.
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Ahora, Aura
Martha Chapa
22 de agosto de 2008
La
ventisca de lo que los humanos llamamos muerte se
llevó también a fines de julio al gran poeta
Alejandro Aura:
Sabemos que además fue un buen promotor cultural,
dramaturgo, actor, conductor de programas de
televisión pero, ante todo, desde mi punto de
vista, un meritorio exponente de la poesía
contemporánea de México.
Hasta el último día de su vida escribió poesía y
prueba de ello fue la práctica cotidiana de enviar
sus textos a miles de usuarios de la Internet. Por
cierto, al final, en esa tribuna compartió de
manera abierta y conmovedora la experiencia de su
ingreso al hospital, del que ya no saldría con
vida.
Siempre alegre, vital y con un singular sentido del
humor pidió que sus cenizas se mezclaran con
cemento y se aplicaran a la pavimentación de la
ciudad.
Debo decir que mi compañero Alejandro y él tenían
cierto parentesco lejano, pues ambos procedían de
la rama de los Ordorica, de Teocaltiche, Jalisco
aunque eran primos lejanos.
Justamente ahora recordábamos Alejandro y yo cuando
Aura montó una parodia que criticaba la omisión
social y mercantilización de la radio comercial a
través del monólogo que el genial actor-director
escenificaba bajo el título de “XE-Bubulú”.
También nos viene a la memoria su animada
participación en el Festival Internacional de
Cultura del Caribe, a invitación de mi compañero
Alejandro, quien la fundara en 1986. Por desgracia,
cinco años después este foro cultural desapareció
por la grave irresponsabilidad del gobierno de
Quintana Roo y el Consejo Nacional para la Cultura
y las Artes de esa época (Flores Olea y Tovar y de
Teresa).
Pero volvamos a Alejandro Aura, en cuya obra
literaria destacan sus cuentos
Los baños de Celeste y
su libro de poesía
Volver a casa,
con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía
Aguascalientes en 1973.
Y qué mejor que tenerlo presente con uno de sus
poemas, pues el artista nunca muere, queda su obra,
que vuelve a latir y a brillar cada vez que la
tenemos presente. Así, hoy lo recordamos con un
fragmento de uno de los últimos textos que publicó:
“Hay días en que el ramalazo es tan fuerte que no
sabe uno cómo esquivarlo, y eso me pasó ayer: me
vino de pronto un malestar profundo por dentro y
por fuera, dolores, incomodidades, tensiones,
tristeza (mucha desesperanza). Y buscando cómo
remediar la cosa –algo tengo que hacer, me dije, no
puedo seguir por esta pendiente hasta donde le dé
la gana– dormí lo mejor que pude; apagué la luz
temprano y recogí cada pizca de sueño que pudiera
encontrarme por ahí; total, pensé, si me despierto
muy temprano en la mañana me pongo a leer o a ver
qué invento.
Y hoy domingo me tengo hecho el propósito de
pasarla lo mejor que se pueda. Y también para no
estarles dando a mis interlocutores esas señas tan
equívocas; que puedo seguir escribiendo pero que no
puedo ya con el poema, y no sé qué dije ayer. Pero
eso sí es cierto, y lo dije con la mayor seriedad;
la verdad es que los cantos rodados me obligan a
ponerme en un campo de batalla, el sitio de trabajo
y eso, aunque lo haga lo más relajado posible,
representa de todos modos un esfuerzo de
concentración que requiere energía y ahora sí no
tengo. Aprovecho para desearles buen domingo. Que
les dé sabroso el sol y que tengan brisa para
refrescarse” (domingo 27 de julio de 2008).
Tres
días después, el polifacético poeta, narrador,
dramaturgo, conductor, director y guionista
fallecía en Madrid. En medio de la tristeza por su
ausencia física, nos alienta saber, sin lugar a
dudas, que su aura aún vive y nos ilumina.
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Tercera llamada
Martha Chapa
8 de agosto de 2008
El teatro en México acaba de sufrir una inmensa
pérdida: se fue un dramaturgo talentoso, original e
imaginativo. En plenitud de su productividad,
Víctor Hugo Rascón Banda, hombre de escenarios
múltiples, que combinó las letras, la abogacía y la
defensa de los derechos de autor, falleció el
pasado 31 de julio.
A modo de homenaje, recordemos algunas de sus
obras, en las que despliega textos y escenas
deslumbrantes, llenas de tensión dramática con un
toque alegórico, o bien de hechos reales, como
crónicas de su tiempo, con un manejo tan hábil que
permitía mostrar la belleza de la realidad sin
evadir su crudeza.
Conocedor como pocos del quehacer teatral, Rascón
Banda escribió varias piezas que ya son centrales
en la dramaturgia mexicana:
Voces en el umbral, Playa azul, Armas blancas,
Table dance, Manos arriba, La fiera del Ajusco,
Cierren las puertas, Contrabando, El caso
Santos y
La Malinche.
Dejó,
asimismo,
Sazón de mujer,
que es un canto a la vida, que escribió en medio de
entradas y salidas de hospital, durante un año que
transcurrió en trance entre la vida y la muerte,
episodios difíciles de los que había salido –salió–
siempre triunfante. La obra que menciono es una
especie de banquete imaginario y espiritual que le
permitió a su público extasiarse con los aromas,
sabores y colores de la cocina. A lo largo del
desarrollo de la puesta en escena van apareciendo
recetas de su tierra –la norteña Chihuahua– a
través de los personajes femeninos. Tres mujeres:
una menonita, otra tarahumara y una más, la maestra
local, que conversan e intercambian sus penas y
alegrías, en medio de recetas de cocina.
¿Qué nos dan ellas?
La menonita: quesos, pepinos y fruta en conserva,
pierna de jamón ahumado y salchichas, aunque la
debacle en el campo le cause serios percances
económicos que la obligan casi a vender todo.
Igual la mujer tarahumara, experta en preparar
pinole y tesgüino, quien en realidad es una
exguerrillera que huye de la soldadesca.
Y la mestiza, con sus guisados de carne,
verdolagas, chile (de bola) y flores.
En fin, historias entreveradas con deudas y
quiebras en el campo a causa del agio, el racismo,
la discriminación, el narcotráfico, la violencia y
la represión. Pese a todo, las tres mujeres se
sobreponen y preparan diferentes comidas, que
desembocan en un encuentro fraternal y solidario,
donde “cocinar es crear”.
La cocina, como ahí se dice, es fundamental en la
vida y hasta Dios puso los ingredientes cuando
formó al hombre: Una onza de pasión, algunos gramos
de dolor, un kilogramo de sabiduría, una taza de
egoísmo, si bien gotitas de fe, un litro de
esperanza, una cucharada de celos. Todo
salpimentado por amor al gusto.
Rascón Banda, recio escritor nacido en 1948 en
Uruáchic, Chihuahua, conoció las entrañas de los
más vivos problemas nacionales y los volvió tema de
sus obras dramáticas, que entreveró en sus
argumentos con total franqueza y sin merma de la
estética en la escena. Fue discípulo de tres
grandes figuras del teatro nacional: Héctor Azar,
Vicente Leñero y Hugo Argüelles. Tal aprendizaje lo
dotó de una maestría que él se encargó de refinar y
plasmar en un repertorio siempre original y
moderno.
Ese
conocimiento de la realidad del país se robusteció
gracias a sus estudios de Derecho, carrera que
cursó con enorme brillo y que le abrió el camino
para cursar también la maestría y el doctorado en
esa disciplina.
