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Un mexicano ilustre PDF Imprimir E-mail
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Este hombre excepcional, nacido en 1926 en la ciudad de México, desde muy joven tuvo la vocación de explorar nuestras propias raíces. Su tío, el arqueólogo Manuel Gamio –iniciador de la antropología mexicana moderna– fue un apoyo y estímulo fundamental en su niñez, pues a su lado conoció Teotihuacan, Cuicuilco y otras zonas arqueológicas. Pero lo más interesante de su enseñanza era que no se trataba de conocer “ruinas”, como antaño se les llamaba, sino de abordar la investigación histórica con una visión humanista. Incluso, cuenta don Miguel que alguna vez su tío le advirtió: “está bien que te intereses por el indio muerto, pero también ocúpate del vivo”. Y así lo ha hecho desde entonces y hasta la fecha este brillante historiador, cronista, filósofo y literato.


Otro de sus grandes maestros fue don Ángel María Garibay, ilustre investigador y rescatador de la literatura náhuatl. Con ese par de mentores de lujo y su natural inquietud por conocer nuestros orígenes, León-Portilla tuvo el impulso para realizar una afanosa, profunda y sabia inmersión en nuestro pasado, que ahora conforma un riquísimo acervo.


Por supuesto, cada vez que escucho su nombre viene a mi mente de inmediato ese trabajo esencial que es La visión de los vencidos, editado por vez primera en 1959 y que se ha reeditado decenas de veces hasta convertirse, quizá, en el libro universitario más difundido, con traducciones al inglés, francés, italiano, sueco, hebreo, alemán, húngaro, catalán y portugués, además de que ha sido adaptado al sistema Braille para invidentes.


Acerca de esta obra, León Portilla comentó hace algunas semanas que su propósito al rescatar los escritos de nuestros ancestros derrotados en la Conquista no fue revivir filias ni fobias; por el contrario: “quise que nosotros tuviéramos una doble acta de nacimiento, por un lado tenemos las cartas de Cortés y la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo y, por el otro, los testimonios indígenas”.


Podríamos seguir valorando y admirando las enormes contribuciones a México de este doctor en Filosofía y Letras, investigador emérito de la Universidad Nacional, miembro de El Colegio Nacional, Premio Nacional de Ciencias y Artes 1981. Me detengo por el breve espacio de que disponemos usualmente en las tareas periodísticas, pero sobre todo porque quiero resaltar el tan merecido homenaje que hace unos días le ofreció la Universidad Autónoma Metropolitana al conferirle el doctorado Honoris Causa de esa casa de estudios.


Justamente, esa “Casa Abierta al Tiempo” debe su lema inconfundible al ingenio del propio León-Portilla, quien lo acuñó. Esta institución, donde se ha preparado ya a decenas de generaciones en las más disímbolas disciplinas de la ciencia y las humanidades, se vistió de gala a finales de julio pasado para recibir y halagar al historiador y profesor.


En su discurso de aceptación, frente a los rectores de la Universidad Autónoma Metropolitana y de la Universidad Nacional Autónoma de México, don Miguel León-Portilla hizo un firme llamado a que no se disminuyan los presupuestos de las instituciones públicas de educación superior y que, por el contrario, se les dote de mayores sustentos materiales, que complementen el valioso recurso que son sus docentes y alumnos. “Es necesario que esas instituciones tengan los recursos económicos necesarios para avanzar en su labor educativa y formativa”, afirmó.


Quiero rescatar y hacerme eco de la valiente y comprometida propuesta. Ese sí que sería un verdadero antídoto para la pobreza, la violencia y el atraso prevalecientes en el país. Porque a pesar de que ya recorrimos un tramo del tercer milenio, de que ya rebasamos hace rato los 500 años del encuentro de dos mundos; aun cuando estamos por conmemorar el bicentenario de nuestra Independencia nacional y el centenario de la Revolución mexicana, todavía hay muchas autoridades que no se dan cuenta de la relevancia que tienen las instituciones de educación superior en el progreso de una nación. No sólo eso, sino que aún hay quienes, desde su ignorancia, miopía y prepotencia, menosprecian y hasta buscan mermar a las universidades públicas.


Me sumo desde luego a éste y otros homenajes que se le rindan a un mexicano tan extraordinario como don Miguel León-Portilla y, sobre todo, apoyo su demanda. En ese sentido me he manifestado en distintos foros y espacios de opinión y lo seguiré haciendo cuantas veces sea necesario, convencida de que si aspiramos a ser una nación con futuro, no es posible seguir regateando la inversión de los recursos públicos en la educación.


Además, lanzo una propuesta: que se multipliquen las ediciones con tirajes masivos de la obra del maestro León-Portilla para que no haya un niño o un joven que deje de leer esa literatura esencial.


La respuesta está en manos de la Secretaría de Educación Pública y del gobierno mexicano en su conjunto.

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