Un hasta aquí
Martha Chapa
22 de agosto de 2008
La
indignación social no ha dejado de crecer desde que
hace cuatro años se realizó aquella gran marcha de
la sociedad civil contra la violencia y la
inseguridad publica. En aquel entonces el país era
gobernado por Vicente Fox y a la cabeza de la
ciudad estaba todavía Andrés Manuel López Obrador,
quien por cierto, de manera torpe y miope se burló
de las justas inquietudes de los manifestantes y
los acusó de estar manipulados por la derecha para
atacarlo políticamente.
Pese a lo multitudinario de aquella protesta y aun
cuando han pasado ya más de cuatro años, sigue sin
haber soluciones. Más aún, el problema se ha
agravado, sobre todo en el rubro de los secuestros.
Basta con mencionar el caso reciente tan indignante
y estrujante del niño Fernando Martí, que culminó
con su asesinato luego de sucesos que evidenciaron
una vez más la criminal complicidad de policías con
delincuentes, la ineptitud de los cuerpos de
seguridad publica (policías preventiva y judicial
del DF), así como la aberrante impunidad, que ya
son constantes.
Por eso, de nueva cuenta diversas organizaciones de
la propia sociedad civil se expresaron para hacer
notar que tristemente los acuerdos que llegaron a
establecerse como derivación de su protesta masiva
realizada a fines de julio del 2004 están
incumplidos en lo esencial y los índices
delincuenciales suben sin que nadie sepa cómo
ponerles un límite.
Desde luego, debemos asistir el próximo 30 de
agosto a la nueva gran marcha a la que nos están
convocando para exigir, con justa razón, un alto a
la violencia. Pero ahora debemos hacerlo con mayor
brío y sentido crítico frente a los pobres
resultados de la administración actual en su tarea
de procurar la seguridad de los mexicanos.
Se trata hoy de ir a más; es decir,
comprometiéndonos a participar y dar continuidad al
cumplimiento de los nuevos acuerdos y las acciones
que se adopten en común con las autoridades, pues
se trata de un problema muy grave que amerita la
vigilancia generalizada bajo un esquema de
corresponsabilidad.
Sin embargo, será fundamental que tengamos muy
presentes una serie de datos y hechos del pasado
reciente y rechacemos populismos y demagogias que
se caen por su propio peso. Es el caso de lo que
ocurre con Marcelo Ebrad, quien desde que era
secretario de Seguridad Publica de la pasada
administración hizo diversos anuncios sobre cambios
internos en esa dependencia, con énfasis en el
fomento de la inteligencia policiaca, mejorar el
armamento y otra serie de grandes promesas que
jamás se cumplieron, como lo demuestra la realidad
que con tanta facilidad hemos constatado en los
años subsiguientes y los días que corren.
Ahora resulta que otra vez se anuncia la
reestructuración de la policía en la capital y se
reciclan las propuestas y decisiones que tenían que
haberse aplicado en su momento y que al incumplirse
evidencian terribles rezagos.
Tal negligencia e incapacidad se extienden tanto al
plano federal como a diversas entidades
federativas, donde los gobernantes no han sido
capaces de detener las ofensivas del crimen y la
delincuencia De forma similar a lo que ocurre en la
ciudad capital, nos vienen ofreciendo desde hace
casi una década que ahora sí se va combatir a fondo
la delincuencia para frenar y hasta revertir estas
estadísticas, en las que muy claro queda que van
ganando la corrupción, la impreparación, la
insuficiencia de recursos, la anacronía legislativa
y la descomposición en el poder judicial. En fin,
todo un conjunto de carencias e ineptitudes que
tienen a la ciudadanía contra la pared.
No se trata tampoco de deshacernos en lamentaciones
ni de evadir compromisos. Por lo contrario, hay que
luchar unidos y, si fuera el caso, aceptar sin
conceder pero deslindando con justeza la obligación
que tienen los gobernantes de dar seguridad a los
ciudadanos, como un fundamento básico de cualquier
Estado que se precie de serlo.
Y debemos desde ahora considerar también que
nuestros representantes populares están obligados a
preparar y aprobar en el plazo más inmediato un
marco legal que agregue la facultad ciudadana de
destituir al funcionario que no cumpla con sus
obligaciones, sin importar cuál sea su nivel
administrativo. Esto incluiría lo mismo al jefe de
Gobierno que a un gobernador de cualquier entidad
y, por supuesto, a jueces y magistrados.
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México con el Dalai Lama, a pesar de sus gobernantes
Martha Chapa
8 de agosto de 2008
A
diferencia de lo que ocurrió hace dos años, el
Dalai Lama no será recibido oficialmente por los
ejecutivos federal y local de la ciudad de México.
Así
de absurdo como suena. Ambas instancias, es decir,
el gobierno capitalino encabezado por Marcelo
Ebrard, por un lado, y la Presidencia de la
República, a cargo de Felipe Calderón, por el otro,
cometen un error, no sólo en cuanto al país, sino
en el plano internacional. Para empezar, quedan
disminuidos ante sus antecesores , quienes le
dieron un trato especial a tan distinguido
personaje, pues no hay que olvidar que se trata del
Premio Nobel de la Paz, así carezca de una
representación como jefe de Estado.
En 2006, tanto Vicente Fox como Andrés Manuel López
Obrador recibieron con todo respeto y cordialidad a
este hombre conocido y reconocido en todo el mundo,
lo cual habló muy bien de ambos y generó una
respuesta muy favorable de la opinión pública.
Además, lo respaldaron con todo el apoyo logístico,
de seguridad y asistencia técnica en sus múltiples
e importantes compromisos con otras organizaciones
e instituciones, como la Cámara de Diputados, la
Universidad Nacional y diversos organismos sociales
y privados.
Ahora, en cambio, el presidente de México y el jefe
de Gobierno del Distrito Federal incumplen la
tradición de nuestro país que lo ha caracterizado
por recibir con un sentido de pluralidad a grandes
personalidades que, como en este caso, son símbolo
de la política pacifista y de la no intervención.
Es más que evidente que uno y otro fueron
presionados por China, esa potencia que adquiere
cada día más influencia en nuestra sociedad
contemporánea, gracias a su enorme poderío
económico. Pero se equivocan, pues si bien se trata
de una potencia emergente en el mundo globalizado
de hoy, no supieron negociar con esa nación, y
cedieron todo para ganar unas cuantas inversiones,
cuando lo adecuado hubiera sido firmar todos los
convenios que se quiera, que realmente favorezcan
al desarrollo de nuestro país, pero sin supeditar
nuestra soberanía en términos de decisiones libres
y autónomas frente a transacciones financieras o
tecnológicas, por más jugosas que fueran, porque en
realidad no lo son.
Además, hay una seria contradicción en esta
decisión de dar la espalda al Dalai Lama, pues el
modelo chino se basa en la explotación de sus
trabajadores, el autoritarismo político, la falta
de libertades y democracia, y en ocasiones hasta la
propia represión ciudadana.
Por otra parte, también en el rubro ecológico
estamos conscientes de que los chinos, en ese afán
de sostener su vertiginoso crecimiento, se están
convirtiendo en un basurero y tierra de desecho,
gracias a lo cual alcanzan preocupantes índices de
contaminación ambiental.
Y, por si algo faltara, ni Ebrard ni Calderón han
atacado de manera frontal y decidida el contrabando
de productos chinos –y asiáticos en general– que
ingresan al país sin cortapisas; obviamente, sin
pagar impuestos o aranceles. Esos productos, muchas
veces de ínfima calidad, que justamente por eso se
venden a precios irrisorios, además de que afectan
seriamente a los trabajadores mexicanos, provocan
grandes perjuicios a la industria y el comercio
mexicanos, que en muchos casos se han visto
precisados a cerrar sus operaciones, cancelar
nuevos empleos, realizar despidos masivos y asumir
pérdidas cuantiosas.