Además
de su aportación invaluable a la dramaturgia
nacional, que le hizo merecedor de abundantes
reconocimientos y premios, Rascón Banda fue
novelista y guionista de cine. Asimismo, sabedor de
los problemas y agravios que enfrenta el derecho
autoral de los escritores en México, representó a
su gremio, con grandes méritos y reconocimientos,
en la presidencia de la Sociedad General de
Escritores de México.
Estoy
cierta de que a pesar de su ausencia lo seguiremos
recordando por haber sido tan buen amigo, así como
por su talento, generosidad y estoica lucha a favor
de la vida que, bien sabemos es “sueño”, como diría
Calderón de la Barca.
Por eso, su obra e importante herencia literaria es
memoria presente, inolvidable y entrañable.
Pese a su ausencia física, sigue, seguirá, el canto
de Víctor Hugo Rascón Banda, para fortuna nuestra.
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La gran Antonieta
Martha Chapa
18 de julio de 2008
Si
bien fue bautizada como María Antonieta Valeria
Rivas Mercado y Castellanos, aquella niña que vio
la luz justo al despuntar el siglo XX –nació en
1900–, pronto abrevió su nombre para dejarlo en un
escueto Antonieta Rivas Mercado. Quizá lo hizo para
más parecerse a su papá: el célebre arquitecto
Antonio Rivas Mercado, a quien adoraba y para quien
ella era la hija consentida.
En contrapartida, le tenía poco afecto a su madre,
quien había abandonado a la familia, por lo que en
su casa jamás se le volvió a mencionar. Con sus
hermanos Amelia, Elisa y Mario, Antonieta no
guardaba semejanza alguna, ni siquiera en el color
de la piel, ya que ella era morena. Se cuenta que
por esa razón la repudiaban en la familia, ya que
la mayoría de sus integrantes se consideraban de
estirpe blanca y aristocrática (ya saben,
prejuicios inherentes al porfiriato).
Dice José Vasconcelos, en el capitulo que le
consagra en sus memorias, que Antonieta no era
físicamente deslumbrante, pero su presencia, el
hálito que emanaba cuando aparecía, era luminoso.
La gente dejaba de ver a la mujer de carne y hueso
para observar aquel espectáculo de la inteligencia,
de la finura del espíritu, de la elegancia.
Sabemos que existen afinidades, miles de
coincidencias, entre mujeres talentosas que han
destacado en la vida cultural de México. Tal vez
como idea arrebatada –de ninguna manera pretendo
establecer una tesis–, se me antoja pensar que al
construir el interior de su alma, muchas de ellas,
por quién sabe que extrañas razones, se sienten en
la necesidad de destruir el exterior –el cuerpo– y
por ello ponen fin a sus vidas.
Otro pensamiento de similar naturaleza existía hace
algún tiempo y aún se asoma, por desgracia, en
ciertos aspectos de la educación de las damas:
nuestro papel era siempre estar detrás del varón.
Luego intentamos caminar hombro con hombro para
apoyarnos, para luchar juntos hombre y mujer. Sin
embargo, algunos varones no han estado de acuerdo
con esta situación y mucho menos aceptan que sus
compañeras den un paso adelante. Y si pese a ello
las mujeres deciden marchar a su propio paso, pagan
un precio muy caro: soledad, marginación, críticas
demoledoras.
Muchas no soportan el peso de toda esta
insensibilidad y, en su frustración y
desesperación, ponen fin a su existencia de manera
trágica. Por supuesto, es importante reconocer que
las cosas están cambiando y hay hombres que sienten
orgullo por los triunfos de sus mujeres.
Por
eso me refiero hoy a una de esas mujeres dolientes,
que padecieron las injusticias de una época. Pese a
los muchos libros, ensayos, poemas, películas que
ha inspirado Antonieta Rivas Mercado, algo nuevo
queda bajo su sol. Mujer múltiple, bien dotada,
permite, invita, incita a indagar una y otra vez
acerca de su vida, pues en realidad se le conoce
más a través de su muerte: su suicidio, a edad aún
muy joven, en la catedral de Notre Dame, en París.
Pero
Antonieta Rivas Mercado fue mucho más que una mujer
que decidió quitarse la vida en un imponente
recinto religioso europeo. Toda ella representa una
señera figura de nuestra cultura, una leyenda, una
gran mujer que defendió los derechos de género y
siempre se mantuvo a la vanguardia. En sí, un
personaje que constituyó un referente de la cultura
de aquel México posrevolucionario que empezó a
crear instituciones.
Siempre la tenderemos presente, y más ahora, con la
exposición que se ha montado en el Museo de Bellas
Artes de la ciudad de México y que ya abrió sus
puertas al público, luego de que fue inaugurada en
ceremonia a la que asistió el presidente de la
república, Felipe Calderón. Una muestra que a
través de las 180 piezas nos ayuda a reconstruir
esa gran figura de las primeras décadas del siglo
XX.
La vida de Antonieta fue intensa y vital, pero con
una pasión tal que la condujo al triste final en la
flor de su vida, en una época marcada por el
romanticismo que parecía enarbolar emociones y
sentimientos al filo de la existencia. Sus
biógrafos nos hablan de momentos tan difíciles y de
profunda depresión, lejos de la tierra propia, que
seguramente la llevaron a su última y fatal
decisión.
Como decía antes, de niña recibió una fuerte
influencia de su padre, el distinguido arquitecto
Antonio Rivas Mercado, que entre otras de sus obras
tuvo a su cargo la construcción del Monumento a la
Independencia (El Ángel), inaugurado en 1910 para
conmemorar el centenario de la gesta iniciada por
Miguel Hidalgo.
Pronto esa niña, afecta a los libros y las artes,
iría encontrando su vocación hasta convertirse en
una excepcional promotora cultural que puso toda su
fe en el poder redentor de la cultura, de los
libros, del alfabeto, de la pluma, de la tinta, de
la biblioteca, de las salas de exposiciones, de la
música. Y tal vez soñara alguna vez, en sus
momentos de soledad y desvelos, en que si
Vasconcelos llegaba a la Presidencia de la
República, la nombraría secretaria de Educación
para, de ese modo, poner en práctica todas sus
innovadoras ideas. Antonieta estuvo en la campaña
presidencial de Vasconcelos; de esta experiencia
dejó interesantes testimonios. Trabajó por eso y
para eso.
No debo omitir que su espíritu generoso la llevó a
gastar su propio dinero en editar libros de autores
tales como Celestino Gorostiza, Salvador Novo,
Samuel Ramos, Xavier Villaurrutia y también de
Andrés Henestrosa, a quien llamaba
El Niño.
Fue ella quien le dijo al oaxaqueño que algún día
llegaría a ser un gran escritor; él, años después,
entre coquetería y seriedad, afirmaba que la hada
quiso, pero los hados no. Andrés comentaba que en
eso Antonieta fue mala profeta, pero yo creo que
no, porque su predicción se cumplió: Andrés
Henestrosa fue un escritor de excepción.
Aquel
afán de promover la cultura la llevó a crear e
patronato de la Orquesta Sinfónica Nacional; a
traducir a los escritores más famosos de esa época,
como Eugene O’Neal, Jean Cocteau, George Bernard
Shaw. También por aquella razón trajo a México a
quienes innovaban la escena musical mundial:
Copland, Ravel, Stravinsky. Así era como preparaba
el ambiente para, llegada la hora, poner en
práctica sus conocimientos.
