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Dalai Lama, aquí y ahora PDF Imprimir E-mail
Sábado, 17 de Septiembre de 2011 16:08

En cuanto a los asuntos propios de la política, no dejó de sorprendernos la reunión privada que se dio, fuera del programa oficial, entre el presidente Felipe Calderón y el guía espiritual de millones de tibetanos y de personas en diferentes países y regiones del mundo. Fue notoria tanto la protesta del gobierno de China, que acusó al gobierno mexicano de realizar una “grosera intervención” en asuntos internos de aquella nación, como la ambigüedad de nuestra política exterior, no obstante que se respaldó oficialmente la soberanía de la República Popular China sobre la región autónoma del Tíbet, sin aludir a que se ha aplastado su cultura y se han conculcado la libertad de expresión y los derechos humanos de los tibetanos.

La visita de su santidad rebasó con mucho los escollos que surgieron previamente a su estancia en nuestro país, pues tanto la presidencia de la Cámara de Diputados como el jefe de Gobierno del Distrito Federal rechazaron reunirse con él, lo cual es verdaderamente vergonzoso si consideramos que se trata de quien fue reconocido con el Premio Nobel de la Paz, promotor de la fraternidad entre todos los pueblos del mundo, además de un apóstol de la no violencia.

En cambio, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y su líder Elba Esther Gordillo favorecieron y hasta patrocinaron en buena medida la presencia entre nosotros del Dalai Lama, lo que en todo caso hizo posible ese mensaje ético y moral que trasciende objeciones, debates falsos e intereses mezquinos de grupúsculos tan cercanos a la politiquería y tan distantes de la política entendida como apertura, tolerancia y democracia.

En el orden social, sobresalen los mensajes del dirigente tibetano sobre la manera como la corrupción desintegra la vida comunitaria, o la pobreza que se traduce en enojo, desemboca en odio y se convierte luego en violencia. También nos señaló, con enorme valentía y honestidad, que esa violencia no se combate con la violencia misma. “Al atacar a un enemigo con violencia y derrotarlo, también nos estamos atacando a nosotros mismos”, afirmó.

Si aludimos, ya no al jefe de Estado del pueblo tibetano –pues el Dalai Lama Tenzin Gyatso renunció hace unos meses a todos los cargos políticos en el gobierno tibetano en el exilio–, sino al guía espiritual del budismo, veremos que es tan avanzada su posición que considera incluso la posibilidad de que en el futuro una mujer pueda asumir la identidad de Dalai Lama. Y, desde luego, hay que reconocer su sabio y generoso discurso ecuménico de respeto y reconocimiento a todas las religiones, que sin excepción le parecen benéficas para el ser humano.

Así, en el plano espiritual su presencia es profunda y alentadora cuando nos recuerda que el éxito y la búsqueda materialista, como la acumulación y los afanes por tener dinero, degradan al ser humano, lo aíslan de los demás. También nos hace reflexionar cuando expresa su prédica de abandonar el egocentrismo estéril.

La humanidad, por tanto, no puede ni debe sumirse en la brutal irracionalidad de guerra, muerte y desolación. Enseñanzas que como una cascada refrescante en estos tiempos tan difíciles de México deben germinar y multiplicarse, pues como él lo afirmó, los países no pueden ser mejores si cada mujer, cada hombre, no cambian en lo individual hacia esos valores genuinos del amor, la honestidad y la compasión, entendida esta, tal cual nos lo aclara él en sus libros, no como lástima, sino en términos de reconocer los derechos del otro, lo que se expresa en una de sus maravillosa frases: “Ver al otro, como me veo yo”.

Con una visita que, como las dos anteriores, representa toda una propuesta evolutiva, pacífica y gozosa, pues, fiel al budismo, el Dalai Lama nos propuso alejarnos del sufrimiento, los apegos o el odio, para encaminarnos por un sendero que nos conduzca al reencuentro luminoso con la humanidad entera.

 

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