¿No sería mucho mejor combatir en serio y de manera
definitiva este comercio ilegal, lo que nos
significaría mayores beneficios al lado de los muy
escasos que se obtienen a mediano o largo plazo con
las limitadas inversiones de China en México?
El panorama se vislumbra aún peor cuando nos
enteramos de que adicionalmente se dictó una línea
política para que se le cerraran todos los espacios
públicos al Dalai Lama, incluidos los sistemas de
protección para su seguridad en nuestro país, lo
cual desde mi punto de vista hace a nuestras
autoridades responsables de cualquier posible daño
que alguien pudiera intentar contra este líder
budista.
Este giro en la política nacional y también en la
local es evidencia contundente de que ni Ebrard ni
Calderón tienen estatura de estadistas, por lo cual
se mantienen inmersos en “grillas baratas” de sus
propios partidos, atentos a intereses inmediatistas
y políticas de bajo nivel.
La verdad es que uno y otro pierden un espacio de
privilegio para su proyección nacional e
internacional como demócratas y defensores de los
derechos humanos, pues no se trata de una cuestión
religiosa o política de carácter formal, sino de la
presencia de una voz autorizada que convoca a la
armonía, la tolerancia y la paz en todo el mundo;
es decir, una postura sólida y legítima contra la
violencia y la guerra y a favor del humanismo de
nuestros días.
En cambio, el panorama del otro lado del Atlántico
es completamente distinto; ahí sí se puede respirar
el aire de la democracia y la tolerancia. La
Comunidad Europea en su conjunto ha dado muestras
de apoyo y reconocimiento a este gran luchador de
los derechos y las libertades del hombre. Lo mismo
ocurre en Estados Unidos, pues a pesar de los
muchos aspectos criticables de George Bush, hay que
reconocer que en su momento ha sabido rendirle un
trato digno a tan digno visitante, a la altura de
su investidura moral y espiritual. Incluso, los dos
virtuales candidatos a la presidencia de Estados
Unidos externaron su respaldo más abierto al
ilustre personaje.
Pero más allá de la tozudez, insensibilidad y
subordinación al poder chino por parte de las
autoridades mexicanas, nuestro pueblo ha aceptado y
recibido con afecto al Dalai Lama desde tiempo
atrás y sin duda mostrará de nueva cuenta su
adhesión por donde él pase, donde él esté y con lo
que él exprese.
Y queda claro, como lo han demostrado los
verdaderos estadistas, que bien se puede otorgar un
trato digno y un reconocimiento a un representante
destacado como éste, e incluso coincidir con las
banderas que enarbola, sin que necesariamente eso
signifique estar contra China, ni siquiera
cuestionar a su gobierno bajo la premisa de la
autodeterminación de los pueblos; mucho menos,
mancillar sus instituciones.
Con qué facilidad se pusieron en evidencia nuestros
gobernantes –en lenguaje popular, qué rápido
mostraron el cobre– por la falsa urgencia de
consumar unos negocitos que suponen un elevadísimo
e innecesario pago de facturas, dentro y fuera del
país.
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Ahora o nunca
Martha Chapa
18 de julio de 2008
Hace
unos días, cuando tuve el privilegio de asistir a
una siembra simbólica de árboles en un parque
ecológico situado en el estado de Quintana Roo,
reconsideré una serie de hechos que se vinculan al
tema del medio ambiente, además de que asocian con
acontecimientos recientes de enorme trascendencia.
Veamos primero los que tienen una consecuencia
mundial, dentro del alarmante problema del
calentamiento global.
Sabemos que en Japón se reunieron hace apenas un
par de semanas los mandatarios de los poderosos
países que conforman el llamado Grupo de los Ocho
(G-8) y abrieron un espacio para debatir asuntos
del medio ambiente.
El resultado, contra lo que hubiera deseado la gran
mayoría de quienes poblamos la Tierra, fue
ambivalente, pues si bien puede considerarse
positivo que revisaran juntos estos nuevos
fenómenos ambientales, no todos se comprometieron a
la aplicación de medidas a fondo y con carácter de
urgentes.
Así, por ejemplo, China e India, con una deplorable
irresponsabilidad, se negaron a adoptar medidas en
el corto plazo respecto a su industria, no obstante
que ambos países, juntos, representan un segmento
importante del problema actual. Y en cuanto al
resto de las naciones participantes, también se
registraron altibajos, aunque por suerte y como
excpción hubo aquellas que insistieron en adoptar
políticas diferentes, con las que se
comprometieron, en lo que se refiere al tipo de
energéticos y procesos diversos que generan el
bióxido de carbono, tan contaminante y dañino para
el equilibrio climático del planeta.
Al respecto, no tenemos que ir muy lejos, pues ya
en América Latina se presentan serios desajustes
ambientales, como lo que ocurre en el sur de
nuestro continente, un preocupante fenómeno que
quedó registrado en los medios de comunicación en
días recientes: el inmenso glaciar Perito Moreno en
la Patagonia argentina se está derritiendo en pleno
invierno, signo más que contundente del
calentamiento global.
Al final, en el mencionado foro internacional sólo
se pactó una nueva reunión de análisis para el
2009; es decir, pareciera que no hay prisa,
mientras la destrucción del entorno avanza y pone
en peligro la subsistencia de nuestra propia
especie.
México, de más está decirlo, no se salva de esta
devastación. Así, comprobamos cómo han variado los
climas y aparecen fenómenos meteorológicos
naturales que causan graves perjuicios, llámense
largas sequías o precipitaciones pluviales
excesivas; es decir, mucha agua donde no se
necesita y escasez del líquido en zonas donde es
indispensable para producir o, por lo menos, para
mantener el ecosistema en niveles de protección de
flora y fauna.
Sin embargo, hay que reconocer en forma paralela
que en nuestro país sí se están emprendiendo
campañas de reforestación, como la que en fecha
reciente anunciara el presidente Felipe Calderón,
que prevé la siembra de varios millones de árboles.
Hay, entonces, pequeños avances, pero no deja de
resultar frustrante que nada ocurra en las
reuniones de los poderosos, que todo lo ven a
través del cristal de sus propios intereses
financieros.
Pero el tiempo y el deterioro avanzan, de modo que,
sin pretender que suene a predicción apocalíptica,
sospecho que la naturaleza ya tocó su “tercera
llamada”.
De verdad, es ahora cuando tenemos que detener a lo
largo y ancho del orbe esta egoísta e insensata
actitud de los países poderosos, que en aras de un
supuesto desarrollo atentan contra la vida y la
supervivencia de la humanidad actual y futura.
Los años o las décadas están contados y, si no
actuamos, todos perderemos, más allá del magnitud
de la culpa de cada cual. ¿Qué no lo saben los
líderes mundiales?, ¿no lo ven día a día.
Insistamos, entonces, unámonos, exijamos desde lo
más sencillo e inmediato en el plano de lo
cotidiano, hasta promover y formar grandes cadenas
de presión pública. Ojalá así logremos salvarnos a
nosotros mismos y a nuestro planeta.
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El gran ejemplo de Colombia
Martha Chapa
11 de julio de 2008
De
verdad nos dejó atónitos el rescate de Ingrid
Betancourt y otros 14 rehenes secuestrados desde
hace años por las Fuerzas Armadas Revolucionarias
de Colombia (FARC), incursión exitosa que fue digno
de una producción cinematográfica hollywoodense.
Bien dicen que con frecuencia la realidad supera a
la ficción.
Pero más allá de una logística asombrosamente
perfecta, al grado de que no ha faltado quien
circule la versión de que fue todo un montaje –lo
que a mi parecer resulta muy improbable,
prácticamente imposible–, es evidente el desgaste y
la desorganización de las FARC y el repudio
generalizado hacia ellas dentro y fuera de
Colombia. La acción tan bien concertada de las
fuerzas armadas de esa nación sudamericana sienta
un precedente como estrategia bien organizada,
limpia y exitosa contra el imperdonable crimen de
la privación de la libertad.