Sueños que, por inasibles, la llevaron a la extrema
desesperación; la otra gota de amargura que, al
rebasar el vaso, la condujo a la muerte. Su vida,
tan fugaz, no está del todo reconstruida, como
tampoco se ha dado con la razón última del tremendo
paso final. Por ejemplo, quisiera saber: ¿de qué
estaba hecha ella?, ¿era mujer de carne y hueso o
más de carne que de hueso? ¿Quién era Antonieta
Rivas Mercado cuando estaba a solas? Se sabe, por
un diario suyo, desgraciadamente ahora extraviado,
cuáles fueron sus reacciones como mujer, cómo era
cada veintiocho días, cómo cinco días después; cuál
el sabor de su boca antes y después del beso. Una
mujer dotada, como ella, era necesariamente
extremada en sus apetencias carnales. Su
inteligencia, su imaginación, se desbordaban en la
hora suprema; es decir, en la dicha amorosa.
Hoy
la vemos en toda su dimensión y reconocemos sus
múltiples y meritorias herencias, pues esas décadas
en la vida cultural y política de México no se
entenderían sin ella.
La presencia de mujeres con esa enorme dimensión,
que aun en la muerte vencieron al destino, se
requieren hoy más que nunca, cuando la República
parece no encontrar su propio derrotero y toda la
nación espera nuevos liderazgos y personajes que
aceleren la dinámica del cambio cultural, moral,
social y político que anhelamos.
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Árbol de vida
Martha Chapa
11 de julio de 2008
De nuevo la frontera sur me
abre sus brazos generosos, ahora para la siembra de
un árbol en el inmensamente bello Xel-Há, como
símbolo de la defensa y preservación del medio
ambiente.
Y justo ahora que estaré dentro de un par de días
por ese paradisiaco lugar, no dejo de evocar la
poesía que ha emergido de su tierra, de su arena,
de su mar, de su calidez, de su gente.
Recuerdo, por ejemplo, un magnífico libro que editó
el gobierno de Chiapas en el marco del Programa
Cultural de las Fronteras. Se trata de una muestra
de poetas y narradores de esa franja del sureste
mexicano que conforman Quintana Roo, Campeche,
Yucatán, Tabasco y Chiapas.
Para empezar, me encanta el título que le dieron a
esa obra: Tiempo
vegetal, pues lo considero a la vez
una proclama y una convocatoria para sumarnos lo
mismo a la poesía que a la lucha ecológica.
Ya en las portadillas se advierte el banquete
poético que este volumen nos depara. Por un lado,
José Carlos Becerra con “La selva transcurre
vendada de lluvia, todo yace enterrado en las
grandes cabezas de piedra […] la selva lo acecha
todo, su velocidad tiene forma de pozo […] Todo
está igual que el primer día, sin embargo…”; por
otra, Jaime Sabines que nos conforta cuando dice:
“Amanece sobre la tierra, entre los árboles, una
luz silenciosa, profunda”.
Y así, cada uno de los autores, con particular
relevancia Carlos Pellicer, Rosario Castellanos,
Juan de la Cabada, José Gorostiza, al lado de otros
que constituyen, en su conjunto, una cascada bella
y refrescante para el espíritu.
Con razón en la contraportada nos advierten que tan
inmensos poetas se conjugan como selva, viento y
agua.
De hecho, frente a la oportunidad de colaborar en
este noble empeño para cuidar al planeta me inspira
lo que sus artistas y sus invaluables aportaciones
han sembrado desde los tiempos del Popol-Vuh y el
Chilam Balam.
Total, que estoy preparando el equipaje para viajar
a esos paradisiacos lugares de sur mexicano.
Sembraré, me dicen, un árbol de la especie
llamada Burseraceae,
que reproduce, a su vez, esta hermosa leyenda:
“Hace ya mucho tiempo, dos príncipes se enamoraron
de la misma princesa maya. Uno era muy malo, no
quería a la gente, era egoísta y celoso, se llamaba
Dzic (Furia). El otro era noble y bueno, llamado
Kinich (Rostro del sol). La princesa Nicté Há
quería mucho al príncipe bueno, pero el malo no
quería dejársela. Un día trato de acabar con su
contrincante, que además era su hermano. Los dioses
muy molestos por su acción lo castigaron
transformándolo en un árbol, al que llamaron
Chechen pero era tan malo que aun en forma de árbol
trataba de lastimar a la gente con su resina. El
príncipe bueno pidió a los dioses que a él también
lo convirtieran en árbol, que con su resina pudiera
curar la quemadura del Chechen y lo llamaron
Chacah, pero dispusieron que crecieran uno cerca
del otro eternamente, lo que al paso de los siglos
continúa sucediendo: siempre cerca de un Chechen
crece otro de Chacah”.
Voy, entonces, con el alma abierta, a esos lares
donde la poesía y el amor a la tierra se ven, se
sienten, se escuchan, se respiran. Regresaré, estoy
segura, con la conciencia ecológica revitalizada y
dispuesta más que nunca a refrendar día a día mi
compromiso con la supervivencia del planeta.
Si acaso, lo único que lamento es que haya dejado
de celebrarse el Festival Internacional de Cultura
del Caribe, que nació en Quintana Roo en 1986 y al
cual asistían artistas e intelectuales de más de 20
países de la región, como una gran fiesta de paz,
fraternal encuentro, rica cultura y defensa
solidaria de la Tierra. Confiamos en que pronto
haya convocatorias similares para festejar juntos
las expresiones culturales, la fraternidad y la
vida.
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Mi novia, la tristeza
Martha Chapa
4 de julio de 2008
He
tenido entre mis manos, ávidas de hojear una y otra
vez, un excelente libro que desde la portada me
atrajo de inmediato por el regio porte de Agustín
Lara en la imagen que ahí aparece. Se trata de una
obra de mi querida amiga Guadalupe Loaeza, que suma
así un éxito más a su ya larga cadena de logros
editoriales.
A la vez, fue inevitable recordar a otro gran
amigo, Carlos Monsiváis, quien también se ha
ocupado de ese célebre personaje que para mí
representa todo un hito, no sólo en el plano
literario, sino también en el sociológico.
Así, cada cual a su manera, ambos nos ofrecen sus
retratos de quien llenara toda una época musical y
sentimental en México. En
Amor perdido,
libro inolvidable de Monsiváis, se menciona a este
importante personaje y se hace un análisis de la
temática de sus canciones en el contexto histórico
de su tiempo.
Ahora, Guadalupe Loaeza en
Mi novia, la tristeza,
no se limita a una simple semblanza biográfica o la
recopilación de anécdotas que, por supuesto,
abundan. Es, como indica el comentario preparado
por editorial Océano para la obra, “el encuentro
más pleno y emotivo que se haya elaborado hasta hoy
con la figura de Agustín Lara. Es una pintura vivaz
e informada del gran compositor, del México que le
tocó vivir, de su música, de sus intérpretes, de
las películas en las que participó, así como de los
avatares de una existencia de alguna manera marcada
por la búsqueda de un ideal amoroso que se
vislumbra en la letra de sus canciones”. A casi 40
años de su muerte, Agustín Lara sigue presente y
despertando el interés por su obra y por su
apasionante vida. El libro escrito por Guadalupe
Loaeza en conjunto con el musicólogo
Pável Granados nos ofrece también un
detallado retrato
de las mujeres que tuvieron más relevancia en la
vida del músico veracruzano.
