| Un premio que sirve para mucho |
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El propio escritor peruano-español dijo que el Nobel constituye un reconocimiento a la literatura de lengua española. “Desde el principio he pensado que no me estaba premiando solamente a mí la Academia Sueca, sino que estaba premiando la lengua en la que escribo y la región de la que procedo”, afirmó pocas horas después de enterarse de la noticia. En los cuantos días que han transcurrido desde el anuncio, Vargas Llosa ha vuelto a ser tema de polémica; no por su obra literaria, cuya excelencia es casi incontrovertible, sino por sus valientes y honestas definiciones políticas e ideológicas. Y qué decir de sus atrevimientos, como aquel célebre episodio, cuando en un encuentro de intelectuales en nuestro país, hace ya dos décadas, sostuvo que México tenía la dictadura perfecta, en referencia a los sucesivos sexenios del Partido Revolucionario Institucional en el poder. O sus denuncias contra regímenes de América, Europa o Asia que suprimían las libertades y se mantenían alejados de la democracia. Me interesa destacar aquí un enfoque que hasta ahora no he visto reflejado en los espacios de opinión en los diferentes medios masivos de comunicación. Considero que es muy importante ver este premio en el contexto de un continente en el que varias naciones conmemoran 200 años de sus movimientos de independencia frente al sometimiento colonial. Y conste que no abogo por otra celebración ramplona o efectista, de las que ya hemos tenido suficientes. Me pronuncio en el sentido de que retomemos ese espíritu de antaño para ahondar más y mejor en el futuro inmediato: perfeccionar nuestras democracias, combatir la discriminación, reducir la pobreza imperante en el mundo, alcanzar los niveles de justicia social que hemos soñado y, en fin, labrar un mundo mejor. Acciones o decisiones que incluyen, desde luego, a la cultura. Por ejemplo, qué mejor oportunidad para seguir leyendo a Vargas Llosa e invitar a leerlo a quienes no lo conozcan y, sobre todo, contagiar a los jóvenes para que se acerquen a su obra. Digamos que son asignaturas vigentes, sin excepción. Ahí están La ciudad y los perros (1962), La casa verde (1966), Conversación en la catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977), La guerra del fin del mundo (1981), Historia de Mayta (1984), La fiesta del chivo (2000), Travesuras de la niña mala (2006), o cualquier otra de sus espléndidas novelas, que no tienen desperdicio. Para mayor regocijo de sus muchos lectores, dentro de unos días, a principios de noviembre, podremos disfrutar su nueva novela, El sueño del celta, que, se comenta, está a la altura de sus mejores obras. Pero también contamos con sus magníficos ensayos y artículos periodísticos, los de ayer y los de hoy, en favor de la educación, la tolerancia, las libertades y la democracia. Por eso, hay que visitar, cada vez que se nos presente la oportunidad, su ya célebre columna Piedra de Toque, que nos informa, nos deleita y nos pone a pensar. La invitación es, entonces, a leer, a reflexionar, a actuar como destino común de todos y todas quienes participamos y creemos en estos universos.
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