| Otto Raúl González |
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| Viernes, 29 de Junio de 2007 14:20 | |
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Ahora quisiéramos tener acceso a ese país imaginario para conversar a nuestras anchas con el propio Otto Raúl, aunque de hecho seguimos escuchando sus palabras, pues aunque mucho nos entristeció su lamentable deceso ocurrido hace unos cuantos días, permanece y perdurará entre nosotros su gran canto poético.
Él era, es, uno de nosotros, de México, independientemente de que haya nacido un poco más al sur del Suchiate. Igual ocurre, para nuestro bien, en el caso de otros dos grandes, compatriotas suyos: Tito Monterroso y Carlos Illescas, quienes junto con Otto Raúl González fundaron en su juventud la importante revista Acento. Los tres, por cierto, muy buenos amigos nuestros, de mi compañero Alejandro y míos. Otto Raúl González vivió seis décadas en nuestro país, al que llegó muy joven cuando tuvo que huir de su natal Guatemala después de que los cuerpos represivos del dictador Jorge Ubico atentaron contra su vida en una manifestación pacífica. Luego de la caída del dictador fue diplomático de su país en México, y en 1954, cuando el cruento golpe de Estado apoyado por la CIA instauró una nueva dictadura en Guatemala, se instaló definitivamente aquí, donde desarrolló casi toda su rica obra literaria.
Su poesía es prolija, versátil y profunda, pero a la vez nos dejó textos donde refulge una narrativa ágil, imaginativa y elegante. Porque en sus más de 50 libros abarcó el ensayo, el cuento y la novela, pero sobre todo la poesía, con la que abordó sus temas favoritos: la naturaleza, la fantasía y la vida cotidiana.
En su opinión, la función de la poesía, como toda obra de arte, es reflejar una conciencia política. “Habla del sueño de la democracia y de los cantos a los héroes de los diversos países”, decía, para agregar: “Eso es lo que yo entiendo, al menos, como poesía política, que no el grito estentóreo de ‘adelante con los obreros’ y nada más. La poesía es la diadema que corona la frente de la humanidad”.
En lo personal, además de contar con su amistad, tuve el privilegio de que una conocida empresa farmacéutica, en una de sus ediciones especiales, reprodujera algunas gráficas de mi autoría acompañadas con varios poemas del maestro González.
También tuve el gusto de verlo hace unos meses en la presentación del libro de poesía Inmediaciones del delirio, de mi compañero Alejandro Ordorica Saavedra, en el Palacio de Minería, donde de nueva cuenta comprobé su lucidez y bonhomía. Por cierto, de ahí nos fuimos en grupo a comer al Café Tacuba, donde se armó una deliciosa sobremesa en la que participó alegre y ocurrente Otto Raúl, quien con sus más de 85 años seguía encantador como siempre.
Era un maestro de la palabra que lucía en la rima y culminaba esplendorosamente en el soneto, entre cuyos temas incluyó a una de nuestras figuras históricas más señeras: Benito Juárez, en uno de los últimos libro que publicó, en cuya portada aparece un texto de Alejandro a Otto Raúl, que al leerlo ahora me estremece y llena de satisfacción.
En 1990 se le reconoció en Guatemala con el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias y hace sólo unos meses la Universidad de San Carlos de esa nación le confirió el doctorado Honoris Causa.
Nos quedamos para siempre con su magistral obra, especialmente Voz y voto del geranio, de 1943, pero también Diez colores nuevos, El conejo de las orejas en reposo, Concierto para metralleta, Versos droláticos, Sea breve, Para quienes gustan de oír caer lluvia sobre el tejado y El hombre de las lámparas celestes, entre muchas más.
Nunca le diremos adiós, pues siempre estará con nosotros este gran caballero, buen amigo, talentoso escritor. Es cierto, estamos tristes, pero sé que pronto estaremos contentos al tener el gozo de releer su obra.
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