En fin, una obra magnífica, con fotografías,
anécdotas, cartas y mucha información proveniente
de una investigación larga y exhaustiva que le
valió a Guadalupe Loaeza ser merecedora de la
medalla Agustín Lara en su emisión 2007, presea
concedida por el gobierno de Veracruz.
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Palabras en reposo
Martha Chapa
27 de junio de 2008
Alí
Chumacero recibió un merecido homenaje por sus 90
años de vida y todos quienes amamos la literatura
–y, en particular, la poesía– debemos celebrarlo,
pues se trata de un notable poeta y editor, cuya
obra forma parte esencial de la literatura mexicana
contemporánea.
El lunes 23 de junio se le brindó en la sala
principal del Palacio de Bellas Artes
–prácticamente repleta– un amplio reconocimiento,
con la participación de destacados escritores que
comentaron su obra poética e hicieron referencia a
su trayectoria.
Estuvieron junto a él los escritores Dolores
Castro, Jaime Labastida, Emmanuel Carballo, Eduardo
Lizalde y Carlos Montemayor, quienes expresaron su
admiración y afecto hacia este longevo “obrero de
los libros”, como él mismo se ha denominado.
Finalmente, Alí Chumacero pronunció un profundo
mensaje, que llegó a su punto conmovedor cuando,
aludiendo a sus nueve décadas de vida, sentenció:
“igual, pronto nos vamos con nuestra música a otra
parte”.
Poeta, editor, maestro, tipógrafo, corrector y
amigo. Todas esas facetas de Chumacero salieron a
relucir en este emotivo y más que merecido
homenaje. Y él, modesto, afirmaba:
“En
realidad, yo sólo he practicado el afán de hermanar
el sentimiento y el rigor, a fin de mantener
inalterable una vocación originada desde la
adolescencia, fortalecida durante la madurez y
siempre guiada a convertir en insólito lo
cotidiano. La poesía es una forma del entusiasmo
que, a veces, a través del tiempo, encuentra un
límite vital”.
Unos
días antes, el Fondo de Cultura Económica anunció
que en breve publicará una edición de la poesía
completa Alí Chumacero con prólogo de José Emilio
Pacheco. Asimismo, informó que se bautizará con el
nombre del poeta a la próxima librería del Fondo,
que estará ubicada en la Terminal 2 del Aeropuerto
Internacional Benito Juárez.
Ya desde el inicio de la ceremonia se advertía en
los programas de mano un texto que sintetizaba bien
esta vida fructífera del homenajeado:
“El largo camino de una vida como la de Alí
Chumacero puede medirse, en su caso, por la
originalidad de la obra que ha sido capaz de
concebir y por su honda repercusión en el universo
de las letras mexicanas a las que, desde distintos
ámbitos, como poeta, como ensayista y como editor,
ha contribuido a enriquecer. Heredero y renovador
de una rica tradición poética iniciada por a
generación de
Contemporáneos,
Chumacero ha sido protagonista y observador de los
movimientos culturales más relevantes de nuestras
letras en el siglo XX. Es autor de una obra lírica
breve […] concebida fundamentalmente en su juventud
y primera madurez, pero de una luminosa
expresividad. Una obra que, como afirmara José
Emilio Pacheco, es comparable a “estrellas
solitarias que brillan con luz propia en el cielo
de nuestro idioma”. Compañero de autores tan
notables como José Luis Martínez, Jorge González
Durán y Leopoldo Zea en la juvenil empresa
editorial que devino en la revista
Tierra Nueva,
Chumacero colaboró también en la creación de otras
revistas de señalada trascendencia, como
Letras de México y
El Hijo Pródigo, además
de suplementos culturales como
México en la cultura y
La cultura en México, a
cuyo prestigio contribuyó con su trabajo
disciplinado y su acertada orientación, encaminados
siempre a dotar de vitalidad y dinamismo a la
literatura mexicana […] Rendimos homenaje al
creador y a toda una época dentro de la cultura y
las letras mexicanas. Y celebramos este año nueve
décadas en la vida de un hombre que nos legó un
puñado de poemas reconcentrados y devocionales,
escritos como una liturgia para los días comunes,
preñados de preguntas y meditaciones sobre el amor,
la soledad, la muerte, el dolor”.
A lo largo de esta reunión de amigos de las letras
y el arte, desde luego evoque el grato recuerdo de
Lourdes Chumacero, esposa de Alí, destacada
galerista y promotora cultural que tanto me alentó
y apoyo en mi carrera profesional dentro de las
artes pláticas.
Y, como final de fiesta, se ofreció un excelente
concierto del grupo Capella Cervantina, dirigida
por el .
Quedó, pues, constancia de lo importante que es la
poesía de este personaje nacido en Acaponeta,
Nayarit, el 9 de julio de 1918 y quien no sólo ha
participado en revistas cruciales en la vida
intelectual del país –como señala el párrafo
anterior–, sino que además tiene una larga
trayectoria como editor del Fondo de Cultura
Económica.
También fue fundador de la muy importante en
incluso imprescindible serie SEPSetentas. Sus
muchos méritos editoriales y literarios le han
hecho merecedor de numerosos reconocimientos, como
el Premio Xavier Villaurrutia 1980, el Premio
Internacional Alfonso Reyes 1986 y el Premio
Nacional de Ciencias y Artes (Lingüística y
Literatura) 1987. Entre sus poemarios, que ya
forman parte de lo más rico del acervo literario
mexicano, están:
Páramo de sueños (UNAM,
1944);
Palabras en reposo (FCE,
1956); la antología
Responso del peregrino (UNAM,
1980);
Manantial
de sombra (Aldús, 1998) y
Antología personal (Colibrí,
2003)
Por todo, desde aquí un abrazo cordial a nuestros
amigos Alí, así como a su hija Cantalú y a sus
hijos.
e mail:
enlachapa@prodigy.net.mx
www.marthachapa.net
¡Santo! ¡Santo!
Martha Chapa
20 de junio de 2008
Desde
la antigüedad, el deporte forma parte de las
culturas, como ocurrió, por ejemplo, con la
aparición de la lucha grecorromana, que en su
nombre define sus orígenes y que con el tiempo se
convirtiera en una disciplina olímpica.
Así, al paso de los siglos esa actividad se
diversificó para dar lugar a otras justas
deportivas e incluso se transformó en espectáculo,
digamos que en la raíz de lo que hoy conocemos como
la lucha libre.
En nuestro caso, el de México, esta disciplina
empezó hacia finales del siglo XIX, pero fue en la
época contemporánea, especialmente en los años
cincuenta y sesenta, cuando vivió un clímax gracias
a un luchador que habría de constituirse en el eje
del espectáculo para llegar a ser con el tiempo
todo un ícono: el Santo.
Sí, me refiero al Enmascarado de Plata, que
simbolizaba el bien dentro y fuera del ring,
personificación que lo condujo con frecuencia al
cine, donde fue protagonista de alrededor de 50 de
películas, en las que se enfrentaba por igual a
gánsters o científicos desquiciados, e incluso
hasta a zombies y mujeres vampiro.
Ahora, el mítico hombre de la lucha libre, que
conservó su rostro oculto hasta su muerte, recibe
un homenaje para quedar inmortalizado en una
estampilla postal.
La idea, además de justa, es valiosa e imaginativa
y fue iniciativa de la actual directora del
Servicio Postal Mexicano, Purificación Carpinteyro,
interesada por el rescate y la preservación de las
expresiones más genuinas de nuestra cultura
popular. Gracias a su propuesta, el jueves pasado
se dio a conocer una serie de seis estampillas
–tres de El Santo y tres de su heredero– con un
tiraje de un millón 200 mil timbres postales.
