Divagaciones de la manzana

Un hasta aquí

Martha Chapa
22 de agosto de 2008

La indignación social no ha dejado de crecer desde que hace cuatro años se realizó aquella gran marcha de la sociedad civil contra la violencia y la inseguridad publica. En aquel entonces el país era gobernado por Vicente Fox y a la cabeza de la ciudad estaba todavía Andrés Manuel López Obrador, quien por cierto, de manera torpe y miope se burló de las justas inquietudes de los manifestantes y los acusó de estar manipulados por la derecha para atacarlo políticamente.

Pese a lo multitudinario de aquella protesta y aun cuando han pasado ya más de cuatro años, sigue sin haber soluciones. Más aún, el problema se ha agravado, sobre todo en el rubro de los secuestros.

Basta con mencionar el caso reciente tan indignante y estrujante del niño Fernando Martí, que culminó con su asesinato luego de sucesos que evidenciaron una vez más la criminal complicidad de policías con delincuentes, la ineptitud de los cuerpos de seguridad publica (policías preventiva y judicial del DF), así como la aberrante impunidad, que ya son constantes.

Por eso, de nueva cuenta diversas organizaciones de la propia sociedad civil se expresaron para hacer notar que tristemente los acuerdos que llegaron a establecerse como derivación de su protesta masiva realizada a fines de julio del 2004 están incumplidos en lo esencial y los índices delincuenciales suben sin que nadie sepa cómo ponerles un límite.

Desde luego, debemos asistir el próximo 30 de agosto a la nueva gran marcha a la que nos están convocando para exigir, con justa razón, un alto a la violencia. Pero ahora debemos hacerlo con mayor brío y sentido crítico frente a los pobres resultados de la administración actual en su tarea de procurar la seguridad de los mexicanos.

Se trata hoy de ir a más; es decir, comprometiéndonos a participar y dar continuidad al cumplimiento de los nuevos acuerdos y las acciones que se adopten en común con las autoridades, pues se trata de un problema muy grave que amerita la vigilancia generalizada bajo un esquema de corresponsabilidad.

Sin embargo, será fundamental que tengamos muy presentes una serie de datos y hechos del pasado reciente y rechacemos populismos y demagogias que se caen por su propio peso. Es el caso de lo que ocurre con Marcelo Ebrad, quien desde que era secretario de Seguridad Publica de la pasada administración hizo diversos anuncios sobre cambios internos en esa dependencia, con énfasis en el fomento de la inteligencia policiaca, mejorar el armamento y otra serie de grandes promesas que jamás se cumplieron, como lo demuestra la realidad que con tanta facilidad hemos constatado en los años subsiguientes y los días que corren.

Ahora resulta que otra vez se anuncia la reestructuración de la policía en la capital y se reciclan las propuestas y decisiones que tenían que haberse aplicado en su momento y que al incumplirse evidencian terribles rezagos.

Tal negligencia e incapacidad se extienden tanto al plano federal como a diversas entidades federativas, donde los gobernantes no han sido capaces de detener las ofensivas del crimen y la delincuencia De forma similar a lo que ocurre en la ciudad capital, nos vienen ofreciendo desde hace casi una década que ahora sí se va combatir a fondo la delincuencia para frenar y hasta revertir estas estadísticas, en las que muy claro queda que van ganando la corrupción, la impreparación, la insuficiencia de recursos, la anacronía legislativa y la descomposición en el poder judicial. En fin, todo un conjunto de carencias e ineptitudes que tienen a la ciudadanía contra la pared.

No se trata tampoco de deshacernos en lamentaciones ni de evadir compromisos. Por lo contrario, hay que luchar unidos y, si fuera el caso, aceptar sin conceder pero deslindando con justeza la obligación que tienen los gobernantes de dar seguridad a los ciudadanos, como un fundamento básico de cualquier Estado que se precie de serlo.

Y debemos desde ahora considerar también que nuestros representantes populares están obligados a preparar y aprobar en el plazo más inmediato un marco legal que agregue la facultad ciudadana de destituir al funcionario que no cumpla con sus obligaciones, sin importar cuál sea su nivel administrativo. Esto incluiría lo mismo al jefe de Gobierno que a un gobernador de cualquier entidad y, por supuesto, a jueces y magistrados.

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México con el Dalai Lama, a pesar de sus gobernantes

Martha Chapa
8 de agosto de 2008

A diferencia de lo que ocurrió hace dos años, el Dalai Lama no será recibido oficialmente por los ejecutivos federal y local de la ciudad de México.

Así de absurdo como suena. Ambas instancias, es decir, el gobierno capitalino encabezado por Marcelo Ebrard, por un lado, y la Presidencia de la República, a cargo de Felipe Calderón, por el otro, cometen un error, no sólo en cuanto al país, sino en el plano internacional. Para empezar, quedan disminuidos ante sus antecesores , quienes le dieron un trato especial a tan distinguido personaje, pues no hay que olvidar que se trata del Premio Nobel de la Paz, así carezca de una representación como jefe de Estado.

En 2006, tanto Vicente Fox como Andrés Manuel López Obrador recibieron con todo respeto y cordialidad a este hombre conocido y reconocido en todo el mundo, lo cual habló muy bien de ambos y generó una respuesta muy favorable de la opinión pública. Además, lo respaldaron con todo el apoyo logístico, de seguridad y asistencia técnica en sus múltiples e importantes compromisos con otras organizaciones e instituciones, como la Cámara de Diputados, la Universidad Nacional y diversos organismos sociales y privados.

Ahora, en cambio, el presidente de México y el jefe de Gobierno del Distrito Federal incumplen la tradición de nuestro país que lo ha caracterizado por recibir con un sentido de pluralidad a grandes personalidades que, como en este caso, son símbolo de la política pacifista y de la no intervención.

Es más que evidente que uno y otro fueron presionados por China, esa potencia que adquiere cada día más influencia en nuestra sociedad contemporánea, gracias a su enorme poderío económico. Pero se equivocan, pues si bien se trata de una potencia emergente en el mundo globalizado de hoy, no supieron negociar con esa nación, y cedieron todo para ganar unas cuantas inversiones, cuando lo adecuado hubiera sido firmar todos los convenios que se quiera, que realmente favorezcan al desarrollo de nuestro país, pero sin supeditar nuestra soberanía en términos de decisiones libres y autónomas frente a transacciones financieras o tecnológicas, por más jugosas que fueran, porque en realidad no lo son.

Además, hay una seria contradicción en esta decisión de dar la espalda al Dalai Lama, pues el modelo chino se basa en la explotación de sus trabajadores, el autoritarismo político, la falta de libertades y democracia, y en ocasiones hasta la propia represión ciudadana.

Por otra parte, también en el rubro ecológico estamos conscientes de que los chinos, en ese afán de sostener su vertiginoso crecimiento, se están convirtiendo en un basurero y tierra de desecho, gracias a lo cual alcanzan preocupantes índices de contaminación ambiental.

Y, por si algo faltara, ni Ebrard ni Calderón han atacado de manera frontal y decidida el contrabando de productos chinos –y asiáticos en general– que ingresan al país sin cortapisas; obviamente, sin pagar impuestos o aranceles. Esos productos, muchas veces de ínfima calidad, que justamente por eso se venden a precios irrisorios, además de que afectan seriamente a los trabajadores mexicanos, provocan grandes perjuicios a la industria y el comercio mexicanos, que en muchos casos se han visto precisados a cerrar sus operaciones, cancelar nuevos empleos, realizar despidos masivos y asumir pérdidas cuantiosas.

