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Pero por cultura nos referiremos en esta ocasión al conjunto más amplio de las diferentes expresiones artísticas, así como a las manifestaciones de la cultura popular. De la crisis en ese ámbito es que nos ocupamos ahora.
Así, por citar un par de ejemplos, la literatura o el teatro se ven ante una encrucijada: hay libros, se editan muchos cada año, existen incluso tirajes cuantiosos en ciertos casos, opciones múltiples en cuanto a su temática, pero la triste realidad es que no se venden y, peor aún, que en México no se lee. Por desgracia, fuera de un segmento limitado, un pequeño porcentaje de amantes de las letras, la mayoría de la población prefiere encender el televisor antes de enfrentarse al esfuerzo y al placer de la lectura. Igual ocurre con el teatro, pues si nos asomamos a la cartelera cultural, veremos que hay en escena un amplio abanico de obras, ya sea las montadas por empresarios o las que gozan de patrocinio gubernamental, pero casi todas están prácticamente desiertas de público.
No dudamos que en uno y otro caso el factor puede ser de carácter económico, por lo que habría que diseñar un mecanismo diferente con precios más bajos, al alcance de las mayorías. Pero el problema es más complejo.
Tan sólo en estos dos ámbitos afloran cuestiones que debieran reorientar las políticas culturales, como podrían ser, entre otras, la formación de audiencias; es decir, fomentar el gusto de ciudadanas y ciudadanos para que se interesen por estas expresiones del arte y la cultura y asistan lo mismo a una exposición de pintura que a una obra de teatro, a museos, cine-clubes, conferencias o presentaciones de libros y, desde luego, incrementar el fomento de la lectura y el ejercicio mismo de la cultura en sus más diversas expresiones.
¿Cómo lograrlo? Sin duda a partir de la educación y la enseñanza desde la niñez y a lo largo de la adolescencia, por lo que otra política cultural definitiva sería entreverar como un todo la vertiente educativa con la cultural.
Pero no sería el aula el único medio para ampliar los efectos positivos de la educación formal y el acceso a la creación o al disfrute de los bienes y servicios culturales. Quiero hacer énfasis en la importancia de integrar en esta labor al hogar, a la familia como vehículo esencial para transmitir la cultura como un proceso continuo y estimulante para la salud personal y de la sociedad misma. Una comunicación de padres a hijos que complemente, por un lado, los contenidos de la escuela, y por otro encauce el consumo cultural.
Otro factor indispensable son los medios de comunicación, en especial la televisión, que ha probado ser un eficaz instrumento para la formación y reforzamiento de actitudes y hábitos, de manera muy particular en los niños y los adolescentes.
Por desgracia, la televisión comercial en México, y en general en el mundo, salvo contadas y muy loables excepciones, es deleznable, además de que se sitúa muy por debajo de su responsabilidad social e histórica. Hasta ahora, tiende más a la promoción de conductas negativas en todos los campos, como el consumismo, la mala alimentación, el arribismo, las aspiraciones puramente materiales y, todavía peor, el individualismo egoísta y falaz, la superficialidad y el vacio intelectual en lugar del aprendizaje solidario o la adquisición de conocimientos, trátese de la historia, la geografía o la literatura del país, o los aspectos prácticos de la vida diaria, como la salud, la alimentación y la actividad física.
Podemos concluir, entonces, que urge un replanteamiento de las políticas culturales –considerando además la actual coyuntura de crisis–, que debería tomar como punto de partida una trilogía básica para el cambio: escuela, familia y medios de comunicación.
e mail: enlachapa@prodigy,net.mx www.marthachapa.net
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