En la ceremonia, Purificación Carpinteyro subrayó
la importancia de recordar nuestros valores y
tenerlos siempre presentes. “La lucha es más que un
deporte o pasatiempo, es una pasión que ha
trascendido”, señaló, para agregar: “qué mejor que
empezar y hacerle un homenaje al Santo y a su hijo,
quien no sólo ha trascendido en el ring".
Por su parte, El hijo de Santo evocó a su padre, un
hombre ejemplar que le inculcó el deporte y la
ética en la vida, así como los primeros secretos de
la profesión.
En una ceremonia que tuvo como escenario el hermoso
Palacio Postal, ubicado en la calle de Tacuba, en
el centro de la ciudad capital, se dio a conocer
esta serie de timbres postales. La cancelación de
las estampillas estuvo a cargo del propio hijo del
homenajeado principal, también un gran luchador con
una destacada trayectoria.
Ahí se anunció que estos timbres forman parte de la
serie llamada Íconos de la Lucha, que incluirá a
otras grandes figuras del ring de ayer y hoy. Aún
no nos enteraremos de quiénes vendrán a engrosar la
fila de estos íconos, pero desde luego pensamos en
Blue Demon, Black Shadow, la Tonina Jackson, y en
una de esas se cuelan personajes igualmente
inolvidables, aunque de “los rudos”, bien sea el
Cavernario Galindo o el Médico Asesino. Y de
nuestros días, tenemos dudas, pues hay muchos y muy
buenos, pero en todo caso creemos que debe hacerse
una cuidadosa auscultación sobre su trayectoria
profesional y personal, pues no pueden correrse
riesgos.
Total, que fue una reunión muy conmovedora, donde
se dejó escuchar aquel célebre grito colectivo
lleno de emoción y a veces delirante de parte de
los aficionados: “¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!”.
Otro acierto fue la exposición que se montó en este
recinto con algunas prendas y objetos de los
homenajeados. Pero lo que más me sorprendió fueron
¡las pinturas! del hijo del enmascarado de plata,
pues no deja de ser un caso excepcional que quien
se dedica a una actividad tan brusca tenga a la vez
inclinación artística, además de que las obras
pictóricas de este heredero de la leyenda
enmascarada me parecieron interesantes e
intuitivas, en su propio estilo
naif.
En todo caso, me deja muy buen sabor de boca y me
da gusto que siga cerca de nosotros ese excepcional
hombre que marcó toda una época, al grado que se le
extraña, pues con seguridad mucho bien haría si se
dedicara a combatir a “los malos de hoy”, sean
narcos, pederastas o terroristas.
Por todo, reconocemos la acertada decisión de
Correos de México y nos unimos a la evocación
salvadora de este Santo laico, heroico y mítico.
e
mial:
enlachapa@prodigy.net.mx
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NOSOTROS LOS TACOS
Martha Chapa
13 de junio de 2008
En esta ocasión abordo un tema
que en México a todos atañe, pues forma parte de
nuestra esencia nacional: el taco. Viene a
propósito porque tengo el enorme gusto de que en
estos días salga a la luz un libro de mi autoría
llamado, justamente, Los tacos de México.
La
aparición de esta obra, editada por Aguilar, me da
oportunidad para hacer, junto con ustedes, algunas
reflexiones en torno a esta fascinante especialidad
de la gastronomía mexicana.
Pero primero quisiera comentar que nuestra cultura,
hoy más que nunca, se ha convertido en la expresión
de los valores y tradiciones que nos caracterizan y
que encuentran en la comida uno de los soportes más
consistentes de la nacionalidad. Valores que
debemos reforzar, aún más en estos tiempos en los
cuales la confusión y la globalización prevalecen
tanto en el terreno económico como en el político
y, también, en el ámbito cultural.
En vista de esas circunstancias, es muy importante
persistir en la creación, difusión y defensa de lo
que entendemos por cultura nacional. Sin pecar de
chauvinistas, debemos recordar que esos valores nos
han permitido forjar un patrimonio y un legado
invaluable a la humanidad, desde nuestros ancestros
indígenas hasta nuestros tiempos, pues sin lugar a
dudas nuestra capacidad creativa está a la altura
de la de cualquier nación del mundo.
En
fin, que a través de las páginas de mi nuevo libro
intento hacer un recorrido por todo México y
ofrecer al público lo que yo llamaría en realidad
“Los mil y un tacos”, pues estoy convencida de
que
todo cabe en una tortilla sabiéndolo
acomodar.
De hecho, día a día inventamos y recreamos tacos en
la vasta imaginación de cada una y uno de nosotros.
Si tuviéramos que remitirnos al origen de los
tacos, veríamos que la historia apunta su raíz
prehispánica, pues ya desde los cronistas españoles
se hacía referencia al señor Moctezuma, quien
tomaba un pedazo de tortilla y lo embadurnaba
de
molli.
Con el tiempo, la Nueva Tenochtitlan extendió su
esplendor a diferentes zonas, desde luego en los
alrededores de ese centro de poder azteca, en lo
que hoy es Puebla, Tlaxcala e Hidalgo, pero también
en el Bajío y hacia el sur del país. También
diseminó sus hábitos alimenticios, que se unieron a
los de otras culturas y permitieron que ninguna
región de lo que ahora es México se haya perdido de
saborear los tacos y, en una u otra medida, cada
una haya hecho sus propias aportaciones culinarias.
Por ejemplo, el origen de los tacos de carnitas y
de chicharrón de puerco se ubica en Michoacán y
Jalisco. También del rumbo son los tacos de cabeza
de res, de la que se come todo: desde los sesos
hasta el ojo, incluyendo trompa, cachete, oreja y
lengua, aunque los hay, además, de cuajar, ubre,
tripa, machitos y otras vísceras, todos al vapor.
Los tacos de barbacoa, tanto de horno como hoyo,
son oriundos de la región centro de México. En
cambio, las flautas, que por lo general se rellenan
de pollo o barbacoa deshebrados, parecen haberse
concebido en Veracruz, Guerrero y Morelos.
La variedad de los tacos mexicanos es enorme: desde
los indígenas, más tradicionales, hasta los de las
épocas más recientes –los de la última mitad del
siglo XX, digamos–, como son los tacos al carbón,
de filete, bistec, costilla y chuleta de cerdo,
acompañados de sus indispensables cebollitas asadas
y frijoles charros. O los tacos al pastor, con un
influjo oriental, a base de carne de puerco
adobada. Y qué decir de los tacos sudados, rellenos
de guisado, con la tortilla doblada (no enrollada),
envueltos en un pedazo de tela para conservar el
calor. Como ven, el tema es delicioso y casi
infinito.
Los
tacos de México es una obra elaborada con enorme
gusto y con un profundo reconocimiento a ese
platillo esencial del mexicano. Un libro que pongo
a su disposición y que, confío, les resultará de
interés, pues además de un amplio texto sobre la
historia de este alimento imprescindible, sus
variantes y decenas de recetas, contiene un bien
documentado prólogo preparado por prestigiado
historiador José N. Iturriaga de la Fuente.
Asimismo, en la contraportada se incluye, a manera
de presentación, un texto del escritor Alejandro
Ordorica, que por su brevedad, riqueza y toque
poético me enorgullece reproducir aquí:
“Cada vez que llevamos el taco a la boca,
celebramos un ritual de siglos. Desde los tiempos
de las culturas indígenas, nuestros ancestros
obtuvieron el maíz de sus dioses y la bendición de
poder transformarlo en tortilla.