Por ende, celebramos el hecho, al margen de
cualquier diferencia ideológica o política que
mantengamos frente a la gestión del presidente
Uribe, pues no podemos dejar de reconocer su mérito
por su firme decisión de combatir al narcotráfico y
a quienes con la falsa bandera de la política no
son sino delincuentes que se niegan a participar en
la vía democrática.
Guardadas las proporciones entre México y Colombia,
uno desearía que en nuestra tierra se ejecutaran
acciones de una contundencia similar, pues si bien
el presidente Calderón ha iniciado una decidida
lucha contra los carteles de la droga, es obvio que
ha faltado planeación, estrategias, respeto a los
derechos humanos y, en especial, tareas de
inteligencia.
En efecto, muchos de los operativos contra el
narcotráfico han resultado ridículos y, peor aún,
ineficaces, pues en lugar de actuar con sigilo,
precisión y audacia, prácticamente se anuncia con
toda anticipación la llegada de las tropas para que
los delincuentes puedan con tranquilidad tomar sus
previsiones.
Y siguiendo con el caso colombiano, cuánto nos
impactó además la regia figura de Ingrid
Betancourt, una mujer inteligente, sensible, bien
preparada, valiente –fuerte y lúcida luego de más
de seis años de vivir en férreo cautiverio– y con
un sentido de profundo humanismo, tan escaso en
nuestros tiempos. Por tanto, se convierte ya, de
manera natural, en una posible candidata para las
siguientes elecciones presidenciales en ese país.
Independientemente de sus posibilidades
electorales, queda ya como una figura internacional
que por su autoridad moral podría contribuir a la
concordia y la paz entre los pueblos.
Otras consecuencias de estos hechos apuntan hacia
diferentes latitudes. Así, por ejemplo,
independientemente de la disolución de la guerrilla
colombiana, el mensaje debe llegar hasta nosotros,
en nuestro propio país, ya no digamos a Venezuela ,
Bolivia y, desde luego, a Cuba, donde ojalá Raúl
Castro se decida a iniciar en verdad vías
democráticas que mucho le beneficiaran a ese país
hermano, pues contribuiría a terminar con los
bloqueos económicos que, también hay que decirlo,
Estados Unidos ha impulsado de manera abusiva a lo
largo de décadas.
Y por lo que toca a México, decíamos, anhelamos que
se reactiven los espacios del diálogo con el EPR y
cualquier otro grupo armado, a fin de pactar
compromisos para reducir la pobreza, el atraso, la
inequidad, la injusticia y tantas cuestiones que es
necesario resolver, al igual que ocurre con la
humanidad en su conjunto.
Ésta es también una buena lección del rescate del
grupo de rehenes que desde el primer momento
trascendió las fronteras colombianas. Ojala
pudieran sentarse las bases para que se establezcan
nuevos acuerdos y los diferentes sectores
colmbianos lograran superar sus diferencias, con lo
que a la vez se evitaría cualquier conflicto entre
Colombia, Ecuador y Venezuela, pues si bien los
mandatarios Hugo Chávez y Rafael Correa
reconocieron ese logro de su homólogo Alvaro Uribe,
el hecho no fue suficiente para sentar las bases de
un mayor entendimiento con beneficios recíprocos en
cuanto a intercambios económicos, culturales,
tecnológicos y en otros campos.
En fin, que los acontecimientos recientes, además
de haber beneficiado, prestigiado y legitimado la
presidencia de Uribe, lo ponen a la cabeza de una
nueva concepción de la defensa de los derechos
humanos que no puede ni debe quedar en el mero
trabajo formal de comisiones locales o en la
materia.
Desde luego, debo dejar muy claro que con esto no
pretendo justificar la represión y la violencia
institucionalizada, que sólo se explica en casos
extremos, como lo acabamos de ver en Colombia. Y
por ningún motivo estaríamos de acuerdo en golpes
de Estado o cuartelazos de parte de los militares,
como ocurrió en los años setenta del siglo pasado
con el el golpe de Estado contra el doctor Salvador
Allende en Chile y la irrupción del pinochetismo
criminal, o de cualquier otro signo ideológico que
destruya las instituciones democráticas y los
avances civiles de la sociedad, en el ejercicio de
las libertades y los derechos humanos.
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Por Oaxaca
Martha Chapa
4
de julio de 2008
Desde
años atrás venía siendo recurrente la movilización
del magisterio oaxaqueño, pero la mayor
confrontación entre este gremio y el gobierno local
ocurrió durante el 2006, luego de la formación de
la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, la
famosa APPO.
Aún
recordamos la intensidad de los enfrentamientos que
se registraron en la capital oaxaqueña hace dos
años y las consecuencias que este conflicto tuvo
para el propio movimiento y sus líderes, que se
fueron radicalizando a la par del endurecimiento de
las autoridades estatales.
Y
bien sabemos que se requirió la intervención de la
Policía Federal Preventiva, que aplicó un operativo
a fondo, para que comenzara a diluirse dicho
movimiento.
En
esos días se comentó insistentemente que en el
fondo del conflicto magisterial en el estado
anidaban rencillas electorales entre grupos de
poder encabezados por ex gobernadores y otros
políticos, como Roberto Madrazo a favor de Ulises
Ruiz, y Diódoro Carrasco junto con Gabino Cué, en
contra. Además, se hablaba con insistencia de que
los intereses de Elba Esther Gordillo no eran
ajenos al asunto.
Más
allá de quién le quería meter el pie a quién, en
todo caso el gran perjudicado fue el estado de
Oaxaca; su economía, su comercio, su turismo y la
sociedad misma en su conjunto.
Los
daños derivados de esos graves enfrentamientos
fueron cuantiosos: cierre de comercios, quiebra de
negocios, pérdida de empleos, caída de inversiones.
En buena medida, lo que se “ganó” fue atraso y
mayor empobrecimiento, además de una imagen de
ingobernabilidad que ahuyentó al turismo, en
particular al procedente de otros países, que
representa una gran derrama de dinero, lo que
resulta relevante en cualquier caso, pero más aún
en una entidad que posee elevados índices de
pobreza y marginalidad.
El
conflicto parece haber amainado, aunque no ha
desaparecido, pues de nueva cuenta el magisterio ha
echado a andar sus consabidos plantones, mítines y
marchas.
Ante
esa situación de latente amenaza a la paz pública y
a la estabilidad, esperamos, por el bien de Oaxaca
y de todo el país, que se aliente más el diálogo,
la negociación y la voluntad política de los
protagonistas, prendas que hasta ahora han brillado
por su ausencia.
Viene
a propósito todo esto porque recientemente visité
ese hermoso estado con motivo de un reconocimiento
que se otorgó a nuestro programa de televisión “El
sabor del saber” por parte de la Asociación
Nacional de Locutores.
Ahí
pude constatar que si bien la situación ha mejorado
y las actividades parecen haber retomado su ritmo
normal, prevalecen amagos de violencia que podrían
concretarse con lamentables resultados, sobre todo
en un año de perfil electoral, como el 2009, en el
que habrá comicios federales.
Será
necesario, entonces, ampliar los espacios de
diálogo y tolerancia política para alcanzar una
serie de acuerdos más sólidos, definitivos y
perdurables.
De
lo contrario, como suele ocurrir, el pueblo es el
que pagará los daños. Además terminaría por
empañarse la imagen de Oaxaca y del país todo en el
entorno internacional, con las dañinas
consecuencias que eso tendría.
De
verdad, sería un gravísimo error caer en un nuevo
choque, que podría conducir a la reaparición del
caos y la violencia, pues se sumiría a Oaxaca
todavía más en la marginación. ¿O será que de eso
se trata?
Ya
veremos pronto quién está del lado de la razón, de
las mayorías y de la prosperidad común.
Ojalá
todos respondan de manera positiva y, de no ocurrir
así, que el pueblo se los demande, de una vez por
todas, en las próximas elecciones.
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Responsabilidad, desde arriba hasta abajo
Martha Chapa
27 de junio de 2008
Otra vez la tragedia se
originó en un antro al que nunca debió permitírsele
funcionar.
