| Una gran mesa universal |
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Pero hoy quiero referirme sobre todo a las reuniones que organizamos en nuestros propios hogares y, en ese sentido, afirmo que tanto la mesa como la sobremesa son dos instancias indisolubles, porque comer es convivir y convivir es conversar. De verdad disfruto cuando tengo visitas en casa. Mi gozo comienza desde el momento de pensar con quiénes quiero compartir la mesa, decidir el menú idóneo y elegir esos pequeños detalles que en su conjunto constituyen factores para la buena culminación de una reunión. No importa si se trata de un desayuno, una comida o una cena; siempre hay que poner el mismo cuidado y gusto para otorgar nuestro tiempo a aquellos que apreciamos, incluso si sólo les ofrecemos un café o un té porque las actividades y la brevedad del tiempo disponible así lo imponen. En cada caso resulta esencial adoptar una visión integral para lograr reuniones armónicas, al margen de quiénes o cuántos sean los invitados y de la hora de la cita. En esta tarea es muy importante la presentación de la mesa, a la que hay que dotar de toques especiales, mismos que siempre me propongo delinear de acuerdo con la ocasión, para cubrir, si no todos, aquellos aspectos principales que favorezcan un convivio entrañable, provechoso y feliz. Considero que lo importante es generar un buen clima de amistad y diálogo desde antes de la reunión hasta el momento en que los comensales se despidan y traspasen el umbral de nuestro hogar, que debe quedar abierto para otros encuentros fraternales. Por eso, a la hora de decidir a quiénes convocamos, es muy importante favorecer la armonía personal y social entre los invitados, sin menoscabo de la pluralidad que tanto nos enriquece. En un ambiente así, donde impere la concordia, la amistad, el respeto y la tolerancia, es más factible pensar juntos cómo nuestro país puede llegar a ser mejor, más justo y habitable. Para este tipo de reflexiones es muy apropiada la sobremesa. En fin, considero que debemos realizarnos y sentir felicidad tratando de dar a los demás lo mejor en el hogar propio, pues estoy convencida de que la solidaridad nos ayudará a salir adelante como personas y como país. Bien decía Pablo Neruda que ojalá algún día todos los hombres y mujeres del mundo nos sentemos y convivamos fraternalmente alrededor de la mesa universal.
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