“Ya Moctezuma acariciaba entre sus manos un pedazo
de esa maravilla circular para embadurnarla de
molli, el mole, la salsa de salsas, con sabor al
paraíso de Tlalocan.
“Supo evolucionar y se mezcló con alimentos de
otras latitudes. Así, con la llegada de los
españoles y el inicio de la crianza de puercos,
derivaría en la exquisitez del típico taco de
carnitas, lleno de cilantro, cebolla y salsa de
color patrio.
“Pero pasaron cientos de años para que reapareciera
con una nueva cauda que multiplicó formas y
contenidos.
“Seguramente fue silenciosa, asentándose
gradualmente, de una y otra manera, en la
interminable imaginería popular que vendría a
engrandecer la oferta, lo mismo en los mesones de
la Colonia que en los mercados populares del siglo
XX.
“Llegaría el momento de las primeras taquerías con
sus nuevas ofrendas culinarias, donde ya luce el
escenario natural de un pedazo de tronco cercenado
transversalmente y el foco que irradia el apetito,
para repetir machaconamente la liturgia infinita
del taquero, defendiéndose de una modernidad que se
inclina por la prisa insabora a la hora de comer.
“Atrás, los refrescos alineados y en algunos
lugares hasta el tepache en su barril de color
altisonante, vísceras relucientes, galería de
salsas, tortillas que parecen volar y cumplir un
destino superior en el universo del sabor y la
comida de millones de mexicanos.
“Ahora,
Martha Chapa, maestra de la buena mesa y alquimista
mayor, se extiende al antojito, pues sabe y ejerce
con fascinación el apostolado de los manjares de la
tierra nuestra. Aquí, ella degusta la historia del
taco, que de boca en boca va cruzando todo un mapa
de penínsulas, desiertos, valles o litorales. Y una
vez más, se adentra prodigiosamente en la dimensión
gastronómica, que tanto nos ha distinguido, quizá
hoy más aún en tiempos de la globalidad.
“Así, cada día se rememora, sin saberlo, esa
creación de la divinidad que nace con nosotros
desde los primeros tiempos de la cultura del maíz,
y que surca como hasta ahora, fervorosamente con
sabor a milenio”.
Y, bueno, para que agregar más; simplemente les
digo: ¡buen provecho!
Televisión mexiquense, ¡sí cumple!
Martha Chapa
6 de junio de 2008
La
red de radio y televisión pública constituye una
estructura fundamental abocada a establecer una
eficaz comunicación con la ciudadanía.
Sin embargo, hay ciertas diferencias entre las
emisoras existentes, bien sean de carácter federal
o estatal, en lo que se refiere al presupuesto de
que disponen, la calidad de sus producciones, la
capacidad de sus comunicadores y técnicos, así como
su potencia de transmisión y su infraestructura
tecnológica.
Viene esto a propósito de que apenas hace una
semana el Sistema de Radio y Televisión Mexiquense
conmemoró el XXV Aniversario de haber emitido su
primera transmisión radiofónica. Y a modo de
celebración inauguró cuatro nuevas frecuencias en
la banda FM, que tendrán una gran cobertura y
penetración dentro y fuera de los límites del
Estado de México.
Con esto, la emisora refrenda importantes avances
de la actual gestión de Carolina Monroy del Mazo,
su directora, quien ha mostrado capacidad, talento,
visión y audacia en su actividad al frente de tan
importante institución. En efecto, no sólo se trata
de adquirir una mayor potencia en el cuadrante, que
de suyo es relevante, sino de que los cambios y
avances sean aún más trascendentes y lleguen a los
contenidos.
De hecho, desde el inicio de la gestión de gobierno
de Enrique Peña Nieto se han registrado importantes
transformaciones que corresponden con los
ofrecimientos realizados en campaña.
Ahora, Televisión Mexiquense dispone de espacios
preferenciales donde no sólo campea la creatividad,
sino que también se benefician con la pluralidad y
el ejercicio de la libre expresión. Toda una
programación con barras novedosas para las
audiencias diversas: cultura, análisis político,
información, apoyo educativo, orientación social y
sano e inteligente entretenimiento.
Con el orgullo que da saber que el camino andado ha
sido fructífero, en la ceremonia de apertura de las
nuevas emisoras, la directora de este Sistema
confirmó que:
“En 25 años, Radio Mexiquense ha cumplido con su
responsabilidad de promover la integración de una
sociedad compleja, a partir de los principios de
libertad, pluralidad, tolerancia y respeto, en que
se funda la democracia. También ha fomentado la
cultura en toda su diversidad, como base y sustento
de la identidad de los mexiquenses y de nuestra
proyección como ciudadanos del mundo.
El 18 de mayo de 1983, con la frase
Radio Mexiquense, expresión de nuestro
estado,
se escuchó por primera vez en el valle de Toluca la
señal de
XEGEM Radio
Mexiquense, frecuencia radiofónica de amplitud
modulada, concedida al pueblo y gobierno del Estado
de México con el fin de impulsar el desarrollo de
la radio regional y vigorizar las cualidades
identitarias de los mexiquenses.
El inicio de transmisiones, que ocurrió durante el
gobierno del licenciado Alfredo del Mazo González,
representó un parteaguas en las telecomunicaciones
del Estado de México, pues salió al aire una
radiodifusora educativa y cultural con la
responsabilidad de brindar un servicio público de
comunicación que atendiera las materias
sobresalientes de la vida social. Radio Mexiquense
registra en su historia la producción y transmisión
de programas memorables que han contado con el
trabajo literario, las voces, el talento y la
creatividad de destacadas figuras de la vida
estatal y nacional”.
Además, este sistema de difusión mexiquense han
obtenido diversos reconocimientos, como la Presea
Estado de México 1996 y el Premio Principios 2007 a
los mejores contenidos de radio y televisión,
otorgado por el Consejo Nacional de la Comunicación
al programa infantil
Grillos madrugadores,
el más longevo de la estación, que ha contribuido a
la formación de varias generaciones de habitantes
del Estado de México.
En esta ocasión, el propio gobernador de la entidad
dio el banderazo de salida para las transmisiones
de XHGEM 91.7 FM en Metepec. Además, en breve
estarán en el aire las estaciones de Valle de
Bravo, Zumpango y Amecameca, así como la señal
independiente de Tultitlán, en amplitud modulada,
con un público potencial de más de nueve millones
de personas, sustentadas, como se aseguró, en la
libertad de expresión y el derecho a la
información, dos valores sustanciales que se
fortalecen, al mismo tiempo que se fomentan los la
solidaridad, el diálogo y la convivencia pacífica.
En lo personal, quiero destacar, además, que ha
sido un privilegio y una gran oportunidad poder
apoyar la difusión de la cultura a través del
programa semanal que transmito a través de la
Televisión Mexiquense conjuntamente con mi
compañero Alejandro Ordorica.
El Sabor del Saber,
que sale al aire cada viernes a las 19:00 horas,
con repetición los domingos a medio día, alcanzó ya
notables niveles de audiencia y retroalimentación.
Por cierto, no dejen de verlo, pues ahí podrán
conocer a personajes muy interesantes de muy
diversos ámbitos de la cultura, junto a temas de
música, cine, literatura y pintura, aderezados muy
bien con su debido y muy sabroso toque
gastronómico. Los esperamos.