¿No sería mucho mejor combatir en serio y de manera definitiva este comercio ilegal, lo que nos significaría mayores beneficios al lado de los muy escasos que se obtienen a mediano o largo plazo con las limitadas inversiones de China en México?

El panorama se vislumbra aún peor cuando nos enteramos de que adicionalmente se dictó una línea política para que se le cerraran todos los espacios públicos al Dalai Lama, incluidos los sistemas de protección para su seguridad en nuestro país, lo cual desde mi punto de vista hace a nuestras autoridades responsables de cualquier posible daño que alguien pudiera intentar contra este líder budista.

Este giro en la política nacional y también en la local es evidencia contundente de que ni Ebrard ni Calderón tienen estatura de estadistas, por lo cual se mantienen inmersos en “grillas baratas” de sus propios partidos, atentos a intereses inmediatistas y políticas de bajo nivel.

La verdad es que uno y otro pierden un espacio de privilegio para su proyección nacional e internacional como demócratas y defensores de los derechos humanos, pues no se trata de una cuestión religiosa o política de carácter formal, sino de la presencia de una voz autorizada que convoca a la armonía, la tolerancia y la paz en todo el mundo; es decir, una postura sólida y legítima contra la violencia y la guerra y a favor del humanismo de nuestros días.

En cambio, el panorama del otro lado del Atlántico es completamente distinto; ahí sí se puede respirar el aire de la democracia y la tolerancia. La Comunidad Europea en su conjunto ha dado muestras de apoyo y reconocimiento a este gran luchador de los derechos y las libertades del hombre. Lo mismo ocurre en Estados Unidos, pues a pesar de los muchos aspectos criticables de George Bush, hay que reconocer que en su momento ha sabido rendirle un trato digno a tan digno visitante, a la altura de su investidura moral y espiritual. Incluso, los dos virtuales candidatos a la presidencia de Estados Unidos externaron su respaldo más abierto al ilustre personaje.

Pero más allá de la tozudez, insensibilidad y subordinación al poder chino por parte de las autoridades mexicanas, nuestro pueblo ha aceptado y recibido con afecto al Dalai Lama desde tiempo atrás y sin duda mostrará de nueva cuenta su adhesión por donde él pase, donde él esté y con lo que él exprese.
Y queda claro, como lo han demostrado los verdaderos estadistas, que bien se puede otorgar un trato digno y un reconocimiento a un representante destacado como éste, e incluso coincidir con las banderas que enarbola, sin que necesariamente eso signifique estar contra China, ni siquiera cuestionar a su gobierno bajo la premisa de la autodeterminación de los pueblos; mucho menos, mancillar sus instituciones.

Con qué facilidad se pusieron en evidencia nuestros gobernantes –en lenguaje popular, qué rápido mostraron el cobre– por la falsa urgencia de consumar unos negocitos que suponen un elevadísimo e innecesario pago de facturas, dentro y fuera del país.

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Ahora o nunca

Martha Chapa
18 de julio de 2008

Hace unos días, cuando tuve el privilegio de asistir a una siembra simbólica de árboles en un parque ecológico situado en el estado de Quintana Roo, reconsideré una serie de hechos que se vinculan al tema del medio ambiente, además de que asocian con acontecimientos recientes de enorme trascendencia.

Veamos primero los que tienen una consecuencia mundial, dentro del alarmante problema del calentamiento global.

Sabemos que en Japón se reunieron hace apenas un par de semanas los mandatarios de los poderosos países que conforman el llamado Grupo de los Ocho (G-8) y abrieron un espacio para debatir asuntos del medio ambiente.

El resultado, contra lo que hubiera deseado la gran mayoría de quienes poblamos la Tierra, fue ambivalente, pues si bien puede considerarse positivo que revisaran juntos estos nuevos fenómenos ambientales, no todos se comprometieron a la aplicación de medidas a fondo y con carácter de urgentes.

Así, por ejemplo, China e India, con una deplorable irresponsabilidad, se negaron a adoptar medidas en el corto plazo respecto a su industria, no obstante que ambos países, juntos, representan un segmento importante del problema actual. Y en cuanto al resto de las naciones participantes, también se registraron altibajos, aunque por suerte y como excpción hubo aquellas que insistieron en adoptar políticas diferentes, con las que se comprometieron, en lo que se refiere al tipo de energéticos y procesos diversos que generan el bióxido de carbono, tan contaminante y dañino para el equilibrio climático del planeta.

Al respecto, no tenemos que ir muy lejos, pues ya en América Latina se presentan serios desajustes ambientales, como lo que ocurre en el sur de nuestro continente, un preocupante fenómeno que quedó registrado en los medios de comunicación en días recientes: el inmenso glaciar Perito Moreno en la Patagonia argentina se está derritiendo en pleno invierno, signo más que contundente del calentamiento global.

Al final, en el mencionado foro internacional sólo se pactó una nueva reunión de análisis para el 2009; es decir, pareciera que no hay prisa, mientras la destrucción del entorno avanza y pone en peligro la subsistencia de nuestra propia especie.

México, de más está decirlo, no se salva de esta devastación. Así, comprobamos cómo han variado los climas y aparecen fenómenos meteorológicos naturales que causan graves perjuicios, llámense largas sequías o precipitaciones pluviales excesivas; es decir, mucha agua donde no se necesita y escasez del líquido en zonas donde es indispensable para producir o, por lo menos, para mantener el ecosistema en niveles de protección de flora y fauna.

Sin embargo, hay que reconocer en forma paralela que en nuestro país sí se están emprendiendo campañas de reforestación, como la que en fecha reciente anunciara el presidente Felipe Calderón, que prevé la siembra de varios millones de árboles.

Hay, entonces, pequeños avances, pero no deja de resultar frustrante que nada ocurra en las reuniones de los poderosos, que todo lo ven a través del cristal de sus propios intereses financieros.

Pero el tiempo y el deterioro avanzan, de modo que, sin pretender que suene a predicción apocalíptica, sospecho que la naturaleza ya tocó su “tercera llamada”.

De verdad, es ahora cuando tenemos que detener a lo largo y ancho del orbe esta egoísta e insensata actitud de los países poderosos, que en aras de un supuesto desarrollo atentan contra la vida y la supervivencia de la humanidad actual y futura.

Los años o las décadas están contados y, si no actuamos, todos perderemos, más allá del magnitud de la culpa de cada cual. ¿Qué no lo saben los líderes mundiales?, ¿no lo ven día a día.

Insistamos, entonces, unámonos, exijamos desde lo más sencillo e inmediato en el plano de lo cotidiano, hasta promover y formar grandes cadenas de presión pública. Ojalá así logremos salvarnos a nosotros mismos y a nuestro planeta.

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El gran ejemplo de Colombia

Martha Chapa
11 de julio de 2008


De verdad nos dejó atónitos el rescate de Ingrid Betancourt y otros 14 rehenes secuestrados desde hace años por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), incursión exitosa que fue digno de una producción cinematográfica hollywoodense. Bien dicen que con frecuencia la realidad supera a la ficción.

Pero más allá de una logística asombrosamente perfecta, al grado de que no ha faltado quien circule la versión de que fue todo un montaje –lo que a mi parecer resulta muy improbable, prácticamente imposible–, es evidente el desgaste y la desorganización de las FARC y el repudio generalizado hacia ellas dentro y fuera de Colombia. La acción tan bien concertada de las fuerzas armadas de esa nación sudamericana sienta un precedente como estrategia bien organizada, limpia y exitosa contra el imperdonable crimen de la privación de la libertad.