Es ahí donde
empieza la responsabilidad del gobierno del
Distrito Federal.
Desde el viernes pasado, es notorio que el propio
jefe de gobierno Marcelo Ebrard, tan proclive a las
cámaras y micrófonos, apenas da la cara; evade el
compromiso y evita hacer declaraciones y tomar
decisiones para aclarar los hechos. En cambio, se
engrosa la lista de culpables, donde seguramente
junto a los responsables reales se han
colocado chivos
expiatorios.
Pero
más allá de deslindar responsabilidades no debemos
perder de vista la raíz del problema. Porque el
asunto empieza desde el momento en que se autoriza
el funcionamiento de estos lugares disfrazados de
salones de fiestas, donde las anomalías e
irregularidades se desbordan desde el día de su
apertura.
¿Cómo es posible,
por ejemplo, que
se le haya otorgado el permiso a este sitio que
poseía una salida de emergencia de dimensiones tan
reducidas que apenas pasaba una persona,
inconcebible para el aforo de que dispone?
Y,
peor todavía, que
no se hayan hecho revisiones periódicas, con
inspectores que habrían detectado a primera vista
las violaciones a la normatividad, en particular el
bloqueo de estas áreas de emergencia. Más aún
cuando todo mundo está al tanto de la existencia de
estas dizque tardeadas,
que deberían
llevarse a cabo dentro de estrictas normas de
seguridad, sobre todo porque quienes acuden son
jovencitos y adolescentes a quienes tendríamos que
cuidar y proteger.
Queda
así al descubierto no sólo la negligencia e
incapacidad de las autoridades, desde la más alta
jerarquía hasta los actores del
operativo,
sino muy
probablemente –como lo ha denunciado de manera
creciente la ciudadanía– actos incalificables de
violencia e irresponsabilidad, sumados a la
impunidad y la corrupción.
Y si a eso se añade la deficiencia y torpeza
criminal de los responsables de estos operativos,
pues –ya lo vimos, por desgracia– el resultado es
verdaderamente fatal.
Entonces, es natural preguntarnos: ¿de cuántas
acciones de este tipo ni nos enteramos, pese a que
se realizan cotidianamente en antros que funcionan
en tales condiciones, como el News Divine?
A
pesar de que pretendía deslindarse de su
responsabilidad, el delegado en la Gustavo A.
Madero se vio obligado a solicitar licencia a su
cargo para dar paso a las investigaciones. A su
vez, el titular de la Secretaría de Seguridad
Pública, Joel Ortega, sigue afirmando que él no
tiene culpa alguna y continúa más preocupado por su
futuro político que por el servicio a la
ciudadanía.
Por suerte, también hay funcionarios responsables
que asumen con seriedad su trabajo. Es el caso del
presidente de la Comisión de Derechos Humanos del
Distrito Federal, Emilio Álvarez Icaza, quien una
vez más ha mostrado en su cargo valentía y
capacidad, y se ha convertido en el defensor de los
padres de familia que sufrieron tan lamentable y
absurda pérdida de hijos e hijas.
En cualquier caso, al margen de las grandezas y
miserias de cada quien, deberá seguirse un proceso
judicial en todas las instancias del gobierno
capitalino vinculadas a esta cadena de fatales
decisiones y criminales omisiones.
Y no debe ser lo único que se haga, pues también se
precisa la intervención de asambleístas y
diputados, o hasta de los propios partidos
políticos que dicen representar a la ciudadanía.
De no ser así, podrían repetirse estos hechos de
terribles consecuencias, pues la muerte de esa
decena de jóvenes, casi niños, no puede compensarse
con nada.
Y así fuera la pérdida de una sola
vida,
tendría que
actuarse a fondo, se trate de quien se
trate.
Porque los
descuidos y negligencias del gobierno capitalino se
suman a la inseguridad reinante en nuestra
ciudad,
ya de por sí
insostenible e inaceptable.
Es vox populi señala que en otros países ya se
hubiera presentado la renuncia o destitución de
altos funcionarios responsables de esta
imperdonable tragedia.
Porque
no es la primera vez que algo así ocurre. Debieron
saberlo y evitarlo, pero la cadena de la corrupción
es larga y jugosa. ¿A dónde va el dinero y cómo se
reparte? Deben ser sustanciosos los rendimientos
derivados de la corrupción; simplemente
consideremos la cantidad de estos sitios que
pululan en las delegaciones
políticas.
Por
eso, muchos y muchas creemos que suben hasta el
máximo nivel las mordidas
de todos estos
antros para que operen semana a semana en las
peores condiciones. Y, si no resulta convincente
este razonamiento, me permito una pregunta más:
¿está al menos enterado el jefe de gobierno de lo
que hacen y dejan de hacer sus equipos de trabajo?
Pues en un caso u otro –por omisión o por
colusión–, el señor Ebrard no queda exento de
culpas ni de responsabilidades.
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Primero el campo, luego todo
Martha Chapa
20 de junio de 2008
Hoy
se viven los comienzos de una posible crisis
alimentaria. Los precios van de subida y son muchas
las causas que han afectado, en menor o mayor
medida, entre otras: las prácticas especulativas de
grandes empresas; los cambios climáticos, como el
calentamiento global, que ocasionan sequias; así
también inundaciones; el incremento mismo en la
demanda de alimentos de países emergentes o que se
han desarrollado inusualmente en las últimas
décadas como China e India; o tan sólo los altos
precios del petróleo, que igual han influido, con
su efecto multiplicador de precios y subsidios.
Así, el alza de precios es palpable, pues las
grandes empresas del sector alimenticio a nivel
mundial han subido sus costos en un 10% promedio.
El drama mayor es que en México 45 millones de
persona viven en la pobreza de las cuales, al menos
20 la padecen en extremo, y el resto con escasez
alimentaria; entendida ésta como el segmento social
cuyo ingreso está por abajo del necesario para
cubrir las necesidades de una alimentación
establecida en la Canasta Básica.
Con todo, los precios de los alimentos en el marco
de una inflación nacional que es del 4.5%,
porcentaje que distan de la realidad pues y esta
por arriba en muchos productos.
Además, corremos riesgos por nuestra gran
dependencia del mercado internacional, pues se
importan comestibles básicos, como trigo, arroz,
maíz. Aparte, según la Confederación Nacional de
Comerciantes de Centros de Abasto, reportó que en
México se desperdician miles de toneladas al año
por fallas productivas y displicencia de los
consumidores.
En todo caso, los gobiernos neoliberales han
olvidado al campo. Hace falta crear más
infraestructura con una mayor inversión pública,
pues por ejemplo: en 1980 era el 3.2 del PIB y en
2006 sólo el 0.6. En lo que se refiere a créditos,
igual se otorgaban mucho más que en años
subsiguientes.
Esta reducción en apoyos e inversión la estamos
pagando ahora con nuestra fuerte dependencia de las
importaciones, cuando con visión de futuro se debió
mantener la soberanía alimentaria.
Otros datos son reveladores, pues de una década a
otra en México se sembraban más millones de
hectáreas, que ahora donde se redujo
significativamente y así también, el desequilibrio
en otros rubros de la producción agrícola: equipo,
fertilizantes, comercialización, etc….
La situación parece empeorar con el actual modelo
económico pues se estima que la población urbana
siga aumentando y así mismo el consumo de alimentos
y energía.
El actual modelo neoliberal ha permitido que las
fuerzas del mercado manejen la producción de
alimentos y no el Estado, a fin que se apuntalara
la seguridad alimentaria mediante de una planeación
racional y regulación adecuada.
Se ha olvidado al campo, las inversiones, créditos
y acciones colaterales que le beneficiaban. Se debe
entonces planear, investigar, asistencia técnica y
buenos financiamientos. Es necesario reactivar el
sector agropecuario y fortalecer la producción
campesina, para que cada vez sea menor nuestra
dependencia internacional.