De pinturas y dineros
Martha Chapa
30 de mayo de 2008
Se
oye la queja cada vez más creciente de que han
descendido las ventas de arte en el mundo, a
excepción de unos cuantos países, como ocurre de
manera destacada en China.
Por lo que toca a México, es evidente que las
crisis recurrentes de las últimas dos o tres
décadas han mermado la compra-venta de arte
pictórico, pero más que por falta de dinero, creo
yo, debido a una especie de “psicología del
repliegue”, que pone a los coleccionistas a la
expectativa de que la situación económica se torne
más estable para luego expandirse prósperamente.
Digamos que hay precaución y la gente tiende a ser
más conservadora en sus gastos e inversiones.
Eso no contradice en absoluto una realidad
incontrovertible: las obras de arte han sido, son y
seguirán siendo una magnífica inversión, segura y
altamente rentable, que se acrecienta con el paso
de los años, además de la obvia satisfacción
estética que otorga a los poseedores de las piezas.
Así lo demuestran las subastas internacionales,
donde el arte rebasa topes y se adquiere por
millones de dólares.
Tal situación se refleja en el arte de nuestro
subcontinente, donde se han alcanzado cotizaciones
elevadísimas con autores del rango de Frida Kahlo,
Diego Rivera, Fernando Botero y Rufino Tamayo.
Justamente este artista oaxaqueño ha sido noticia
en los últimos días debido a que su obra
El trovador,
de 1945, se vendió esta semana en un precio récord
–cerca de siete millones de dólares– en la
tradicional subasta de la casa Christie’s de Nueva
York, con lo que Tamayo se convirtió en el pintor
latinoamericano mejor cotizado en el mercado de
arte internacional.
Todo esto debe llevarnos a una seria reflexión, en
el sentido de que ahora más que nunca debe
revalorarse lo que hacemos los artistas plásticos
latinoamericanos e impulsarse toda una estrategia
de promoción y difusión.
Decía antes que al parecer se ha deprimido el
mercado interno, y muestra de ello es el cierre de
varias galerías que tenían ya muchos años de operar
exitosamente en el país.
Quizá se deba también a que por un parte quienes
tradicionalmente adquirían pinturas se fueron
saturando de obras, pero tiendo más a pensar que un
factor con mayor peso es que se ha descuidado la
generación de nuevos mercados y la ampliación de
los existentes con estrategias renovadas y
mecanismos comerciales más audaces.
Pero, eso sí, el hecho es que el arte sigue siendo
una opción para invertir, lo que se suma a la razón
más relevante para adquirir y poseer una obra
plástica: el disfrute estético y la felicidad misma
que produce la pintura frente a sus espectadores.
Así que yo los invito a fomentar la difusión, el
conocimiento y el aprecio por las obras de pintoras
y pintores mexicanos, quienes tienen, aquí y ahora,
prestigio y múltiples reconocimientos. Hay que
hacer a un lado las reticencias y los miedos
injustificados, pues con el tiempo siempre se ha
demostrado –y seguirá constatándose– que son
múltiples los beneficios que se derivan de la
adquisición de una obra de arte.
Con sabor a México
Martha Chapa
23 de mayo de 2008
Todo un acontecimiento resultó la presentación del
libro “Con Sabor a Sanborns”; que rescata la
tradicional gastronomía que a lo largo de más de
cien años ha ofrecido en sus menús, esa importante
organización.
Para empezar, el lugar seleccionado donde se dio a
conocer tan relevante edición, fue justamente la
Casa de los Azulejos que en sí está cargada de
historia, Un bello edificio que data del siglo XVII
y por el que han cruzado muchas celebridades, entre
otras los zapatistas de aquellos años de la
revolución mexicana.
En lo personal, como autora de la investigación,
tuve el enorme gusto de adentrarme en esa cocina
que empieza a gestarse desde 1903, pues como es
sabido los Hermanos Sanborns abrieron una farmacia
que al poco tiempo se acondicionó en un espacio a
manera de Fuente de Sodas, sin duda la primera que
se creara en México.
De ahí en adelante, con gran visión, se expandieron
y montaron ya un restaurant, que luego fue
evolucionando e incorporando otros servicios y
productos con un carácter integral: pastelería,
chocolatería, librería, tienda, etc…, tal cual los
conocemos hoy día.
Así, se incorporan también en este libro varias de
las recetas más famosas de su cocina, así como las
que se han ofrecido en sus Festivales de
Gastronomía con la participación de distinguidos
chefs, además de muestras culinarias de varias
entidades de la República.
De igual manera, se publican una serie de
entrevistas y comentarios de diversos personajes
que como millones de personas han pasado por ahí,
digamos, a tomar una taza de café y conversar con
los amigos.
Por cierto el café se sirve a ¡la misma temperatura
e ingredientes en sus 190 restaurantes! y controlan
desde la propia composición química del agua.
Entre tanta información que recibí y entrevistas
que sostuve con personas clave de la organización,
me enteré gratamente de algunos datos
significativos, por ejemplo, que el porcentaje de
mujeres que ahí laboran es mayor que le de hombres.
Así también de las abrumadoras cantidades, números
y estadísticas de materias primas que se adquieren
y procesan día a día, junto a las exigentes normas
de calidad e higiene. Se cuenta por ejemplo, que
tuvieron que desarrollar un modelo idóneo de
tortilla que sirviera lo mismo para elaborar
tostadas que enchiladas.
Pero regresando a la presentación del libro, que se
llevó a cabo este miércoles, participaron Juan
Manuel Campo, Director de Operaciones; el fotógrafo
Ignacio Urquiza, que produjo imágenes impecables de
los platillos; y el mero chef de la cadena, Juan
Bueno, que imagínense tiene que supervisar recetas,
menús, cocineras y múltiples detalles.
De hecho, a mi me correspondió la conducción del
evento, además de dirigir un mensaje central en
torno a la que significó este gran esfuerzo
editorial, al que asistieron igualmente algunos de
los grandes trabajadores y trabajadoras como el
maestro pastelero Don Teófilo, que coordina toda
esta área a sus casi 80 años de edad, donde se
producen miles al mes; o bien la mesera María en
Gracia, con más de 30 años, sirviendo y atendiendo
siempre con una sonrisa.
En fin, historias y recetas que se entretejen en
“Con Sabor a Sanborns”, que salió ya a la venta y
pueden adquirirlo, si quieren conocerlas,
disfrutarlas y saborearlas plenamente en su propio
hogar.
Un gran teatro
Martha Chapa
16 de Mayo de 2008
De
acuerdo con lo prometido, me referiré de nueva
cuenta la Semana Cultural de Torreón y a la
historia aleccionadora del Teatro Isauro Martínez.
Por lo que se refiere al programa de actividades
culturales, se entremezclan con notable equilibrio
lo mismo conferencias, cafés literarios, talleres
diversos, espectáculos de danza y obras teatrales,
además de conciertos, rubro en el que destaca el
Cuarto Festival Internacional de Piano.
En cuanto a la presentación de mi obra, puedo
comentar que la exposición “Manzanas de ayer y hoy”
tuvo un marco inigualable, pues se montó en la
Galería de Arte Contemporáneo, ubicada el Teatro
Isauro Martínez, con magníficas instalaciones que
reúnen belleza, amplitud y funcionalidad. A eso se
suma el excelente montaje museográfico de las 50
obras de la muestra que presenté y que se inauguró
apenas este lunes 12 de mayo para mantenerse
abierta al público hasta junio.