Por ende, celebramos el hecho, al margen de cualquier diferencia ideológica o política que mantengamos frente a la gestión del presidente Uribe, pues no podemos dejar de reconocer su mérito por su firme decisión de combatir al narcotráfico y a quienes con la falsa bandera de la política no son sino delincuentes que se niegan a participar en la vía democrática.

Guardadas las proporciones entre México y Colombia, uno desearía que en nuestra tierra se ejecutaran acciones de una contundencia similar, pues si bien el presidente Calderón ha iniciado una decidida lucha contra los carteles de la droga, es obvio que ha faltado planeación, estrategias, respeto a los derechos humanos y, en especial, tareas de inteligencia.

En efecto, muchos de los operativos contra el narcotráfico han resultado ridículos y, peor aún, ineficaces, pues en lugar de actuar con sigilo, precisión y audacia, prácticamente se anuncia con toda anticipación la llegada de las tropas para que los delincuentes puedan con tranquilidad tomar sus previsiones.

Y siguiendo con el caso colombiano, cuánto nos impactó además la regia figura de Ingrid Betancourt, una mujer inteligente, sensible, bien preparada, valiente –fuerte y lúcida luego de más de seis años de vivir en férreo cautiverio– y con un sentido de profundo humanismo, tan escaso en nuestros tiempos. Por tanto, se convierte ya, de manera natural, en una posible candidata para las siguientes elecciones presidenciales en ese país. Independientemente de sus posibilidades electorales, queda ya como una figura internacional que por su autoridad moral podría contribuir a la concordia y la paz entre los pueblos.

Otras consecuencias de estos hechos apuntan hacia diferentes latitudes. Así, por ejemplo, independientemente de la disolución de la guerrilla colombiana, el mensaje debe llegar hasta nosotros, en nuestro propio país, ya no digamos a Venezuela , Bolivia y, desde luego, a Cuba, donde ojalá Raúl Castro se decida a iniciar en verdad vías democráticas que mucho le beneficiaran a ese país hermano, pues contribuiría a terminar con los bloqueos económicos que, también hay que decirlo, Estados Unidos ha impulsado de manera abusiva a lo largo de décadas.

Y por lo que toca a México, decíamos, anhelamos que se reactiven los espacios del diálogo con el EPR y cualquier otro grupo armado, a fin de pactar compromisos para reducir la pobreza, el atraso, la inequidad, la injusticia y tantas cuestiones que es necesario resolver, al igual que ocurre con la humanidad en su conjunto.

Ésta es también una buena lección del rescate del grupo de rehenes que desde el primer momento trascendió las fronteras colombianas. Ojala pudieran sentarse las bases para que se establezcan nuevos acuerdos y los diferentes sectores colmbianos lograran superar sus diferencias, con lo que a la vez se evitaría cualquier conflicto entre Colombia, Ecuador y Venezuela, pues si bien los mandatarios Hugo Chávez y Rafael Correa reconocieron ese logro de su homólogo Alvaro Uribe, el hecho no fue suficiente para sentar las bases de un mayor entendimiento con beneficios recíprocos en cuanto a intercambios económicos, culturales, tecnológicos y en otros campos.

En fin, que los acontecimientos recientes, además de haber beneficiado, prestigiado y legitimado la presidencia de Uribe, lo ponen a la cabeza de una nueva concepción de la defensa de los derechos humanos que no puede ni debe quedar en el mero trabajo formal de comisiones locales o en la materia.
Desde luego, debo dejar muy claro que con esto no pretendo justificar la represión y la violencia institucionalizada, que sólo se explica en casos extremos, como lo acabamos de ver en Colombia. Y por ningún motivo estaríamos de acuerdo en golpes de Estado o cuartelazos de parte de los militares, como ocurrió en los años setenta del siglo pasado con el el golpe de Estado contra el doctor Salvador Allende en Chile y la irrupción del pinochetismo criminal, o de cualquier otro signo ideológico que destruya las instituciones democráticas y los avances civiles de la sociedad, en el ejercicio de las libertades y los derechos humanos.

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Por Oaxaca

Martha Chapa
4 de julio de 2008
 

Desde años atrás venía siendo recurrente la movilización del magisterio oaxaqueño, pero la mayor confrontación entre este gremio y el gobierno local ocurrió durante el 2006, luego de la formación de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, la famosa APPO.

Aún recordamos la intensidad de los enfrentamientos que se registraron en la capital oaxaqueña hace dos años y las consecuencias que este conflicto tuvo para el propio movimiento y sus líderes, que se fueron radicalizando a la par del endurecimiento de las autoridades estatales.

Y bien sabemos que se requirió la intervención de la Policía Federal Preventiva, que aplicó un operativo a fondo, para que comenzara a diluirse dicho movimiento.

En esos días se comentó insistentemente que en el fondo del conflicto magisterial en el estado anidaban rencillas electorales entre grupos de poder encabezados por ex gobernadores y otros políticos, como Roberto Madrazo a favor de Ulises Ruiz, y Diódoro Carrasco junto con Gabino Cué, en contra. Además, se hablaba con insistencia de que los intereses de Elba Esther Gordillo no eran ajenos al asunto.

Más allá de quién le quería meter el pie a quién, en todo caso el gran perjudicado fue el estado de Oaxaca; su economía, su comercio, su turismo y la sociedad misma en su conjunto.

Los daños derivados de esos graves enfrentamientos fueron cuantiosos: cierre de comercios, quiebra de negocios, pérdida de empleos, caída de inversiones. En buena medida, lo que se “ganó” fue atraso y mayor empobrecimiento, además de una imagen de ingobernabilidad que ahuyentó al turismo, en particular al procedente de otros países, que representa una gran derrama de dinero, lo que resulta relevante en cualquier caso, pero más aún en una entidad que posee elevados índices de pobreza y marginalidad.
El conflicto parece haber amainado, aunque no ha desaparecido, pues de nueva cuenta el magisterio ha echado a andar sus consabidos plantones, mítines y marchas.

Ante esa situación de latente amenaza a la paz pública y a la estabilidad, esperamos, por el bien de Oaxaca y de todo el país, que se aliente más el diálogo, la negociación y la voluntad política de los protagonistas, prendas que hasta ahora han brillado por su ausencia.

Viene a propósito todo esto porque recientemente visité ese hermoso estado con motivo de un reconocimiento que se otorgó a nuestro programa de televisión “El sabor del saber” por parte de la Asociación Nacional de Locutores.

Ahí pude constatar que si bien la situación ha mejorado y las actividades parecen haber retomado su ritmo normal, prevalecen amagos de violencia que podrían concretarse con lamentables resultados, sobre todo en un año de perfil electoral, como el 2009, en el que habrá comicios federales.

Será necesario, entonces, ampliar los espacios de diálogo y tolerancia política para alcanzar una serie de acuerdos más sólidos, definitivos y perdurables.

De lo contrario, como suele ocurrir, el pueblo es el que pagará los daños. Además terminaría por empañarse la imagen de Oaxaca y del país todo en el entorno internacional, con las dañinas consecuencias que eso tendría.

De verdad, sería un gravísimo error caer en un nuevo choque, que podría conducir a la reaparición del caos y la violencia, pues se sumiría a Oaxaca todavía más en la marginación. ¿O será que de eso se trata?

Ya veremos pronto quién está del lado de la razón, de las mayorías y de la prosperidad común.

Ojalá todos respondan de manera positiva y, de no ocurrir así, que el pueblo se los demande, de una vez por todas, en las próximas elecciones.