Y en cuestión energética también es importante
lograr más eficiencia en la producción y avanzar en
el refinamiento así como en materia de energías
renovables ya que tanto alimentos como energéticos
son dos palabras estratégicas en nuestra vida
cotidiana que van interrelacionadas.
En fin, que el campo deber ser, lo primero una
prioridad central, porque significa sobrevivencia,
soberanía y futuro.
e mail:
enlachapa@prodigy.net.mx
www.marhachapa.net
¿Quién va ganando?
Martha Chapa
13 de junio de 2008
Con
el triunfo de Barack Obama en la contienda por la
candidatura demócrata a la Presidencia de Estados
Unidos, el verdadero ganador es ese país, dentro y
fuera de sus fronteras.
¿Por qué? Bueno, pues de entrada habría que decir
que debido a que se impone la idea de ese modelo
social abierto a todos, donde el esfuerzo
individual y el talento permiten salir adelante;
ese
american way of life tan
ostentoso y publicitado en el cine y la televisión
estadounidenses.
Desde luego, es también un mensaje para la
población afroamericana, oprimida desde los años de
la fundación de ese país agobiado por la
discriminación, misma que comenzó a combatirse
apenas en los años sesenta del pasado siglo, con el
movimiento reivindicativo de Martin Luther King.
Recordemos que antes las personas de piel oscura no
podían ni subirse al transporte urbano, sólo
destinado para los blancos; menos aún se les
permitía ser protagonistas de la vida política. Si
acaso, tenían presencia en el deporte y la música,
e incluso en esos ámbitos también participaban con
restricciones.
Pero con el tiempo y no pocos esfuerzos y
sacrificios de quienes reclamaron equidad y
respeto, se empezaron a abrir espacios en
prácticamente todas las actividades, lo que
permitió que sus derechos cobraran vigencia.
Con Barack Obama como candidato a ocupar la Casa
Blanca, Estados Unidos adquiere una buena imagen
ante la comunidad internacional. Se prestigia su
sistema democrático y liberal, en el que por lo
general no pesan cuestiones de raza, sexo o
religión.
La contienda por la candidatura demócrata fue, en
sí, un proceso innovador, pues no sólo por primera
vez en su historia un afroamericano es candidato
presidencial, sino que además compitió con una
mujer, Hillary Clinton, que de haber sido electa
también hubiera sentado un precedente.
Sin embargo, no podemos dejar de ver otras
realidades que enturbian estos grandes logros y
méritos del sistema estadounidense.
Ahí está, por ejemplo, la pobreza de una parte de
la población afroamericana, cuyos integrantes se
sitúan en muchos casos por debajo del ingreso medio
del país, además de que con frecuencia son víctimas
de la prostitución, la delincuencia y el tráfico de
drogas, producto precisamente de sus precarias
condiciones de vida.
Además, no debemos olvidar que hay un sector
estadounidense proclive a la discriminación que,
llegada la hora de votar, emergerá con virulencia,
pues es innegable que en el seno de esa sociedad
anida un racismo que se contrapone no sólo a la
negritud, sino a todo lo exógeno, ya sea asiático
latino o africano.
Más aún, en muchos casos la preferencia electoral
no será por un partido o por otro, sino por uno de
los dos candidatos, con todo lo que son y
representan.
Y si miramos más allá de sus fronteras, qué podemos
decir del intervencionismo histórico de Estados
Unidos –en especial desde el término de la segunda
Guerra Mundial–, potencia que no duda en invadir
países y regiones con el ya consabido el pretexto
de impulsar la democracia, cuando sabemos que sus
motivaciones llevan signo de pesos y que no han
tenido empacho alguno en apoyar a regímenes
dictatoriales y criminales cuando así ha convenido
a sus intereses.
En fin, muchos registros dentro y fuera de ese
país, que condicionan y matizan sus conductas,
independientemente de sus grandes avances en otros
rubros, como la ciencia y la tecnología.
Ahora, sin duda, se adiciona este proceso donde ha
salido victorioso Barack Obama, pero recordemos que
apenas es una etapa en esta historia de contrastes,
de la cual no escapará la disputa electoral frente
al republicano John McCain en los próximos meses.
Pese a ello, es de elogiar este resultado, con el
que además se echan abajo viejos refranes, como “El
que empieza ganando termina perdiendo” o “El que
ríe al último ríe mejor”. O “me las estoy viendo
negras”, que en todo caso, dejamos a su
interpretación personal.
¿Hasta cuando?
Martha Chapa
6 de junio de 2008
De
nueva cuenta, el problema de la seguridad pública
nos obliga a ocupar este espacio. A punto de
arribar a la primera mitad del año 2008, la
situación prevaleciente en este campo en general
parece no haber variado con respecto de la que se
vivía en 2007.
Si bien nos enteramos de los esfuerzos que
despliegan las diversas instancias de gobierno,
como dar una capacitación más adecuada a las
corporaciones policíacas y dotarlas de mejores
equipos y armamentos, los índices de criminalidad
persisten en grado elevado y ni siquiera parecen
empezar a declinar. Pero donde creemos que las
cifras son menos optimistas es en relación con los
esfuerzos relacionados con las llamadas del
servicio de inteligencia.
Sabemos también de datos que se muestran
públicamente a través de bien diseñadas gráficas,
en las que se indica que en algunos rubros se
registran ciertos descensos en la criminalidad,
aunque se admite el crecimiento de otros. Y la
verdad es que las cifras optimistas no son creíbles
pues, por una parte, estamos conscientes de que
muchas víctimas o afectados por la delincuencia
desisten de presentar una denuncia. Unos por
desencanto, dado el alto grado de impunidad
existente, pues frente a miles de denuncias en el
Ministerio Público, un porcentaje bajísimo de las
denuncias se hace efectivo con aprehensión y cárcel
para los responsables de estas conductas ilícitas.
Otros, los más, desconfían de estas cifras porque
han padecido lacerantes realidades en algún momento
reciente, y si no lo han sufrido ellos en carne
propia, con toda seguridad sí han sido testigos del
problema entre sus familiares o amistades.
Tan solo al abrir ayer la edición vespertina de un
periódico, encontré que venían en primera plana las
notas de tres crímenes muy notorios, en realidad
espeluznantes, entre otros más que aparecían en
páginas interiores. Sentidas pérdidas de vidas, lo
mismo de una maestra o un ingeniero, que de un
síndico municipal. Todos, sacrificados con una
violencia extrema y, podríamos decir, demencial.
Esto, aunque es a todas luces inaceptable, se
refiere sólo a crímenes cometidos en un día (o
quizá en una tarde), aquí en nuestra ciudad
capital.
Pero si nos damos a la tarea de conjuntar las
piezas, tendremos por resultado un “rompecabezas
del mal” verdaderamente aterrador. Juntemos, si no,
las ejecuciones en las grandes ciudades, además de
otros asesinatos claramente derivados de la cruenta
guerra de los carteles, y agreguemos los robos en
la calle, las casas, las oficinas, en el propio
auto. ¿Y qué obtendremos? Una triste realidad, con
saldos impresionantes de muerte y destrucción.
También partimos del supuesto de que ahora se tiene
mayor coordinación entre la policía federal, las
estatales y las municipales. ¿Y…?, como solemos
preguntarnos cuando los problemas siguen y no se
resuelven, pese a la cantaleta de argumentaciones y
dizque avances conseguidos. Y si nos apuran a tomar
en cuenta sus cifras, yo les digo que nada más
habría que imaginar cómo estaríamos de no ser así.
En síntesis, toda una enfermedad social que está
urgida de mejores diagnósticos y tratamientos para,
ahora si, lograr cambios cualitativos que, desde
luego, deberán reflejarse, ya, en lo cuantitativo y
lo cualitativo.
Dad de comer al…
Martha Chapa
30 de Mayo de 2008
Un
fantasma que recorría el país en los últimos meses
se fue haciendo real y se concretó en una crisis
anunciada: la carestía de alimentos.
