| Toda una Leona |
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Estas son las raíces, podríamos decir, de la fuerza de las mujeres de nuestra raza: la Malinche, Sor Juana, Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario. O en tiempos más cercanos, Carmen Serdán, las soldaderas, adelitas y valentinas. También María Izquierdo, Frida Kahlo y tantas otras mujeres que han sido mensajeras de una aspiración de mexicanidad con libertades y equidad de género. En esta ocasión quiero referirme a una mexicana ejemplar de la etapa independentista: Leona Vicario, mujer que marca nuestra historia. De hecho, considero que fue la primera periodista de nuestro país, independientemente de su activa participación en diversos frentes y actividades. María de la Soledad Leona Camila Vicario nació en la ciudad de México en 1789 y gracias a que pertenecía a una familia acomodada tuvo oportunidad de acceder a una formación cultural poco habitual para las mujeres de su época. A pesar de su origen familiar conservador, su sensibilidad, inteligencia y patriotismo la inclinaron hacia las causas independentistas. En el despacho de su tío y tutor –quien se había hecho cargo de ella cuando murieron sus padres–, Agustín Pomposo Fernández, conoció al joven abogado Andrés Quintana Roo. Con él compartió ideales, inquietudes sociales y aspiraciones por la libertad, afinidades que los condujeron a una relación amorosa y solidaria, que con el tiempo los llevaría al matrimonio, cuando ambos participaban ya en la lucha por la independencia. “El fuego de su amor se convirtió en hoguera de patriotismo”, escribió uno de sus biógrafos, Gamaliel Arenas. Leona Vicario destinó parte de la herencia que le habían dejado sus padres para favorecer la causa libertaria; además, para apoyar a los insurgentes les hacía llegar información estratégica desde la capital. “Ella, pues, alentaba con sus relaciones patrióticas a los jefes insurgentes, remitiéndoles proclamas contra el poder colonial, armas y recursos de su propio peculio y dándoles cuantas noticias importantes eran necesarias para ponerlos al corriente de cuanto pudiera interesarles, así como de muchos de los proyectos de los realistas, con lo que les evitó muchas sorpresas y derrotas…”, describe Arenas. Cuando los realistas descubrieron la actividad subversiva de Leona, uno de sus tíos, sumamente conservador, la encerró en el convento de Belén de las Mochas, de donde, sin embargo, fue rescatada por un grupo de independentistas. Un episodio menos difundido en su historia es aquel que señala que Lucas Alamán, jefe de la reacción conservadora, le escribió a Leona Vicario una carta injuriosa en la que sostenía que sus motivos para combatir no se originaban en su interés por la causa de la independencia, sino en su deseo de seguir a don Andrés Quintana Roo. Ella le contestó con talento, valentía y buenas razones: “... Mi objeto en querer desmentir la impostura de que mi patriotismo tuvo por origen el amor, no es otro que el justo deseo de que mi memoria no pase á mis nietos con la fea nota de haber sido yo una atronada que abandoné mi casa por seguir á un amante [...] Confiese V., sr. Alamán, que no sólo el amor es el móvil de las acciones de las mugeres; que ellas son capaces de todos los entusiasmos, y que los deseos de la gloria y de la libertad de la patria, no les son unos sentimientos extraños; antes bien suele obrar en ellas con más vigor, como que siempre los sacrificios de las mujeres, sea el que fuere el objeto ó causa por quien los hacen, son más desinteresados”. Como se lee en el texto anterior –del que hemos conservado la ortografía de la época–, Leona Vicario fue una luchadora romántica. Además, tuvo una vida intensa, hasta casi semejar un personaje de novela; baste recordar que cuando escapó del convento donde la tenían prisionera, huyó de la ciudad vestida con harapos y la cara pintada para simular que era de raza negra y así evitar que la reconocieran. Montada a caballo se encaminó hasta llegar al campo rebelde, con los suyos, donde, por supuesto, la esperaba Andrés Quintana Roo. Ni duda cabe de su convicción a favor de independizar a la Nueva España del yugo de la metrópoli. Pero si su participación en la gesta independentista hubiera sino tan sólo motivada por amor –como más de uno supuso–, también habría sido legítimo, pues se trataría de una forma de heroísmo arriesgar la vida para estar con quien se ama, compartir las luchas y, si el destino lo precisa, morir a su lado. Los invito a conocer y reconocer los grandes esfuerzos de las mujeres precursoras, que han luchado para alcanzar un sueño, justo como en el caso de la gran Leona Vicario.
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