 
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Responsabilidad, desde arriba hasta abajo

Martha Chapa
27 de junio de 2008

Otra vez la tragedia se originó en un antro al que nunca debió permitírsele funcionar. Es ahí donde empieza la responsabilidad del gobierno del Distrito Federal.

Desde el viernes pasado, es notorio que el propio jefe de gobierno Marcelo Ebrard, tan proclive a las cámaras y micrófonos, apenas da la cara; evade el compromiso y evita hacer declaraciones y tomar decisiones para aclarar los hechos. En cambio, se engrosa la lista de culpables, donde seguramente junto a los responsables reales se han colocado
chivos expiatorios.

Pero más allá de deslindar responsabilidades no debemos perder de vista la raíz del problema. Porque el asunto empieza desde el momento en que se autoriza el funcionamiento de estos lugares disfrazados de salones de fiestas, donde las anomalías e irregularidades se desbordan desde el día de su apertura.

¿Cómo es posible
, por ejemplo, que se le haya otorgado el permiso a este sitio que poseía una salida de emergencia de dimensiones tan reducidas que apenas pasaba una persona, inconcebible para el aforo de que dispone? Y, peor todavía, que no se hayan hecho revisiones periódicas, con inspectores que habrían detectado a primera vista las violaciones a la normatividad, en particular el bloqueo de estas áreas de emergencia. Más aún cuando todo mundo está al tanto de la existencia de estas dizque tardeadas, que deberían llevarse a cabo dentro de estrictas normas de seguridad, sobre todo porque quienes acuden son jovencitos y adolescentes a quienes tendríamos que cuidar y proteger.

Queda así al descubierto no sólo la negligencia e incapacidad de las autoridades, desde la más alta jerarquía hasta los actores del operativo, sino muy probablemente –como lo ha denunciado de manera creciente la ciudadanía– actos incalificables de violencia e irresponsabilidad, sumados a la impunidad y la corrupción.

Y si a eso se añade la deficiencia y torpeza criminal de los responsables de estos operativos, pues –ya lo vimos, por desgracia– el resultado es verdaderamente fatal.

Entonces, es natural preguntarnos: ¿de cuántas acciones de este tipo ni nos enteramos, pese a que se realizan cotidianamente en antros que funcionan en tales condiciones, como el News Divine?

A pesar de que pretendía deslindarse de su responsabilidad, el delegado en la Gustavo A. Madero se vio obligado a solicitar licencia a su cargo para dar paso a las investigaciones. A su vez, el titular de la Secretaría de Seguridad Pública, Joel Ortega, sigue afirmando que él no tiene culpa alguna y continúa más preocupado por su futuro político que por el servicio a la ciudadanía.

Por suerte, también hay funcionarios responsables que asumen con seriedad su trabajo. Es el caso del presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, Emilio Álvarez Icaza, quien una vez más ha mostrado en su cargo valentía y capacidad, y se ha convertido en el defensor de los padres de familia que sufrieron tan lamentable y absurda pérdida de hijos e hijas.

En cualquier caso, al margen de las grandezas y miserias de cada quien, deberá seguirse un proceso judicial en todas las instancias del gobierno capitalino vinculadas a esta cadena de fatales decisiones y criminales omisiones.

Y no debe ser lo único que se haga, pues también se precisa la intervención de asambleístas y diputados, o hasta de los propios partidos políticos que dicen representar a la ciudadanía.

De no ser así, podrían repetirse estos hechos de terribles consecuencias, pues la muerte de esa decena de jóvenes, casi niños, no puede compensarse con nada.

Y así fuera la pérdida de una sola vida
, tendría que actuarse a fondo, se trate de quien se trate. Porque los descuidos y negligencias del gobierno capitalino se suman a la inseguridad reinante en nuestra ciudad, ya de por sí insostenible e inaceptable.

Es vox populi señala que en otros países ya se hubiera presentado la renuncia o destitución de altos funcionarios responsables de esta imperdonable tragedia.

Porque no es la primera vez que algo así ocurre. Debieron saberlo y evitarlo, pero la cadena de la corrupción es larga y jugosa. ¿A dónde va el dinero y cómo se reparte? Deben ser sustanciosos los rendimientos derivados de la corrupción; simplemente consideremos la cantidad de estos sitios que pululan en las delegaciones políticas.

Por eso, muchos y muchas creemos que suben hasta el máximo nivel las mordidas de todos estos antros para que operen semana a semana en las peores condiciones. Y, si no resulta convincente este razonamiento, me permito una pregunta más: ¿está al menos enterado el jefe de gobierno de lo que hacen y dejan de hacer sus equipos de trabajo? Pues en un caso u otro –por omisión o por colusión–, el señor Ebrard no queda exento de culpas ni de responsabilidades.

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Primero el campo, luego todo

Martha Chapa
20 de junio de 2008


Hoy se viven los comienzos de una posible crisis alimentaria. Los precios van de subida y son muchas las causas que han afectado, en menor o mayor medida, entre otras: las prácticas especulativas de grandes empresas; los cambios climáticos, como el calentamiento global, que ocasionan sequias; así también inundaciones; el incremento mismo en la demanda de alimentos de países emergentes o que se han desarrollado inusualmente en las últimas décadas como China e India; o tan sólo los altos precios del petróleo, que igual han influido, con su efecto multiplicador de precios y subsidios.

Así, el alza de precios es palpable, pues las grandes empresas del sector alimenticio a nivel mundial han subido sus costos en un 10% promedio.
El drama mayor es que en México 45 millones de persona viven en la pobreza de las cuales, al menos 20 la padecen en extremo, y el resto con escasez alimentaria; entendida ésta como el segmento social cuyo ingreso está por abajo del necesario para cubrir las necesidades de una alimentación establecida en la Canasta Básica.

Con todo, los precios de los alimentos en el marco de una inflación nacional que es del 4.5%, porcentaje que distan de la realidad pues y esta por arriba en muchos productos.

Además, corremos riesgos por nuestra gran dependencia del mercado internacional, pues se importan comestibles básicos, como trigo, arroz, maíz. Aparte, según la Confederación Nacional de Comerciantes de Centros de Abasto, reportó que en México se desperdician miles de toneladas al año por fallas productivas y displicencia de los consumidores.

En todo caso, los gobiernos neoliberales han olvidado al campo. Hace falta crear más infraestructura con una mayor inversión pública, pues por ejemplo: en 1980 era el 3.2 del PIB y en 2006 sólo el 0.6. En lo que se refiere a créditos, igual se otorgaban mucho más que en años subsiguientes.

Esta reducción en apoyos e inversión la estamos pagando ahora con nuestra fuerte dependencia de las importaciones, cuando con visión de futuro se debió mantener la soberanía alimentaria.

Otros datos son reveladores, pues de una década a otra en México se sembraban más millones de hectáreas, que ahora donde se redujo significativamente y así también, el desequilibrio en otros rubros de la producción agrícola: equipo, fertilizantes, comercialización, etc….

La situación parece empeorar con el actual modelo económico pues se estima que la población urbana siga aumentando y así mismo el consumo de alimentos y energía.

El actual modelo neoliberal ha permitido que las fuerzas del mercado manejen la producción de alimentos y no el Estado, a fin que se apuntalara la seguridad alimentaria mediante de una planeación racional y regulación adecuada.

Se ha olvidado al campo, las inversiones, créditos y acciones colaterales que le beneficiaban. Se debe entonces planear, investigar, asistencia técnica y buenos financiamientos. Es necesario reactivar el sector agropecuario y fortalecer la producción campesina, para que cada vez sea menor nuestra dependencia internacional.