Y no puedo evitar referirme al hermoso teatro que
don Isauro Martínez erigiera allá por los años
treinta del siglo pasado, lo que en aquella época
constituyó todo un acontecimiento, pues Torreón
apenas nacía como ciudad y eran unos cuantos miles
sus habitantes, lo que hace aún más clara y
encomiable la visión, audacia y férreo carácter de
su promotor.
Años después el teatro pasaría a manos de la
Fundación Jenkins, que lo utilizó como cine, pero
el recinto sufrió un lamentable deterioro, al grado
que se pensó en demolerlo y hacer ahí un nuevo
edificio.
Por fortuna, surgió un movimiento estudiantil y
ciudadano para impedirlo y exigir la intervención
gubernamental, pues era evidente que se trataba de
un monumento histórico tan valioso que formaba –y
forma– parte del patrimonio cultural, no sólo de
Coahuila, sino de todo el país.
Este teatro constituye una maravillosa edificación
que se levanta propiamente en tierras desérticas y
está considerado uno de los más bellos de México.
En su interior se aprecian murales deslumbrantes
que pintó el maestro Salvador Tarazona y que se
conservan gracias a la gestión correspondiente de
los años ochenta de dos destacados servidores
públicos, Miguel González Avelar y Martín Reyes
Vayssade, en ese entonces secretario de Educación
Pública y subsecretario de Cultura,
respectivamente. Ambos funcionarios decidieron, en
el marco del Programa Cultural de las Fronteras, la
restauración de las pinturas del español Tarazona
ubicadas en el frontis del escenario del teatro,
delicada labor que estuvo a cargo del artista
lagunero José Méndez, quien tuvo el tino de
conservar el estilo original y recuperar algunos
detalles que se habían mermado con el descuido y el
paso del tiempo. El recinto luce también un
precioso marco en estuco y otros decorados que
fueron pintados a lo largo de las enormes paredes,
que gracias al acucioso trabajo de restauración
ahora los visitantes pueden apreciar y disfrutar.
Un dato curioso es que sus butacas originales
habían pertenecido antes al Palacio de Bellas
Artes, aunque con el tiempo tuvieron que
reemplazarse.
Claro que no podemos dejar de aludir a esos héroes
cívicos que, encabezados por Alejandro Máynez,
estuvieron en 1978 al frente del movimiento para
rescatar el teatro de una demolición inminente. Se
trata de José de los Santos, Sigfrido Macías y
Marco Antonio San Juan, todos ellos en aquel
entonces estudiantes de Ciencias Políticas de la
Universidad Autónoma de Coahuila, que tuvieron
éxito en sus demandas para salvaguardar esta obra
arquitectónica inigualable y pocos años después
lograron que abriera sus puertas como centro
cultural.
Ahora el manejo de este recinto está en manos de un
patronato integrado por distinguidos y distinguidas
coahuilenses, lo que ha permitido que su espléndido
aspecto mejore cada vez más y que ahora hasta
disponga de una buena librería, entre otras nuevas
áreas.
En fin, es todo un orgullo que tengamos un
monumento artístico de esa magnitud y belleza y que
su historia constituya una gran lección de lo que
es capaz de lograr la sociedad civil cuando se
decide a luchar por lo que le pertenece en el
ámbito de la cultura.
En el mero Torreón
Martha Chapa
9 de Mayo de 2008
Ahora
es Torreón, una importante ciudad que brilla por su
actividad comercial y su palpable prosperidad, la
que desarrolla su semana cultural.
En esta ocasión he sido invitada a presentar mi
obra plástica en una exposición titulada “Manzanas
de ayer y hoy”.
Y qué mejor lugar para mis frutos del paraíso que
esta región que además de haber sido escenario de
relevantes episodios históricos se sitúa de modo
destacado en la actividad económica del norte de la
república y del país entero.
Si pretendo dar un somero repaso por su historia,
debo detenerme, por ejemplo, en la famosa batalla
que ahí sostuvo Francisco Villa con su División del
Norte contra las fuerzas federales de Huerta.
También ha sido tierra de pactos, como el que
celebraran Venustiano Carranza y el propio Villa
para limar sus asperezas en el proceso
revolucionario.
Y si vuelvo a nuestros días, tengo muy presente que
junto con varios municipios duranguenses conforma
un territorio fértil y próspero, la llamada comarca
Lagunera, bañada por las aguas del río Nazas.
Por cierto, en esa región se llevó a cabo una de
las pocas huelgas de agricultores que registra
nuestra historia, que explotó justo durante la
gestión de Lázaro Cárdenas y se resolvió por medio
de un histórico reparto de tierras.
En el pasado fue parte de lo que se llamaba la
Nueva Vizcaya y la Nueva Galicia, y años después, a
fines del Porfiriato, adquirió el rango de ciudad,
por lo que como tal cumplió ya un siglo.
Pero regreso a la cultura, que la hay en
abundancia, y del más alto nivel, como ese edificio
espléndido que forma parte no sólo del patrimonio
histórico de Torreón sino del país mismo: el Teatro
Isauro Martínez, erigido en 1930 y considerado
entre los diez mejores y más bellos de México. En
ese maravilloso recinto se montó mi exposición.
¿Qué se puede decir de esta obra arquitectónica,
calificada de gótica, bizantina y morisca, con
decoración estilo oriental? En síntesis, uno de los
más hermosos edificios del país, que descuella
invariablemente en la capital coahuilense, no
importa si los días son claros o se nublan por los
ventarrones.
Don Isauro Martínez comenzó la construcción del
teatro que lleva su nombre el primero de febrero de
1928 y lo inauguró el 7 de marzo de 1930. Aquel día
inolvidable, de hace casi 80 años, en el programa
oficial de la apertura se afirmaba con certeza:
"Torreón puede enorgullecerse de contar con uno de
los mejores teatros de la república, digno de
admirarse antes de ir a buscar en él emociones
sensorias que eleven el espíritu, ayuden a cultivar
la mente o alegran el corazón".
Con el tiempo y la muerte de su propietario, el
hermoso teatro fue vendido a una fundación y a
partir de ahí sufrió un acelerado deterioro. Por
suerte, un grupo de estudiantes de la Universidad
Autónoma de Coahuila se preocuparon por el destino
de esta joya arquitectónica y promovieron, hace ya
30 años, que fuera cedido a la ciudad de Torreón,
con lo cual el Teatro Isauro Martínez pasó a ser
patrimonio del Instituto Nacional de Bellas Artes.
Un par de años después, al inicio de la década de
los ochenta, se comenzó a restaurar este edificio,
proceso que sufrió incontables altibajos debido a
la recurrente crisis económica. No obstante, la
voluntad de los coahuilenses, en especial de los
habitantes de La Laguna –sabedores, como se dice
por aquellas latitudes, de que en esa región “hay
aridez pero no esterilidad”–, permitió que con el
tiempo se cristalizaran los anhelos de ver
nuevamente esta joya arquitectónica en toda su
magnificencia.
De esta manera, con esfuerzo, voluntad y capacidad,
se restauraron las pinturas murales y la decoración
originales, obra del artista español Salvador
Tarazona. Así, el Teatro Isauro Martínez fue
recuperando su esplendor y pudo abrir sus puertas
nuevamente al público en septiembre de 1982. Desde
entonces es sede cotidiana de las más diversas
expresiones de la cultura: teatro, conciertos,
presentaciones de libros y exposiciones pictóricas
y fotográficas. En ese escenario tengo el honor y
el privilegio de presentar mi obra en “Manzanas de
ayer y hoy”.