De hecho, conforme transcurrió el primer año de
gobierno del presidente Calderón se fueron
registrando aumentos en los productos básicos,
incluso en nuestro alimento esencial, la tortilla,
lo que dio lugar a serios cuestionamientos de
diversos sectores.
Justo es reconocer que estas alzas no son
atribuibles del todo a la administración actual,
pues el problema viene de muchos años atrás,
producto de una acumulación de errores y omisiones
de gobiernos pasados –priistas y panistas– que no
respaldaron la producción nacional, y peor aún,
menospreciaron y vituperaron la autosuficiencia
alimentaria, con el consiguiente crecimiento de las
importaciones, sobre todo en lo que a granos
básicos se refiere.
Y si a esto agregamos el encarecimiento de los
productos agrícolas y el ascenso histórico del
precio del barril del petróleo, que ha rebasado ya
el tope de los 200 dólares y continúa sin freno,
pues no se requería mucha imaginación para
pronosticar el agravamiento de la crisis mundial
que, al parecer, llegó para quedarse.
No olvidemos, además, el anuncio del presidente
Bush, apenas a principios de este año, en el que
admitió que se avecinaba un desplome recesivo de la
economía estadounidense, que obviamente desborda
las fronteras de ese país y repercute con creces en
el ámbito internacional.
Así, en nuestros días la situación se percibe
amenazante, pues los precios siguen subiendo
mientras los salarios están rezagados desde hace ya
muchos años y cada día pierden un poco más de su
escaso poder adquisitivo. Las consecuencias son
obvias y muy negativas para la mayoría de la
población, en especial la más empobrecida.
Por fortuna, para paliar, aunque sea un poco, esta
situación, hace unos días el gobierno por fin
reaccionó y se manifestó sensible ante esta cruda
realidad, con el anuncio de una serie de medidas
para prevenir males mayores y contrarrestar los
efectos de la crisis alimentaria mundial.
Las acciones que dio a conocer el presidente
Calderón en su mensaje a la nación comprenden
básicamente la eliminación o reducción de aranceles
a la importación de granos básicos y fertilizantes,
y la contención de algunos precios, en particular
de la tortilla y el bolillo.
A esto se suma la decisión de ofrecer productos a
precios bajos a través de los sistemas de abasto
gubernamental, como Diconsa o Liconsa, así como
aumentar la ayuda económica a la población más
marginada.
Otro hecho determinante, que a su vez le da un
carácter integral –y diría que hasta psicológico– a
las medidas gubernamentales, es justamente la
decisión de detener cualquier incremento de precios
a las gasolinas, el diesel y el gas LP, pues bien
se sabe que cualquier alza en este rubro se refleja
de inmediato en todos los demás.
Ni hablar, honor a quien honor merece: hay que
reconocer cuando se toman decisiones benéficas como
éstas, más allá de siglas y preferencias políticas,
aunque no faltan algunos empresarios o líderes
vinculados al sector del campo prestos a criticar
cualquier medida de política social, aferrados a
sus cortos y muy personales intereses.
Se reaccionó a tiempo, es cierto, pero necesitamos
ir por más, hacia esa sociedad próspera y justa en
la que todavía soñamos y confiamos en que ha de
llegar, pues de lo contrario no habrá un futuro
digno para nosotros ni para nuestros hijos, ni
siquiera para las próximas generaciones.
Pemex y más de lo mismo
Martha Chapa
23 de Mayo de 2008
Las
consultas con motivo de la reforma energética
dieron inicio la semana pasada en el Senado de la
República y los primeros debates mostraron ya las
diferencias básicas entre dos tendencias opuestas.
De hecho, los ponentes antes de intervenir se
alistan a favor o en contra de la participación
privada en Petróleos Mexicanos (Pemex), con todos
los matices que se quiera, pero siempre con el
propósito de exponer sus puntos de vista y llegar a
influir en las próximas discusiones del
Legislativo, que deberá tomar la decisión sobre
este espinoso asunto en el próximo periodo de
sesiones.
Así, quienes abrieron la sesión inicial responden a
intereses o posiciones políticas tan evidentes que
son predecibles para nosotros, quienes conformamos
la ciudadanía.
Una consulta que, sabemos, ya se pensaba realizar,
aunque no con la duración y amplitud que ahora
tendrá, características que se extendieron al
parecer debido a que el Frente Amplio Progresista
(FAP) tomó las tribunas del Senado y la Cámara de
Diputados para tratar de hacer valer su exigencia
de un debate más amplio. El método resultó eficaz,
aunque hay quienes pensamos que quizá no era
necesaria esa medida extrema, que además niega la
capacidad política y negociadora de ese Frente, que
pagó y pagará una factura muy cara ante el
electorado. El caso es que a fin de cuentas se está
llevando a cabo la “pasarela opinativa”, con
diferencias mínimas que, como decíamos, “no alteran
el producto”.
En fin, hasta ahora parece más un falso debate en
la tónica del “todo o nada”, que poco aporta y
escasamente enriquece la visión futura del manejo
de nuestros energéticos. En síntesis, estamos ante
dos posturas encontradas: los que mantienen una
posición autoritaria y estatista, frente a los
neoliberales a ultranza que a toda costa desean que
el país sea en los hechos como una empresa
administrada por un presidente-gerente.
Así, la mitad de los ponentes se pronunciaron
porque la investigación, perforación y extracción
en Pemex siga estando a cargo del Estado, aunque
bien sabemos que bajo ciertas modalidades ya se
viene aceptando participación privada con diversas
empresas y en algunos rubros.
Por lo que toca a la otra mitad –o sea, los
impulsores de los cambios–, sus exposiciones han
ido desde cuestiones meramente administrativas
hasta la cogestión, pasando por la carga sindical.
Desde luego, en cada bando hay moderados y ultras.
Por un lado, hubo quien pidió que el presidente
Calderón de plano retirara su proyecto de ley. En
el otro polo, la propuesta es cambiar para
privatizar a Pemex –aunque no lo digan con esas
palabras– y dejar al Estado como simple árbitro y
vigilante del cumplimiento de los convenios, o sea,
como mero comparsa.
Pensamos que entre esas dos posiciones existe una
que se irá consolidando conforme avancen las
participaciones, sobre todo las de los técnicos,
que es a quienes hay que atender y escuchar, por
encima de los dizque políticos e intelectuales que
a veces ofrecen más
rollo que
argumentos.
Pero de que Pemex necesita cambios a fondo y con
urgencia, no hay duda, y menos cuestionable aún es
nuestra obligación de apoyar cualquier modificación
que permita mejorar a esta empresa sustancial para
el país.
Veremos, pues, al final, en qué medida estas
maratónicas sesiones llegan a tener influencia en
la reflexión y la toma de postura de los
legisladores, pero de antemano somos escépticos y
seguimos creyendo que no variarán esencialmente las
posiciones de PAN, PRI y FAP.
Eso sí, lo que el Legislativo resuelva en ese
ámbito deberemos aceptarlo más allá de las
posiciones particulares, porque no sólo se trata de
Pemex sino también, una vez más, de la democracia.
Más kilos de enfermedad
Martha Chapa
16 de mayo de 2008
El
problema, que ya era grave desde hace varios años,
sigue creciendo, y los pronósticos no son nada
alentadores: la diabetes continúa ganando terreno
en nuestro país a gran velocidad.
Se trata de un padecimiento que cobra más y más
víctimas en todo el mundo y que ya afecta a
millones de mexicanos, al grado que representa
cantidades exorbitantes en recursos y presupuesto
del sector salud, además de los perjuicios que se
registran en la actividad productiva y el propio
gasto de quienes se ven obligados a pagar su
tratamiento médico. Y qué decir del deterioro
físico y el sufrimiento de los diabéticos que no
atienden a tiempo y de manera adecuada su
enfermedad.
Y no es para menos, pues de acuerdo con cifras
proporcionadas por la Secretaría de Salud, en
México más de 70 mil decesos al año son imputables
a la diabetes o las complicaciones derivadas de
ésta, lo que corresponde a cerca de 14% del total
de muertes anuales en el país.