Y en cuestión energética también es importante lograr más eficiencia en la producción y avanzar en el refinamiento así como en materia de energías renovables ya que tanto alimentos como energéticos son dos palabras estratégicas en nuestra vida cotidiana que van interrelacionadas.

En fin, que el campo deber ser, lo primero una prioridad central, porque significa sobrevivencia, soberanía y futuro.

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¿Quién va ganando?

Martha Chapa
13 de junio de 2008


Con el triunfo de Barack Obama en la contienda por la candidatura demócrata a la Presidencia de Estados Unidos, el verdadero ganador es ese país, dentro y fuera de sus fronteras.

¿Por qué? Bueno, pues de entrada habría que decir que debido a que se impone la idea de ese modelo social abierto a todos, donde el esfuerzo individual y el talento permiten salir adelante; ese
american way of life tan ostentoso y publicitado en el cine y la televisión estadounidenses.

Desde luego, es también un mensaje para la población afroamericana, oprimida desde los años de la fundación de ese país agobiado por la discriminación, misma que comenzó a combatirse apenas en los años sesenta del pasado siglo, con el movimiento reivindicativo de Martin Luther King.

Recordemos que antes las personas de piel oscura no podían ni subirse al transporte urbano, sólo destinado para los blancos; menos aún se les permitía ser protagonistas de la vida política. Si acaso, tenían presencia en el deporte y la música, e incluso en esos ámbitos también participaban con restricciones.

Pero con el tiempo y no pocos esfuerzos y sacrificios de quienes reclamaron equidad y respeto, se empezaron a abrir espacios en prácticamente todas las actividades, lo que permitió que sus derechos cobraran vigencia.

Con Barack Obama como candidato a ocupar la Casa Blanca, Estados Unidos adquiere una buena imagen ante la comunidad internacional. Se prestigia su sistema democrático y liberal, en el que por lo general no pesan cuestiones de raza, sexo o religión.

La contienda por la candidatura demócrata fue, en sí, un proceso innovador, pues no sólo por primera vez en su historia un afroamericano es candidato presidencial, sino que además compitió con una mujer, Hillary Clinton, que de haber sido electa también hubiera sentado un precedente.

Sin embargo, no podemos dejar de ver otras realidades que enturbian estos grandes logros y méritos del sistema estadounidense.

Ahí está, por ejemplo, la pobreza de una parte de la población afroamericana, cuyos integrantes se sitúan en muchos casos por debajo del ingreso medio del país, además de que con frecuencia son víctimas de la prostitución, la delincuencia y el tráfico de drogas, producto precisamente de sus precarias condiciones de vida.

Además, no debemos olvidar que hay un sector estadounidense proclive a la discriminación que, llegada la hora de votar, emergerá con virulencia, pues es innegable que en el seno de esa sociedad anida un racismo que se contrapone no sólo a la negritud, sino a todo lo exógeno, ya sea asiático latino o africano.

Más aún, en muchos casos la preferencia electoral no será por un partido o por otro, sino por uno de los dos candidatos, con todo lo que son y representan.

Y si miramos más allá de sus fronteras, qué podemos decir del intervencionismo histórico de Estados Unidos –en especial desde el término de la segunda Guerra Mundial–, potencia que no duda en invadir países y regiones con el ya consabido el pretexto de impulsar la democracia, cuando sabemos que sus motivaciones llevan signo de pesos y que no han tenido empacho alguno en apoyar a regímenes dictatoriales y criminales cuando así ha convenido a sus intereses.

En fin, muchos registros dentro y fuera de ese país, que condicionan y matizan sus conductas, independientemente de sus grandes avances en otros rubros, como la ciencia y la tecnología.

Ahora, sin duda, se adiciona este proceso donde ha salido victorioso Barack Obama, pero recordemos que apenas es una etapa en esta historia de contrastes, de la cual no escapará la disputa electoral frente al republicano John McCain en los próximos meses.

Pese a ello, es de elogiar este resultado, con el que además se echan abajo viejos refranes, como “El que empieza ganando termina perdiendo” o “El que ríe al último ríe mejor”. O “me las estoy viendo negras”, que en todo caso, dejamos a su interpretación personal.

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¿Hasta cuando?

Martha Chapa
6 de junio de 2008


De nueva cuenta, el problema de la seguridad pública nos obliga a ocupar este espacio. A punto de arribar a la primera mitad del año 2008, la situación prevaleciente en este campo en general parece no haber variado con respecto de la que se vivía en 2007.

Si bien nos enteramos de los esfuerzos que despliegan las diversas instancias de gobierno, como dar una capacitación más adecuada a las corporaciones policíacas y dotarlas de mejores equipos y armamentos, los índices de criminalidad persisten en grado elevado y ni siquiera parecen empezar a declinar. Pero donde creemos que las cifras son menos optimistas es en relación con los esfuerzos relacionados con las llamadas del servicio de inteligencia.

Sabemos también de datos que se muestran públicamente a través de bien diseñadas gráficas, en las que se indica que en algunos rubros se registran ciertos descensos en la criminalidad, aunque se admite el crecimiento de otros. Y la verdad es que las cifras optimistas no son creíbles pues, por una parte, estamos conscientes de que muchas víctimas o afectados por la delincuencia desisten de presentar una denuncia. Unos por desencanto, dado el alto grado de impunidad existente, pues frente a miles de denuncias en el Ministerio Público, un porcentaje bajísimo de las denuncias se hace efectivo con aprehensión y cárcel para los responsables de estas conductas ilícitas. Otros, los más, desconfían de estas cifras porque han padecido lacerantes realidades en algún momento reciente, y si no lo han sufrido ellos en carne propia, con toda seguridad sí han sido testigos del problema entre sus familiares o amistades.

Tan solo al abrir ayer la edición vespertina de un periódico, encontré que venían en primera plana las notas de tres crímenes muy notorios, en realidad espeluznantes, entre otros más que aparecían en páginas interiores. Sentidas pérdidas de vidas, lo mismo de una maestra o un ingeniero, que de un síndico municipal. Todos, sacrificados con una violencia extrema y, podríamos decir, demencial.

Esto, aunque es a todas luces inaceptable, se refiere sólo a crímenes cometidos en un día (o quizá en una tarde), aquí en nuestra ciudad capital.

Pero si nos damos a la tarea de conjuntar las piezas, tendremos por resultado un “rompecabezas del mal” verdaderamente aterrador. Juntemos, si no, las ejecuciones en las grandes ciudades, además de otros asesinatos claramente derivados de la cruenta guerra de los carteles, y agreguemos los robos en la calle, las casas, las oficinas, en el propio auto. ¿Y qué obtendremos? Una triste realidad, con saldos impresionantes de muerte y destrucción.

También partimos del supuesto de que ahora se tiene mayor coordinación entre la policía federal, las estatales y las municipales. ¿Y…?, como solemos preguntarnos cuando los problemas siguen y no se resuelven, pese a la cantaleta de argumentaciones y dizque avances conseguidos. Y si nos apuran a tomar en cuenta sus cifras, yo les digo que nada más habría que imaginar cómo estaríamos de no ser así.

En síntesis, toda una enfermedad social que está urgida de mejores diagnósticos y tratamientos para, ahora si, lograr cambios cualitativos que, desde luego, deberán reflejarse, ya, en lo cuantitativo y lo cualitativo.

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Dad de comer al…

Martha Chapa
30 de Mayo de 2008


Un fantasma que recorría el país en los últimos meses se fue haciendo real y se concretó en una crisis anunciada: la carestía de alimentos.

