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Desarrollo de la Mujer (DEMAC) es, precisamente, un organismo fundado por ella para generar este tipo de espacios que nos permitan conocernos más y mejor.
Fui invitada hace unos meses para formar parte del jurado de este certamen y posteriormente me designaron para hablar a nombre de todas sus integrantes en la ceremonia de premiación.
Me sorprendió el gran número de escritos que llegaron, pero más aún su gran calidad, lo cual nos hizo más complicada la tarea de seleccionar a las ganadoras. Por eso, nuestra felicitación se extendió a todas las participantes, sin excepción.
Ahí hablamos de nosotras, de nuestros avances y anhelos, de nuestra propia voz, porque un paso indudable y sin retorno es el que nos ha llevado a dejar el silencio atrás y para siempre.
Durante siglos estuvimos marcadas por el confinamiento social, que por desgracia todavía es una cruel realidad para muchas mujeres en el planeta. La nuestra ha sido una larga historia de subordinación, tanto así que se expresa desde los textos bíblicos. Baste ver que el Eclesiastés, en su versículo 18, señala: “Un don de Dios es la mujer callada”. Y, por desgracia, así fuimos educadas. Los griegos no se quedaron atrás en este tema, pues el poeta griego Solón, uno de los siete sabios de Grecia, postulaba: “El silencio es el mejor adorno de las mujeres”. Siglo y medio después, Eurípides, el escritor griego conocido por sus tragedias, decía sin reparos: “El mejor adorno de una mujer lo constituye el silencio”.
En efecto, los hombres nos han prohibido el habla por el temor de que les revelemos las verdades del mundo, sus distorsiones e injusticias, que bien podríamos resolver igual o –quizá en no pocos casos– mejor que ellos. En el 254 antes de Cristo, Plauto subrayaba: “Por bien que hable la mujer, está mejor callada”. San Pablo apóstol, en la Epístola a los Corintios, versículo 34, año 67 de nuestra era, dijo igualmente: “Las mujeres callen en las iglesia, porque no les es permitido hablar, sino que deben estar sumisas, como lo dice también la ley”.
Y qué decir de la costumbre adquirida en la Inglaterra del siglo XVI, cuando se popularizó el uso del freno de brida para castigar a las mujeres “sueltas de lengua”. Se trataba de una máscara de hierro que se sujeta al rostro, la cual poseía una lengüeta metálica que se introducía en la boca para obligar al silencio a quien la portara.
Años después, en 1793, Madame Roland de la Platière fue al cadalso, como otras, por haber defendido la libertad de expresión. A ella se debe la célebre frase “¡Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!” Y, bueno, para terminar este asombroso recuento, recordemos que en el siguiente siglo en filósofo alemán Arthur Schopenhauer nos dejó esa abrumadora frase, monumento a la misoginia: “la mujer es un animal de cabellos largos e ideas cortas”.
Hoy, por fortuna, son otros tiempos y aunque no se han derribado por completo los tabúes, podemos afirmar que ya tenemos voz y… voto.
Por eso, los nuevos tiempos exigen una nueva mujer, preparada, participativa y corresponsable en la construcción de una sociedad más justa. Asimismo, por supuesto, demandan la participación de un nuevo hombre. Estoy convencida de que no es posible satisfacer las necesidades de este mundo sin la presencia de ambos, en plan de equidad.
Recuerdo ahora a la poeta Pita Amor, quien afirmaba que cuando se corta una hoja de un árbol se mutila el universo, por lo que quisiera creer, por tanto, que las mujeres al hablar, escribir, pintar o en cualquiera de sus lícitas actividades, añaden algo a la Creación. Justamente en mi caso, eso y no otra cosa he intentado expresar a través de mi obra, mi sentir de mujer, mis esperanzas, convicciones y afanes de libertad para todas y todos.
En el siglo XX se abrió la esperanza al ver convertidos nuestros derechos en realidades más comprobarles, todavía insuficientes si se quiere, pero avances incuestionables. Y con el inicio del XXI, aún más. Me refiero a la incursión de la mujer en la vida económica, sobre todo en Occidente. Y no es que antes careciéramos de una participación en la economía, pues, por ejemplo, hemos sido puntal de la agricultura, que fue una invención femenina, o del hogar, donde la familia y el gasto familiar estuvieron desde siempre bajo nuestra responsabilidad. En lo que deseo hacer hincapié es en que ahora la mujer tiene una participación directa, que ha conquistado mediante luchas y sacrificios ejercidos a lo largo de la historia.
Por fortuna, la voz femenina se escucha sabia y sonora cada vez más. Hay muchos casos que se multiplican en nuestros días. Por ejemplo, esas grandes mujeres que recibieron este año el Premio Nobel, que son pioneras por lo menos en dos disciplinas, Medicina y Economía, pues es la primera vez que el galardón va a manos femeninas. Claro que también hay que celebrar que de nueva cuenta obtuvimos el Nobel de Literatura, rubro donde se acumulan ya muchos éxitos femeninos en unas cuantas décadas.
Es, entonces, evidente, que ahora no sólo somos capaces de hablar, sino de escribir y hasta de asumir públicamente nuestra historia personal, como ocurre hoy, bajo el género de la autobiografía, acertadamente alentado por DEMAC año con año.
La gran aportación de esos escritos es justamente la generosidad de compartir nuestras vivencias para enriquecer así las alternativas de las lectoras que pudieran enfrentar problemas y retos similares. También, claro está, es una forma de hacer partícipes a las demás de las metas alcanzadas, lo que puede contribuir a iluminar diferentes senderos.
Además, es evidente que generan una liberación individual y colectiva, lo mismo existencial que sentimental o emocional, tanto en el plano personal como en los más diversos asuntos propios de los ámbitos social y económico. Por eso, me alegra que hayamos llegado juntas a estos logros, unidas y realizadas, como hoy en torno a DEMAC y a sus invaluables acciones. ¡Felicidades!
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