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A cuántos nos llevó por los caminos del amor, del asombro, de la ternura, del compromiso con el prójimo, de un humanismo profundo y bien entendido a través de su poesía.

También en la narrativa, cuánto sentimos esos grandes momentos de emoción, de exaltación, de experimentar desde los sentimientos más tenues hasta las pasiones más intensas de la pareja humana en el amor y también –como parte de un todo– en el desamor.
Cómo no recordar el retrato de la crisis personal y social que nos muestra en Gracias por el fuego; cómo olvidar La tregua, con su célebre personaje Laura Avellaneda, a quien nos dan ganas de expresarle hoy también nuestro sentido pésame, aunque –es cierto–, ella nos abandonó incluso antes, para desolación de Martín Santomé, el otro protagonista de la obra.

Más aún, sentimos la necesidad de evocar de nueva cuenta algunos fragmentos de su poesía, como el comienzo de “Verano”, del libro Poemas de la oficina:
Voy a cerrar la tarde
se acabó
no trabajo
tiene la culpa el cielo
que urge como un río…

Fueron 88 años de vida, casi todos de creación incesante, pues muy joven se incorporó al periodismo en el famoso semanario Marcha, en el que colaboró casi 30 años.

 


En 1949 publicó el libro de relatos Esta mañana y otros cuentos, y en 1953, su primera novela, Quién de nosotros. En 1956 vieron la luz sus mundialmente célebres Poemas de la oficina. A partir de ahí se entreverarían cuento, novela, poesía, ensayo y trabajo periodístico, siempre con textos de enorme calidad, refinamiento y fuerza vital. Ahí están, para siempre, para todas y todos, las obras ya citadas y muchas más, como Montevideanos (1959), Ida y vuelta (1963), La muerte y otras sorpresas (1968), su peculiar novela en verso El cumpleaños de Juan Ángel (1971), Con y sin nostalgia (1977), La casa y el ladrillo (1977), Pedro y el capitán (1979), Cotidianas (1979), Viento del exilio (1981), Primavera con una esquina rota (1982), Geografías (1984), La borra del café (1992), La vida ese paréntesis (1998), Buzón del tiempo (1999). También, por supuesto, sus tres célebres e imprescindibles tomos del Inventario (1963, 1994, 2003), ricos compendios de su poesía y, en sus últimos años, Adioses y bienvenidas (2005), Canciones del que no canta (2006) y Testigo de uno mismo (2008), los tres de poesía.


Su creatividad alcanzó otros géneros literarios, como lo demuestra en su libro Rincón de haikus (1999), del que extraigo ahora tres piezas que me parecen memorables:

Los hombres odian
presumen sueñan pero
las aves vuelan

O bien:

A nuestra muerte
no convence olvidarla
ni recordarla

Y uno muy adecuado para este caso:

Después de todo
la muerte es sólo un síntoma
de que hubo vida

Este escritor versátil y congruente con su compromiso por un mundo igualitario deja una huella imborrable y queda para siempre entre los grandes de la literatura hispanoamericana, que por ser tan honda, genuina y original, adquiere valor universal.
Hoy más que nunca lo tenemos presente, aunque no podemos quitarnos ese sabor agridulce, por lo que si bien escuchamos sus poemas de viva voz, también nos adentramos en la lectura silenciosa, honrando la ausencia física.
Llegará claro el espíritu de la sonrisa, el gozo del alma, cada vez que alguien lo recuerde y lo lea, es decir, una hilera interminable de seres humanos de ayer, de hoy, de mañana.
Elevemos, entonces, su “Padrenuestro latinoamericano”, del que extraigo:

… ya no sirve pedirte “venga a nos el tu reino”
porque tu reino también está aquí abajo
metido en los rencores y en el miedo
en las vacilaciones y en la mugre
en la desilusión y en la modorra
en este ansia de verte pese a todo.

O musitemos, si así lo preferimos, el final de su poema “Ausencia”:

El niño que no vino
no viene
porque cree
que todo el que aquí nace
no se muere
después.

La muerte de Mario Benedetti nos duele hondamente pero sus escritos nos traen el consuelo necesario. Este entrañable escritor uruguayo continuará acompañándonos en el amor y el desamor, el compromiso y la capacidad de conmovernos. Por eso, el mejor homenaje, la manera más adecuada de transitar por el duelo, es leerlo, disfrutarlo y compartirlo.

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