De hecho, conforme transcurrió el primer año de gobierno del presidente Calderón se fueron registrando aumentos en los productos básicos, incluso en nuestro alimento esencial, la tortilla, lo que dio lugar a serios cuestionamientos de diversos sectores.

Justo es reconocer que estas alzas no son atribuibles del todo a la administración actual, pues el problema viene de muchos años atrás, producto de una acumulación de errores y omisiones de gobiernos pasados –priistas y panistas– que no respaldaron la producción nacional, y peor aún, menospreciaron y vituperaron la autosuficiencia alimentaria, con el consiguiente crecimiento de las importaciones, sobre todo en lo que a granos básicos se refiere.

Y si a esto agregamos el encarecimiento de los productos agrícolas y el ascenso histórico del precio del barril del petróleo, que ha rebasado ya el tope de los 200 dólares y continúa sin freno, pues no se requería mucha imaginación para pronosticar el agravamiento de la crisis mundial que, al parecer, llegó para quedarse.

No olvidemos, además, el anuncio del presidente Bush, apenas a principios de este año, en el que admitió que se avecinaba un desplome recesivo de la economía estadounidense, que obviamente desborda las fronteras de ese país y repercute con creces en el ámbito internacional.

Así, en nuestros días la situación se percibe amenazante, pues los precios siguen subiendo mientras los salarios están rezagados desde hace ya muchos años y cada día pierden un poco más de su escaso poder adquisitivo. Las consecuencias son obvias y muy negativas para la mayoría de la población, en especial la más empobrecida.

Por fortuna, para paliar, aunque sea un poco, esta situación, hace unos días el gobierno por fin reaccionó y se manifestó sensible ante esta cruda realidad, con el anuncio de una serie de medidas para prevenir males mayores y contrarrestar los efectos de la crisis alimentaria mundial.

Las acciones que dio a conocer el presidente Calderón en su mensaje a la nación comprenden básicamente la eliminación o reducción de aranceles a la importación de granos básicos y fertilizantes, y la contención de algunos precios, en particular de la tortilla y el bolillo.

A esto se suma la decisión de ofrecer productos a precios bajos a través de los sistemas de abasto gubernamental, como Diconsa o Liconsa, así como aumentar la ayuda económica a la población más marginada.

Otro hecho determinante, que a su vez le da un carácter integral –y diría que hasta psicológico– a las medidas gubernamentales, es justamente la decisión de detener cualquier incremento de precios a las gasolinas, el diesel y el gas LP, pues bien se sabe que cualquier alza en este rubro se refleja de inmediato en todos los demás.

Ni hablar, honor a quien honor merece: hay que reconocer cuando se toman decisiones benéficas como éstas, más allá de siglas y preferencias políticas, aunque no faltan algunos empresarios o líderes vinculados al sector del campo prestos a criticar cualquier medida de política social, aferrados a sus cortos y muy personales intereses.

Se reaccionó a tiempo, es cierto, pero necesitamos ir por más, hacia esa sociedad próspera y justa en la que todavía soñamos y confiamos en que ha de llegar, pues de lo contrario no habrá un futuro digno para nosotros ni para nuestros hijos, ni siquiera para las próximas generaciones.

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Pemex y más de lo mismo

Martha Chapa
23 de Mayo de 2008


Las consultas con motivo de la reforma energética dieron inicio la semana pasada en el Senado de la República y los primeros debates mostraron ya las diferencias básicas entre dos tendencias opuestas.

De hecho, los ponentes antes de intervenir se alistan a favor o en contra de la participación privada en Petróleos Mexicanos (Pemex), con todos los matices que se quiera, pero siempre con el propósito de exponer sus puntos de vista y llegar a influir en las próximas discusiones del Legislativo, que deberá tomar la decisión sobre este espinoso asunto en el próximo periodo de sesiones.

Así, quienes abrieron la sesión inicial responden a intereses o posiciones políticas tan evidentes que son predecibles para nosotros, quienes conformamos la ciudadanía.

Una consulta que, sabemos, ya se pensaba realizar, aunque no con la duración y amplitud que ahora tendrá, características que se extendieron al parecer debido a que el Frente Amplio Progresista (FAP) tomó las tribunas del Senado y la Cámara de Diputados para tratar de hacer valer su exigencia de un debate más amplio. El método resultó eficaz, aunque hay quienes pensamos que quizá no era necesaria esa medida extrema, que además niega la capacidad política y negociadora de ese Frente, que pagó y pagará una factura muy cara ante el electorado. El caso es que a fin de cuentas se está llevando a cabo la “pasarela opinativa”, con diferencias mínimas que, como decíamos, “no alteran el producto”.

En fin, hasta ahora parece más un falso debate en la tónica del “todo o nada”, que poco aporta y escasamente enriquece la visión futura del manejo de nuestros energéticos. En síntesis, estamos ante dos posturas encontradas: los que mantienen una posición autoritaria y estatista, frente a los neoliberales a ultranza que a toda costa desean que el país sea en los hechos como una empresa administrada por un presidente-gerente.

Así, la mitad de los ponentes se pronunciaron porque la investigación, perforación y extracción en Pemex siga estando a cargo del Estado, aunque bien sabemos que bajo ciertas modalidades ya se viene aceptando participación privada con diversas empresas y en algunos rubros.

Por lo que toca a la otra mitad –o sea, los impulsores de los cambios–, sus exposiciones han ido desde cuestiones meramente administrativas hasta la cogestión, pasando por la carga sindical.

Desde luego, en cada bando hay moderados y ultras. Por un lado, hubo quien pidió que el presidente Calderón de plano retirara su proyecto de ley. En el otro polo, la propuesta es cambiar para privatizar a Pemex –aunque no lo digan con esas palabras– y dejar al Estado como simple árbitro y vigilante del cumplimiento de los convenios, o sea, como mero comparsa.

Pensamos que entre esas dos posiciones existe una que se irá consolidando conforme avancen las participaciones, sobre todo las de los técnicos, que es a quienes hay que atender y escuchar, por encima de los dizque políticos e intelectuales que a veces ofrecen más
rollo que argumentos.

Pero de que Pemex necesita cambios a fondo y con urgencia, no hay duda, y menos cuestionable aún es nuestra obligación de apoyar cualquier modificación que permita mejorar a esta empresa sustancial para el país.

Veremos, pues, al final, en qué medida estas maratónicas sesiones llegan a tener influencia en la reflexión y la toma de postura de los legisladores, pero de antemano somos escépticos y seguimos creyendo que no variarán esencialmente las posiciones de PAN, PRI y FAP.

Eso sí, lo que el Legislativo resuelva en ese ámbito deberemos aceptarlo más allá de las posiciones particulares, porque no sólo se trata de Pemex sino también, una vez más, de la democracia.

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Más kilos de enfermedad

Martha Chapa
16 de mayo de 2008


El problema, que ya era grave desde hace varios años, sigue creciendo, y los pronósticos no son nada alentadores: la diabetes continúa ganando terreno en nuestro país a gran velocidad.

Se trata de un padecimiento que cobra más y más víctimas en todo el mundo y que ya afecta a millones de mexicanos, al grado que representa cantidades exorbitantes en recursos y presupuesto del sector salud, además de los perjuicios que se registran en la actividad productiva y el propio gasto de quienes se ven obligados a pagar su tratamiento médico. Y qué decir del deterioro físico y el sufrimiento de los diabéticos que no atienden a tiempo y de manera adecuada su enfermedad.