Debemos tomar en cuenta que la mayor prevalencia de
diabetes mellitus está directamente relacionada con
el impresionante incremento de sobrepeso y obesidad
en México. Basta con prestar atención a nuestro
entorno para ver personas de todas las edades
pasaditas de kilos, es decir, con algún grado de
obesidad. Y si esa percepción directa no bastara,
tenemos los datos de la Encuesta Nacional de Salud
y Nutrición 2006, que nos revela que ¡más de 70 por
ciento! de las mujeres con edades entre 18 y 49
años en nuestro país sufren sobrepeso u obesidad.
Los varones no se quedan muy atrás, con 66.7% en
los mismos intervalos de edad.
Son muchos los factores que inciden en este
padecimiento, que representa ya la primera causa de
mortalidad en el país.
Por una parte, la pésima alimentación de muchos
mexicanos, con exceso de harinas, grasas y
azúcares, a grado tal que ya el propio gobierno
federal convocó recientemente una alianza con
empresas del ramo alimentario a fin de valorar el
problema y fijar nuevas alternativas de producción
y oferta de productos más saludables o, si se
quiere, menos dañinos.
Ahí están enlistadas, ya se imaginarán, las
compañías refresqueras, las panificadoras, las de
dulces, las que producen botanas y otras tantas que
contribuyen al incremento de la obesidad entre
chicos y grandes.
Y si a eso añadimos que carecemos del hábito de
realizar actividad física, se comprende por qué
este problema de salud crece sin cesar. Esta
tendencia hacia la inactividad se observa
claramente en los niños de hoy, en comparación con
los de otras generaciones. Antaño, los pequeños no
querían permanecer en la casa, buscaban cualquier
oportunidad para salirse a correr y jugar; los
niños de ahora, en cambio, son en extremo
sedentarios, pasan muchas más horas sentados ante
la televisión o los videojuegos, en parte gracias a
los avances de la tecnología pero también porque ya
no pueden sin salir a la calle a jugar debido a la
inseguridad pública prevaleciente.
Por esas y otras razones, las enfermedades
crónico-degenerativas están ganando terreno en todo
el mundo, incluido nuestro país. Apenas en los años
más recientes se empezaron a desarrollar campañas
masivas de comunicación que si bien alertan sobre
estos males, no han tenido un efecto determinante
en su abatimiento.
Se afirma que la población con diabetes en México
podría oscilar entre los 6.5 y los 10 millones y
que una gran proporción de esa cifra corresponde a
diabéticos que no saben que padecen ese mal, pues
aún no han sido diagnosticados. México está entre
los diez países con más diabéticos en el mundo; en
1995 ocupaba el noveno lugar, pero se prevé que
para el año 2025 haya ascendido al séptimo lugar,
pues también uno de los países que registran
mayores índices de crecimiento de la enfermedad.
Desde luego, toda medida ayuda y genera una mayor
conciencia, pero es imprescindible y urgente
avanzar en la información y educación en todos los
ámbitos, segmentos y edades de la población
mexicana. La prevención es la clave, porque si bien
son conocidos algunos signos de la enfermedad
–deseos frecuentes de orinar, sed, vista borrosa,
cansancio injustificado, calambres–, lo cierto es
que éstos pueden ser síntomas de otros
padecimientos y, sobre todo, que la diabetes es de
esas enfermedades silenciosas que pueden avanzar de
manera lenta y sigilosa sin que se les
diagnostique, hasta que ya han causado daños
irreversibles.
Por eso, lo importante es aminorar los factores de
riesgo, disminuir el consumo de azúcares y harinas
refinadas, así como el de grasas saturadas y, de
manera muy especial, combatir el sedentarismo y la
obesidad; es decir, promover la actividad física
cotidiana.
Así que maestros y padres de familia, junto con
sindicatos, universidades y organizaciones,
sociales y privadas, sin excepción, tendrían que
conjuntar esfuerzos y medios propios en una gran
cruzada nacional.
Diríamos no sólo que ya llegó la hora de poner
manos a la obra, sino que estamos rezagados en esa
tarea. En todo caso, hay que recuperar el trecho
perdido y avanzar con mayor prisa para atender esta
prioridad nacional.
El inmenso Monsiváis
Martha Chapa
9 de mayo de 2008
Ha cumplido setenta años y lo
festejamos con gran entusiasmo, pero más aún
celebramos su trabajo, sus ideas, sus testimonios,
su obra importante y diversa, que lo mismo se
inscribe en la crónica que en el ensayo. Siempre
ingenioso e irónico y con un indispensable tono de
humor que nos arranca a la vez sonrisas y
reflexiones.
Con esos rasgos es fácil advertir que se trata de
un mexicano destacado, muy querido y querible por
todos nosotros. Claro, me refiero a Carlos
Monsiváis, quien en estos días es motivo de
festejos por cumplir siete décadas de vida, lo
cual, según él, ya no le da ni tiempo de mirar
atrás y detenerse en todo que ha pasado.
Pero, como ya decíamos, es ocasión de tener
presentes sus libros, sus vivencias, sus
convicciones y todo aquello que lo define mejor o
de modo más integral.
Desde su niñez lo marcan dos realidades: la lectura
y la conciencia de ser parte de una minoría desde
que se le empezó a considerar “niño catedrático”,
cuando ya comprobaba que sabía más de la Biblia que
los feligreses adultos. Al fin y al cabo, devorador
de libros desde sus primeros años.
Y para ahondar esa condición marginal vino a
sumarse el hecho de formar parte de la iglesia
protestante en un país abrumadoramente católico, o
que por lo menos lo era en aquellos años cuarenta.
Muy joven escribiría exitosamente, en 1966, su
autobiografía. Y a partir de ahí, libro tras libro
bajo el sello editorial del éxito.
Pero empecemos por mencionar su famosa
columna Por mi
madre bohemios, que lleva décadas arrancando
sonrisas y despertando conciencias, gracias a su
aparición en diversas publicaciones del país, donde
se compilan fallidas y muy risibles declaraciones
de políticos, empresarios, representantes de la
iglesia y otros personajes de la vida pública, en
las que Monsi bromea sarcástico por tanta
ignorancia o pone en evidencia la visión tan
limitada del mundo que muestran los declarantes y
exhibe la demagogia de las élites que gobiernan al
país.
Entre sus libros, que ya conforman
una esencial biblioteca que debemos leer y
consultar, destacan Días de guardar (1971), Amor
perdido (1977), Nuevo catecismo para indios remisos
(1982), Historias para temblar: 19 de septiembre de
1985 (1988), Escenas de pudor y liviandad (1988),
Los rituales del caos (1995), Salvador Novo. Lo
marginal en el centro (2000) y Aires de familia.
Cultura y sociedad en América Latina (2000).
Son múltiples los galardones que ha recibido y que
hacen las veces de luces del pastel. Entre ellos se
cuentan el Premio Nacional de Periodismo, el Premio
Mazatlán, el
Premio Anagrama de Ensayo, el Premio Nacional
de Ciencias y Artes en la rama de Lingüística y
Literatura, y el Premio FIL de Guadalajara. A esta
la lista que, por supuesto, es mucho más extensa,
se acaba de sumar el Doctorado Honoris “Causas
Perdidas” que le otorgó, en una ceremonia por demás
antisolemne, la Universidad Autónoma de la Ciudad
de México.
Imposible dejar de comentar que
este escritor insustituible, nacido en la ciudad de
México el 4 de mayo de 1938, ha sido un militante
ejemplar de causas sociales, y lo digo porque nunca
lo han cegado el fanatismo, la parcialidad y la
evasión.
Ni duda cabe que Monsiváis se inscribe en la
corriente de la izquierda, pero ha sabido marcar
con realismo y ecuanimidad lúcida las omisiones y
desviaciones frente a la búsqueda de las utopías.
