| Un infierno por todos tan temido |
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Un fenómeno tan enraizado, como es la delincuencia organizada de los traficantes de drogas, casi imposible de erradicar, conduce a que se vayan sucediendo de generación en generación los propios miembros de ese árbol genealógico del mal que se sembró y dejó crecer y multiplicar, sobre todo en tierras de nuestra frontera norte, aunque ya se extienden sus perjuicios por todo nuestro territorio. “Un infierno seco, desértico y sin llamas”, pero que igual condena y castiga indistintamente a los mortales que habitan en esas regiones. Me imagino una terrible hidra con tentáculos de los que casi nadie escapa, y peor aún, sin un héroe en turno tras del cual ampararse, ya no digamos algún poderoso dios del Olimpo. En la mitología griega, recordemos, Hidra era una serpiente de múltiples cabezas que al ser cortadas no sólo renacían sino que se duplicaban, lo que la convertía en un ser invencible. Sólo Heracles fue capaz de enfrentar al monstruo y aniquilar –a través de cortar y quemar una a una– todas sus cabezas. Si aplicáramos el ejemplo al fenómeno contemporáneo del llamado crimen organizado, podríamos decir que la hidra se sigue reproduciendo sin que nada ni nadie la detenga. Ese parece ser el crudo y muy eficaz mensaje de El infierno. Hay que destacar el buen trabajo de dirección a cargo de Luis Estrada, quien confirma una vez más su talento y oficio –ya demostrados en La ley de Herodes y Un mundo maravilloso, entre otras–, así como las convincentes actuaciones de Damián Alcázar, el Benny; Joaquín Cosío, el Cochiloco, y Ernesto Gómez Cruz, Reyes, todos merecedores de reconocimientos y, ojalá, diversos premios. También muy meritorias son las participaciones de Elizabeth Cervantes y María Rojo. Una propuesta valiente, veraz y oportuna que nos recuerda “no uno, sino varios infiernos” que han sentado sus reales en nuestra tierra y nos convocan no sólo a pensar sino a actuar con decisión y urgencia si no queremos que de verdad el averno se instale y extienda aquí sus dominios in sécula seculórum. Más nos vale apresurarnos, pues no vaya a ocurrir lo que se profetiza en aquel estupendo libro de Robert Graves, Dioses y héroes de la antigua Grecia, que nos habla del final del reinado de los salvadores y poderosos dioses del Olimpo y la imposibilidad, en consecuencia, de que vuelvan a realizar grandes proezas. Ya ni a esas deidades podremos encomendarnos frente a la evidente ineficiencia del combate contra el tráfico de drogas y de armas que constatamos y sufrimos día con día.
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