Y no es para menos, pues de acuerdo con cifras proporcionadas por la Secretaría de Salud, en México más de 70 mil decesos al año son imputables a la diabetes o las complicaciones derivadas de ésta, lo que corresponde a cerca de 14% del total de muertes anuales en el país.

Debemos tomar en cuenta que la mayor prevalencia de diabetes mellitus está directamente relacionada con el impresionante incremento de sobrepeso y obesidad en México. Basta con prestar atención a nuestro entorno para ver personas de todas las edades pasaditas de kilos, es decir, con algún grado de obesidad. Y si esa percepción directa no bastara, tenemos los datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2006, que nos revela que ¡más de 70 por ciento! de las mujeres con edades entre 18 y 49 años en nuestro país sufren sobrepeso u obesidad. Los varones no se quedan muy atrás, con 66.7% en los mismos intervalos de edad.

Son muchos los factores que inciden en este padecimiento, que representa ya la primera causa de mortalidad en el país.

Por una parte, la pésima alimentación de muchos mexicanos, con exceso de harinas, grasas y azúcares, a grado tal que ya el propio gobierno federal convocó recientemente una alianza con empresas del ramo alimentario a fin de valorar el problema y fijar nuevas alternativas de producción y oferta de productos más saludables o, si se quiere, menos dañinos.

Ahí están enlistadas, ya se imaginarán, las compañías refresqueras, las panificadoras, las de dulces, las que producen botanas y otras tantas que contribuyen al incremento de la obesidad entre chicos y grandes.

Y si a eso añadimos que carecemos del hábito de realizar actividad física, se comprende por qué este problema de salud crece sin cesar. Esta tendencia hacia la inactividad se observa claramente en los niños de hoy, en comparación con los de otras generaciones. Antaño, los pequeños no querían permanecer en la casa, buscaban cualquier oportunidad para salirse a correr y jugar; los niños de ahora, en cambio, son en extremo sedentarios, pasan muchas más horas sentados ante la televisión o los videojuegos, en parte gracias a los avances de la tecnología pero también porque ya no pueden sin salir a la calle a jugar debido a la inseguridad pública prevaleciente.

Por esas y otras razones, las enfermedades crónico-degenerativas están ganando terreno en todo el mundo, incluido nuestro país. Apenas en los años más recientes se empezaron a desarrollar campañas masivas de comunicación que si bien alertan sobre estos males, no han tenido un efecto determinante en su abatimiento.

Se afirma que la población con diabetes en México podría oscilar entre los 6.5 y los 10 millones y que una gran proporción de esa cifra corresponde a diabéticos que no saben que padecen ese mal, pues aún no han sido diagnosticados. México está entre los diez países con más diabéticos en el mundo; en 1995 ocupaba el noveno lugar, pero se prevé que para el año 2025 haya ascendido al séptimo lugar, pues también uno de los países que registran mayores índices de crecimiento de la enfermedad.

Desde luego, toda medida ayuda y genera una mayor conciencia, pero es imprescindible y urgente avanzar en la información y educación en todos los ámbitos, segmentos y edades de la población mexicana. La prevención es la clave, porque si bien son conocidos algunos signos de la enfermedad –deseos frecuentes de orinar, sed, vista borrosa, cansancio injustificado, calambres–, lo cierto es que éstos pueden ser síntomas de otros padecimientos y, sobre todo, que la diabetes es de esas enfermedades silenciosas que pueden avanzar de manera lenta y sigilosa sin que se les diagnostique, hasta que ya han causado daños irreversibles.

Por eso, lo importante es aminorar los factores de riesgo, disminuir el consumo de azúcares y harinas refinadas, así como el de grasas saturadas y, de manera muy especial, combatir el sedentarismo y la obesidad; es decir, promover la actividad física cotidiana.

Así que maestros y padres de familia, junto con sindicatos, universidades y organizaciones, sociales y privadas, sin excepción, tendrían que conjuntar esfuerzos y medios propios en una gran cruzada nacional.

Diríamos no sólo que ya llegó la hora de poner manos a la obra, sino que estamos rezagados en esa tarea. En todo caso, hay que recuperar el trecho perdido y avanzar con mayor prisa para atender esta prioridad nacional.

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El inmenso Monsiváis

Martha Chapa
9 de mayo de 2008


Ha cumplido setenta años y lo festejamos con gran entusiasmo, pero más aún celebramos su trabajo, sus ideas, sus testimonios, su obra importante y diversa, que lo mismo se inscribe en la crónica que en el ensayo. Siempre ingenioso e irónico y con un indispensable tono de humor que nos arranca a la vez sonrisas y reflexiones.

Con esos rasgos es fácil advertir que se trata de un mexicano destacado, muy querido y querible por todos nosotros. Claro, me refiero a Carlos Monsiváis, quien en estos días es motivo de festejos por cumplir siete décadas de vida, lo cual, según él, ya no le da ni tiempo de mirar atrás y detenerse en todo que ha pasado.

Pero, como ya decíamos, es ocasión de tener presentes sus libros, sus vivencias, sus convicciones y todo aquello que lo define mejor o de modo más integral.

Desde su niñez lo marcan dos realidades: la lectura y la conciencia de ser parte de una minoría desde que se le empezó a considerar “niño catedrático”, cuando ya comprobaba que sabía más de la Biblia que los feligreses adultos. Al fin y al cabo, devorador de libros desde sus primeros años.

Y para ahondar esa condición marginal vino a sumarse el hecho de formar parte de la iglesia protestante en un país abrumadoramente católico, o que por lo menos lo era en aquellos años cuarenta.

Muy joven escribiría exitosamente, en 1966, su autobiografía. Y a partir de ahí, libro tras libro bajo el sello editorial del éxito.

Pero empecemos por mencionar su famosa
columna Por mi madre bohemios, que lleva décadas arrancando sonrisas y despertando conciencias, gracias a su aparición en diversas publicaciones del país, donde se compilan fallidas y muy risibles declaraciones de políticos, empresarios, representantes de la iglesia y otros personajes de la vida pública, en las que Monsi bromea sarcástico por tanta ignorancia o pone en evidencia la visión tan limitada del mundo que muestran los declarantes y exhibe la demagogia de las élites que gobiernan al país.

Entre sus libros, que ya conforman una esencial biblioteca que debemos leer y consultar, destacan Días de guardar (1971), Amor perdido (1977), Nuevo catecismo para indios remisos (1982), Historias para temblar: 19 de septiembre de 1985 (1988), Escenas de pudor y liviandad (1988), Los rituales del caos (1995), Salvador Novo. Lo marginal en el centro (2000) y Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina (2000).

Son múltiples los galardones que ha recibido y que hacen las veces de luces del pastel. Entre ellos se cuentan el Premio Nacional de Periodismo, el Premio Mazatlán, el
Premio Anagrama de Ensayo, el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la rama de Lingüística y Literatura, y el Premio FIL de Guadalajara. A esta la lista que, por supuesto, es mucho más extensa, se acaba de sumar el Doctorado Honoris “Causas Perdidas” que le otorgó, en una ceremonia por demás antisolemne, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Imposible dejar de comentar que este escritor insustituible, nacido en la ciudad de México el 4 de mayo de 1938, ha sido un militante ejemplar de causas sociales, y lo digo porque nunca lo han cegado el fanatismo, la parcialidad y la evasión.

Ni duda cabe que Monsiváis se inscribe en la corriente de la izquierda, pero ha sabido marcar con realismo y ecuanimidad lúcida las omisiones y desviaciones frente a la búsqueda de las utopías. Ha tenido, por ejemplo, la capacidad de cuestionar el desvarío totalitario de Fidel Castro, el exceso populista de Hugo Chávez o la equivocada decisión de Andrés Manuel López Obrador al bloquear el Paseo de la Reforma, justamente en la ciudad que le fue tan afín políticamente.