Ha tenido, por ejemplo, la capacidad de cuestionar
el desvarío totalitario de Fidel Castro, el exceso
populista de Hugo Chávez o la equivocada decisión
de Andrés Manuel López Obrador al bloquear el Paseo
de la Reforma, justamente en la ciudad que le fue
tan afín políticamente.
Un personaje representativo de su generación y de
varias subsecuentes, que si bien piensa y escribe
en el ámbito de la política y la literatura, en sus
años mozos también se adentró en el rock, aunque en
el papel de compositor no le fuera tan bien que
dijéramos, como él lo confiesa, con el grupo de Los
Tepletatles, en el que participaron también Chava
Flores, Alfonso Arau y José Luis Cuevas.
A este hombre, que inicia su octava década de vida
–lo que debe ser motivo de júbilo, más allá de
terceras edades y anexas– lo conocí en la
exposición de un colega en los años setenta, y
desde entonces me sorprendió el esmero que ponía en
su observación de las obras. De ahí en adelante los
encuentros fueron mas frecuentes, ya en
presentaciones de libros, ya en casa de amistades
comunes. También lo llegué a encontrar en los
talleres de reconocidos artesanos en pueblitos
remotos, donde pude presenciar su amor y respeto
por la obra de nuestros sabios artistas, lo que
siempre me ha maravillado. En fin, que siempre me
he sentido amistosamente cerca de él, como lo están
muchos, muchísimos de los que lo admiran y
respetan, y cada vez encuentro nuevos motivos para
alimentar estos sentimientos.
En estos días de festejos no lo obligaremos a
apagar setenta velitas, no porque se trate de una
expresión cursi, en la que hasta nos podríamos
identificar, sino porque hay que esperar a que sean
más, muchas más, sin ponerles número. Eso sí, le
deseamos que sean decenas más los años que cumpla y
que tenga carretadas de felicidad y se encuentre
con montones de sueños cumplidos. Deseamos también,
por su bien y el nuestro, que siga siendo el
cronista mordaz, el alma crítica tan necesaria para
nuestra ciudad y para el país entero.
Juntos a favor de la niñez
Martha Chapa
2 de mayo de 2008
Trabajar en pro de la niñez en programas
trascendentes junto con otros mexicanos
comprometidos, constituye una experiencia
inigualable. Es la manera adecuada de proceder
cuando optamos por poner nuestra actividad al
servicio de proyectos humanitarios. Una herramienta
o palanca social que echa a andar voluntades y
recursos en su conjunto, cuyo motor es la
solidaridad, hermanada con la convicción de que
tenemos una obligación con las nuevas generaciones.
Son éstas las razones por las que acepté montar una
exposición de mi obra dirigida a los niños en el
Hospital Infantil de Tlaxcala, pues anhelo que mi
trabajo represente un estímulo para nuestros
pequeños, que son la parte más sensible, demandante
y esperanzadora de nuestra sociedad. Por eso
nuestra labor es proporcionarles algo que resulta
muy sencillo y a la vez indispensable: comprensión,
apoyo y alegría.
¿Cuánto esperan los niños de
nosotros? Sin lugar a dudas, los pequeños aguardan
todo, absolutamente todo, razón por la cual tenemos
juntos una enorme responsabilidad, a la vez que una
gran oportunidad de colaborar en esa gran misión
social.
Todos
fuimos niños y sabemos lo que eso significa.
Quienes tuvimos la fortuna de contar con padres que
nos guiaron por el camino de la vida y el amor, y
que nos enseñaron a valorar y compartir lo que
teníamos, estamos obligados a transmitir ese amor y
ese compromiso. Por eso, desde muy joven me hice
una promesa que procuro cumplir a diario: pugnar
por el bienestar de las niñas y los niños. Los
invito a que lo hagamos todos, por ejemplo, a
través de las instituciones que ofrecen salud,
vida, esperanza.
Y si bien a lo largo del año debemos tenemos
presente a la niñez en toda su dimensión –es decir,
como un sector fundamental de la población, con
enormes retos y problemas–, con motivo del 30 de
abril, cuando el calendario mexicano marca el Día
del niño (y de la niña), con más razón nos
detenemos para ahondar en la situación actual de la
infancia.
Es importante, sin embargo, que al hablar de los
niños no pensemos en ellos sólo como el futuro de
la nación. Por supuesto que lo son, pero además
constituyen un presente que debemos mirar y
atender. Por eso, más que referirnos al mañana,
debemos ubicar el tema en nuestros días.
Ahí está la situación de millones de niñas y niños
mexicanos. Es cierto que en su mayor parte
estudian, gracias a un gran esfuerzo e inversión
gubernamental. Sin embargo, no pueden ni deben
soslayarse otros indicadores en extremo
preocupantes. Incluso si nos referimos al rubro de
la educación, donde hemos logrado avances
importantes, habría que aceptar también situaciones
adversas, como la deserción escolar –en especial de
las niñas– o el analfabetismo que todavía subsiste
en algunas zonas. Y no podemos olvidar los
lacerantes fenómenos de abuso infantil derivados de
la globalización, llámese prostitución de menores,
pederastia o explotación laboral.
Así, por lo general los logros se entrelazan con
rezagos, deficiencias u omisiones, además de que
nuestro país arrastra pesadas cargas históricas que
nos han heredado negligencia y fracasos o
simplemente han condicionado el lento ritmo
inherente a un país en vías de desarrollo.
Por eso, debemos replantearnos con una visión
integral el caso de los niños y niñas del siglo
XXI, que requieren y demandan una serie de
satisfactores para apoyar su más pleno
desenvolvimiento humano y social.
Aquí caben, desde luego, en primer lugar, las
necesidades básicas para lograr una buena calidad
de vida, como la alimentación y la nutrición, o la
salud, lo que implica desde realizar campañas
preventivas hasta garantizar la atención médica.
Sabemos que el gobierno federal y los regímenes
estatales canalizan cuantiosos recursos para tratar
de atender estas cuestiones. En este sentido,
quiero compartir lo que atestigüé en mi reciente
visita a Tlaxcala. Mi exposición se montó en el
vestíbulo del mencionado Hospital Infantil de
Tlaxcala, como parte de las actividades para
celebrar el 30 de abril, fecha justa en la que el
nosocomio cumplía su primer aniversario. En ese
primer año tuvo importantes logros en su objetivo
de brindar a los niños servicios gratuitos y
resolver casos de extrema gravedad. A la fecha, nos
informaron, se han registrado miles de acciones de
prevención, entre consultas e intervenciones
quirúrgicas.
Adicionalmente ha tenido avances significativos en
la creación de espacios laborales para médicos,
enfermeras y nutriólogos formados en las aulas de
la propia Universidad Autónoma de Tlaxcala, además
del enriquecimiento de los recursos humanos
especializados en las distintas ramas de la
medicina pediátrica. Una obra exitosa, impulsada
por el actual gobierno de Héctor Ortiz Ortiz.
En fin, que la celebración del último día de abril
nos convoca a todos y a todas. No está de más
recordar que la decisión de festejar a los niños un
día del año se tomó hace casi 50 años, en 1959,
cuando la Asamblea General de Naciones Unidas
acordó la Declaración de los Derechos de los
Infantes y propuso que se creara un día de
conmemoración en todo el mundo para reafirmar
universalmente los derechos de los pequeños. Desde
entonces, cada país cuenta con un día especial para
festejar a los niños y recordar la necesidad de
procurar su bienestar. Los organismos
internacionales han elegido el 20 de noviembre como
Día universal del niño, pero varios países han
seleccionado diferentes fechas. Como nosotros, que
tradicionalmente festejamos a nuestros pequeños el
30 de abril.
Fechas aparte, lo importante es que más allá de
festejos comerciales nos demos la oportunidad de
pensar en el desarrollo de nuestra infancia y en
las opciones para garantizarle mejores condiciones
de vida. Por eso, la construcción de una escuela o
los buenos reportes del funcionamiento de un
hospital, como el caso que les platico, son b