Escritor y Luchador

En un país como el nuestro, con bajos índices de lectura, muchas veces nos acercamos a la obra de un escritor y e incluso tomamos nota de su existencia gracias al cine.

Ahora, de nueva cuenta tengo presente ese fenómeno de comunicación debido al lamentable deceso del escritor egipcio Naguib Mahfuz.

De hecho, este autor se dio a conocer principalmente en nuestra tierra en 1988, cuando obtuvo el Premio Nobel de Literatura, pero su presencia vino a reforzarse con dos películas mexicanas que se basaron en sus libros: Principio y Fin, de Arturo Ripstein, con guión de Paz Alicia Garcíadiego, y El callejón de los milagros, de Jorge Fons, con guión de Vicente Leñero, producidas en 1993 y 1995, respectivamente.

Sin duda, en ambos filmes se refleja la riqueza de las historias y personajes creados por Mahfuz y, hay que reconocerlo, también se trasluce esa especie de síndrome de escepticismo y desencanto respecto a la naturaleza humana que tanto aparece en hombres y mujeres de letras, sobre todo en la parte final de su vida.

Naguib Mahfuz es el único escritor egipcio que ha obtenido el Nobel de Literatura, galardón que le fue otorgado, a decir del propio jurado, por haber logrado elaborar un arte novelístico árabe con validez universal. Entre sus obras destacan -además de las dos llevadas a la pantalla grande- las novelas que componen la llamada trilogía de El Cairo: Entre dos palacios (1956), La azucarera (1956) y Palacio del deseo (1957), así como Chicos de Gebelawi (1959), El Ladrón y los perros (1961) y Miramar (1967). Los hijos de nuestro barrio, publicada por entregas en un diario egipcio en 1959, le valió tanto el reconocimiento mundial como la sentencia a muerte decretada por el líder islamista Abdel Rahman (hoy en prisión por el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York en 1993).

Su trabajo literario abarca también el relato, la novela histórica y artículos periodísticos. Además, se reconoce su aportación como filósofo e historiador, especialista en literatura medieval y arábiga, y se le considera el mayor cronista de su tierra natal, tan deslumbrante en su cultura pero sellada por la pobreza.

A través de sus páginas se reafirma su compromiso con la paz, la libertad, la justicia y la democracia, posición que en este mundo absurdo generó rencores y franco odio de grupos fundamentalistas del Islam. Cabe recordar que Mahfuz otorgó su firme apoyo al tratado de paz entre Egipto e Israel en 1979 y por ello fue incluido en las listas negras de varios países árabes. De hecho, en 1994 un integrista islámico intentó asesinarlo y le infligió heridas en el cuello que le provocaron graves daños en la visión y la audición, además de parálisis del brazo derecho; jamás logró recuperar la salud por completo después de tal atentado.

Así que este talentoso escritor debe ser apreciado por su maravillosa obra, pero también como un luchador y defensor de los derechos humanos.

De modo que extiendo mi invitación a que, además de ver buen cine, leamos más, sobre todo buena literatura, por lo pronto la creada por el gran Naguib Mahfuz.
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¿Tambores de Guerra?

Cuando leí, hace ya muchos años, El tambor de hojalata, de Günter Grass, nunca imaginé que en su vida existiera un antecedente o registro ligado al régimen del nazismo. Era en verdad difícil suponer que quien proclama en sus libros la libertad humana, la justicia y la democracia, pudiera haber tenido un nexo, así fuera efímero, con un régimen cuya filosofía e ideología se sustentan en el autoritarismo, la discriminación, la violencia y la guerra.

Aún más, en la dimensión humana hasta pueden ser explicables los errores que llegan a cometerse en la vida, sobre todo durante la adolescencia. Es el caso del escritor alemán que, ahora se sabe, a los 17 años formó parte durante unos meses de la Waffen-SS, cuerpo de combate de las SS nazis.

Pero independientemente de la condición humana, lo criticable es que Grass guardara esa información en lo mas recóndito de sus secretos durante casi medio siglo, lo cual hasta parecería una torpeza, pues si asuntos de menor relevancia llegan a trascender al gran público a través de los medios de comunicación, ¿qué se podía esperar de los capítulos de una biografía tan notoria?

Entre los muchos textos que se han escrito recientemente sobre este asunto, algunos han tratado de explicar los motivos de Grass, quién, dicen, actuó así debido a que tal episodio le resultaba vergonzoso y le traía terribles recuerdos y un profundo arrepentimiento.

En todo caso, si aceptáramos esa motivación, eso no justifica el ocultamiento, porque el escritor bien pudo haber cambiado el remordimiento por la honestidad, lo que lo habría llevado a dar a conocer esa etapa de su vida desde hace mucho tiempo. Tan es así que, como dicen en la psiquiatría moderna, siempre será mejor compartir con los demás las culpas del alma para su catarsis salvadora.

De haber procedido de esa manera, su grandeza humana hubiera ido aparejada a la de su carrera literaria, porque su desliz, aunque reprochable, se habría compensado con creces ya a tiempo. Por ello, no se trata tampoco de linchar ni reprobar para siempre, por lo que cabe el perdón.

Eso sí, nadie le quita su valía en las letras contemporáneas a quien llegó a ganar el Nobel de Literatura en 1999.

Seguramente se seguirá leyendo y disfrutando su obra, pero no faltarán sombras que atraviesen por alguna página y que distraigan las mentes de aquellos lectores que esperan o a veces exigen como un valor indispensable el binomio del talento y la rectitud.
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