Si bien los textos históricos de diversos tipos nos remiten con frecuencia a Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario o Gertrudis Bocanegra, en el mejor de los casos no van más allá de una decena de nombres.
Sin embargo, sabemos que fueron muchas más las mujeres que tuvieron un papel destacado y determinante en el movimiento que condujo a conquistar nuestra independencia de la Corona española, ya no digamos las miles de voluntarias que participaron garantizando el abasto, llevando información confidencial, defendiendo a la familia o empuñando las armas.
Esto fue natural, pues las ideas libertarias y democráticas que empezaron a fluir en el nuevo continente desde el siglo XVIII con los enciclopedistas europeos se transmitían de hombres a mujeres y viceversa, lo que generó una conciencia social progresiva que habría de romper con los sistemas monárquicos e imperiales.
La mujer se impregnó de esas ideas propias del humanismo y se sumó a las causas independentistas, tanto en el pensamiento como en la lucha, resistencia y acción.
Se gestó, así, un verdadero movimiento de mujeres que aun cuando en apariencia no dejó una huella tan precisa en la historia del país, desempeñó un papel relevante en su desarrollo.
Queda claro, entonces, que mientras los hombres partían al campo de batalla ellas desempeñaron la función esencial de ver por sus hijos, además de prestar múltiples servicios a la causa.
De no haberse dado esta participación comprometida de las mujeres, el triunfo de la lucha por la independencia hubiera sido simplemente imposible.
De acuerdo con lo que señalan varios estudios sobre el tema, no se registró un seguimiento documental de la participación de las mujeres en la lucha por la independencia debido a que, además de tratarse de tiempos muy azarosos, predominaba una cultura que desdeñaba a la figura femenina.
Tendrían que pasar muchos años, e incluso habría que pasar de un siglo a otro para que tal actitud, solapada también por la jerarquía de la Iglesia católica de esa época, empezara a cambiar e influyera en la nueva condición social de las mujeres.
Pese a ello, ya muchas de nuestras congéneres habían sembrado la semilla de las transformaciones que vendrían a favorecer los derechos de la mujer y la equidad de género. Una lucha tesonera, difícil e incompleta todavía.
Por eso, una tarea no sólo justa sino también indispensable y urgente es que nos adentremos más en estas historias de mujeres creativas y valerosas para nutrir los cambios que hoy todavía se requieren a favor de la mexicanas, lo que de lograrse redundará a fin de cuentas en beneficio de todas y todos.
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