Un personaje representativo de su generación y de varias subsecuentes, que si bien piensa y escribe en el ámbito de la política y la literatura, en sus años mozos también se adentró en el rock, aunque en el papel de compositor no le fuera tan bien que dijéramos, como él lo confiesa, con el grupo de Los Tepletatles, en el que participaron también Chava Flores, Alfonso Arau y José Luis Cuevas.

A este hombre, que inicia su octava década de vida –lo que debe ser motivo de júbilo, más allá de terceras edades y anexas– lo conocí en la exposición de un colega en los años setenta, y desde entonces me sorprendió el esmero que ponía en su observación de las obras. De ahí en adelante los encuentros fueron mas frecuentes, ya en presentaciones de libros, ya en casa de amistades comunes. También lo llegué a encontrar en los talleres de reconocidos artesanos en pueblitos remotos, donde pude presenciar su amor y respeto por la obra de nuestros sabios artistas, lo que siempre me ha maravillado. En fin, que siempre me he sentido amistosamente cerca de él, como lo están muchos, muchísimos de los que lo admiran y respetan, y cada vez encuentro nuevos motivos para alimentar estos sentimientos.

En estos días de festejos no lo obligaremos a apagar setenta velitas, no porque se trate de una expresión cursi, en la que hasta nos podríamos identificar, sino porque hay que esperar a que sean más, muchas más, sin ponerles número. Eso sí, le deseamos que sean decenas más los años que cumpla y que tenga carretadas de felicidad y se encuentre con montones de sueños cumplidos. Deseamos también, por su bien y el nuestro, que siga siendo el cronista mordaz, el alma crítica tan necesaria para nuestra ciudad y para el país entero.

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Juntos a favor de la niñez

Martha Chapa
2 de mayo de 2008


Trabajar en pro de la niñez en programas trascendentes junto con otros mexicanos comprometidos, constituye una experiencia inigualable. Es la manera adecuada de proceder cuando optamos por poner nuestra actividad al servicio de proyectos humanitarios. Una herramienta o palanca social que echa a andar voluntades y recursos en su conjunto, cuyo motor es la solidaridad, hermanada con la convicción de que tenemos una obligación con las nuevas generaciones.

Son éstas las razones por las que acepté montar una exposición de mi obra dirigida a los niños en el Hospital Infantil de Tlaxcala, pues anhelo que mi trabajo represente un estímulo para nuestros pequeños, que son la parte más sensible, demandante y esperanzadora de nuestra sociedad. Por eso nuestra labor es proporcionarles algo que resulta muy sencillo y a la vez indispensable: comprensión, apoyo y alegría.

¿Cuánto esperan los niños de nosotros? Sin lugar a dudas, los pequeños aguardan todo, absolutamente todo, razón por la cual tenemos juntos una enorme responsabilidad, a la vez que una gran oportunidad de colaborar en esa gran misión social.

Todos fuimos niños y sabemos lo que eso significa. Quienes tuvimos la fortuna de contar con padres que nos guiaron por el camino de la vida y el amor, y que nos enseñaron a valorar y compartir lo que teníamos, estamos obligados a transmitir ese amor y ese compromiso. Por eso, desde muy joven me hice una promesa que procuro cumplir a diario: pugnar por el bienestar de las niñas y los niños. Los invito a que lo hagamos todos, por ejemplo, a través de las instituciones que ofrecen salud, vida, esperanza.

Y si bien a lo largo del año debemos tenemos presente a la niñez en toda su dimensión –es decir, como un sector fundamental de la población, con enormes retos y problemas–, con motivo del 30 de abril, cuando el calendario mexicano marca el Día del niño (y de la niña), con más razón nos detenemos para ahondar en la situación actual de la infancia.

Es importante, sin embargo, que al hablar de los niños no pensemos en ellos sólo como el futuro de la nación. Por supuesto que lo son, pero además constituyen un presente que debemos mirar y atender. Por eso, más que referirnos al mañana, debemos ubicar el tema en nuestros días.

Ahí está la situación de millones de niñas y niños mexicanos. Es cierto que en su mayor parte estudian, gracias a un gran esfuerzo e inversión gubernamental. Sin embargo, no pueden ni deben soslayarse otros indicadores en extremo preocupantes. Incluso si nos referimos al rubro de la educación, donde hemos logrado avances importantes, habría que aceptar también situaciones adversas, como la deserción escolar –en especial de las niñas– o el analfabetismo que todavía subsiste en algunas zonas. Y no podemos olvidar los lacerantes fenómenos de abuso infantil derivados de la globalización, llámese prostitución de menores, pederastia o explotación laboral.

Así, por lo general los logros se entrelazan con rezagos, deficiencias u omisiones, además de que nuestro país arrastra pesadas cargas históricas que nos han heredado negligencia y fracasos o simplemente han condicionado el lento ritmo inherente a un país en vías de desarrollo.

Por eso, debemos replantearnos con una visión integral el caso de los niños y niñas del siglo XXI, que requieren y demandan una serie de satisfactores para apoyar su más pleno desenvolvimiento humano y social.

Aquí caben, desde luego, en primer lugar, las necesidades básicas para lograr una buena calidad de vida, como la alimentación y la nutrición, o la salud, lo que implica desde realizar campañas preventivas hasta garantizar la atención médica.
Sabemos que el gobierno federal y los regímenes estatales canalizan cuantiosos recursos para tratar de atender estas cuestiones. En este sentido, quiero compartir lo que atestigüé en mi reciente visita a Tlaxcala. Mi exposición se montó en el vestíbulo del mencionado Hospital Infantil de Tlaxcala, como parte de las actividades para celebrar el 30 de abril, fecha justa en la que el nosocomio cumplía su primer aniversario. En ese primer año tuvo importantes logros en su objetivo de brindar a los niños servicios gratuitos y resolver casos de extrema gravedad. A la fecha, nos informaron, se han registrado miles de acciones de prevención, entre consultas e intervenciones quirúrgicas.

Adicionalmente ha tenido avances significativos en la creación de espacios laborales para médicos, enfermeras y nutriólogos formados en las aulas de la propia Universidad Autónoma de Tlaxcala, además del enriquecimiento de los recursos humanos especializados en las distintas ramas de la medicina pediátrica. Una obra exitosa, impulsada por el actual gobierno de Héctor Ortiz Ortiz.

En fin, que la celebración del último día de abril nos convoca a todos y a todas. No está de más recordar que la decisión de festejar a los niños un día del año se tomó hace casi 50 años, en 1959, cuando la Asamblea General de Naciones Unidas acordó la Declaración de los Derechos de los Infantes y propuso que se creara un día de conmemoración en todo el mundo para reafirmar universalmente los derechos de los pequeños. Desde entonces, cada país cuenta con un día especial para festejar a los niños y recordar la necesidad de procurar su bienestar. Los organismos internacionales han elegido el 20 de noviembre como Día universal del niño, pero varios países han seleccionado diferentes fechas. Como nosotros, que tradicionalmente festejamos a nuestros pequeños el 30 de abril.

Fechas aparte, lo importante es que más allá de festejos comerciales nos demos la oportunidad de pensar en el desarrollo de nuestra infancia y en las opciones para garantizarle mejores condiciones de vida. Por eso, la construcción de una escuela o los buenos reportes del funcionamiento de un hospital, como el caso que les platico, son b