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Además, su fuerza vital y alegría, no exenta de tragedia, ha sido motivo para que grandes escritores y hasta algunos filósofos, le dediquen cuentos, crónicas, poemas, ensayos y novelas.
En esa amplia franja artística se entremezclan lo mismo Goya y Picasso, que Hemingway y Alberti, por citar sólo algunos grandes ejemplos, entre muchos otros.
Estoy consciente, entonces, de que el llamado arte taurino implica la lucha entre el hombre y la bestia, a partir de lo cual se genera toda una interpretación de la belleza que parte de la inteligencia, la destreza y el valor humano, frente a la acometida furiosa del animal. Comencé a interesarme en este mundo porque a mi compañero Alejandro lo llevaron desde niño a las plazas de toros, donde se aficionó y se hizo un gran conocedor en materia taurina e incluso concluimos recientemente un libro sobre este tema, próximo a editarse, donde también participa el destacado historiador José N. Iturriaga.
En esos textos descubro o confirmo la creatividad que se produce a lo largo de una faena y sus clásicos tercios, sobre todo por lo que se refiere al capote y a la muleta, donde cada torero imprime por lo general su sello personal, o más aún, enriquece e inventa lances. Volvimos a adentrarnos en este mundo, el de la tauromaquia, apenas hace un par de días, cuando comentamos en torno a la muerte de Manuel Capetillo, toda una figura legendaria dentro y fuera del redondel.
Capetillo fue un gran torero, que daba muletazos con la mano derecha, inmensos, largos, que por lo general iban acompañados con estentóreos y cadenciosos ¡olé!
Por mi parte, aunque nunca lo vi torear, sí recuerdo su presencia en algunas películas, casi siempre interpretando personajes que enamoraban a la protagonista femenina en turno, por supuesto, con final feliz.
Desde luego, también lo oí cantar portando con galanura el traje de charro. Interpretaba canciones muy nuestras, preferentemente del género ranchero, aunque se sabe que llegó a componer e interpretar algunas de su propia inspiración. Por lo mismo, creo que junto a sus grandes éxitos en el toreo, tuvo satisfacciones al ver a sus hijos convertidos también en toreros, cantantes y actores.
Y cómo no registrar el dato de que fue integrante del afamado grupo “Los Tres Mosqueteros”, junto a otras dos grandes figuras del mundo taurino: Jesús Córdova y Rafael Rodriguez, igualmente conocido como El volcán de Aguascalientes.
Me animé a mencionar aquí a este tan legendario como vistoso, polémico y sin duda fascinante universo, porque ha marcado etapas, épocas y hasta siglos de la humanidad.
Y esta vez ocurre igual con el lamentable deceso de Manuel Capetillo, a los 83 años, que perteneció y aportó especialmente a esa cultura de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, la época de nuestros padres, pletórica de hechos y recuerdos de signo tanto positivo como negativo, pues así es la vida misma. En cualquier caso, años gozosos e inolvidables.
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