Uno de nuestros proyectos preferidos, debidamente registrado y que está a la espera de la decisión del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes –entre otras instancias a las que se les presentó hace ya más de un año– se orienta a una perspectiva original, reveladora e interesante de los episodios de la revolución de 1910, que suele descuidarse o de plano ignorarse: la comida, la alimentación, los banquetes y alimentos que se consumían, dentro y fuera de los campos de batalla; es decir, lo que hemos llamado Los sabores de la Revolución.
Para ello, mi compañero Alejandro Ordorica y yo hicimos una amplia investigación a partir de varios autores la época, definidos justamente por ser escritores de la novela revolucionaria. En especial nos ocupamos de Martín Luis Guzmán, Rafael F. Muñoz y Mariano Azuela, y complementamos su trabajo con aportaciones literarias de José Rubén Romero, Nelly Campobello, Agustín Yáñez, Juan Rulfo, Juan José Arreola y otros destacados literatos que escribieron posteriormente en torno al movimiento revolucionario.
Ahora quiero compartir con mis lectores no sólo el concepto de este proyecto, sino incluso un avance en exclusiva de nuestro libro. El proyecto, entonces, está ahí, investigado, desarrollado y en espera de encontrar la posibilidad de difundirlo. En esta ocasión sólo reproduzco unos cuantos párrafos debido al limitado espacio de que dispongo para mi artículo semanal:
Es Martín Luis Guzmán quien en El águila y la serpiente refresca con humor las cruentas luchas, cuando nos deja para siempre el recuerdo de su estancia en el Paso, Texas, junto a otros personajes, como si se tratara de un efímero oasis para suavizar el ardor de la temperatura y de la batalla misma.
Junto al estruendo de los cañones, a campo traviesa, también se abrían espacios para comer, si no plácidamente, al menos para que los revolucionarios, fueran carrancistas o dorados de Villa, u obregonistas y zapatista, retomaran fuerzas, aunque a veces sus propias mujeres, hermanas o madres intentaran poner su sazón y atenuar los sufrimientos y crueldades de la guerra […] La anécdota va más allá de la carencia de una mesa con su mantel y cubiertos, propio de un espejismo que ni siguiera se atrevería a figurar entre el fuego nutrido de los ejércitos en combate se daba aliento para asomarse. Y nos cuenta:
En el Hotel MacAlpin pasé entonces unos cuantos días de vida sibarítica —sibarítica a lo burgués, o mejor aún: a lo miembro del Elk Club—, a la cual me arrastraba el sensualismo tranquilo de Alberto J. Pani. Para iniciarla con buen pié, Pani y yo empezábamos por desayunarnos en el great dining-room del segundo piso, comedor suntuoso y enorme, detonante de dorados, columnas y espejos, donde los comensales hablaban bajo, los mozos pisaban quedo y el empleado de la puerta —convencido de que tal era el exponente más alto del vivir distinguidísimo— anotaba sobre un plano el nombre y colocación de cada huésped, para ir, silencioso, a buscarlo en caso de llamada urgente…
Aquel grandioso comedor, de lujo tan desproporcionado con mi único trajecito y mi única corbata de revolucionario trashumante, no lograba cohibirme, pero sí me obligaba a mirarlo, más que en su relación, positiva conmigo, en una relación de contraste… Nosotros éramos revolucionarios convencidos —no cabía dudarlo—; pero ello no obstaba para que paladeásemos con delectación el vasito de jugo de naranja que el criado nos traía en una riquísima bandeja de plata sobre la que se irisaban las facetas del cristal cortado y la masa del hielo fundente. Y así lo demás del desayuno, que en nada desmerecía de su finura inicial. El bullered toast para los huevos nos llegaba colocado con arte en delicadísimas rejillas de metal blanco; el pan suave para el café nos lo presentaban dentro de servilletas tan finas que, aparte de conservar el calor, parecían añadir otro perfume al ya grato de la harina recién cocida en el horno… Ni tampoco podía vivir Cabrera sin acordarse de que era gramático y filólogo. Si alguno, al terminar la cena, pedía un café, corregía él con sonrisa que le goteaba de los anteojos al bigote y del bigote al plato:
—Pousse-café, pousse-café, no plus-café…
En otro momento, Mariano Azuela, mira con agudeza los apetitos en Los de abajo, cuando aparecen entre línea y línea, y entre silbidos de balas, tales sabrosuras literarias. Demetrio, envanecido por las felicitaciones que comenzaron a lloverle, mandó que sirvieran champaña. —No, yo no quiero vino ahora, ando malo —dijo el güero Margarito al mesero—; tráeme sólo agua con hielo. —Yo quiero de cenar con tal de que no sea chile ni frijol, lo que jaiga —pidió Pancracio. Siguieron entrando oficiales y poco a poco se llenó el restaurante. Menudearon las estrellas y las barras en sombreros de todas formas y matices; grandes pañuelos de seda al cuello, anillos de gruesos brillantes y pesadas leopoldinas de oro. […]
–Es muy malo eso de comerse uno solo sus corajes –afirma, muy serio, uno de sombrero de petate como cobertizo de jacal– Yo, en Torreón, maté a una vieja que no quiso venderme un plato de enchiladas. Estaban de pleito. No cumplí mi antojo, pero siquiera descansé.
—Yo maté a un tendajonero en el Parral porque me metió en un cambio dos billetes de Huerta –dijo otro de estrellita, mostrando, en sus dedos negros y callosos, piedras de luces refulgentes.
—Yo, en Chihuahua, maté a un tío porque me lo topaba siempre en la mesma mesa y a la mesma hora, cuando yo iba a almorzar… ¡Me chocaba mucho!... ¡Qué queren ustedes!...
—¡Hum!... Yo maté…
[…]
Casas cerradas; y una que otra tienda que permanecía abierta era como por sarcasmo, para mostrar sus desnudos armazones […]. La mueca pavorosa del hambre estaba ya en las caras terrosas de la gente, en llama luminosa de sus ojos que, cuando se detenían sobre un soldado, quemaban con el fuego de la maldición.
Los soldados recorren en vano las calles en busca de comida y se muerden la lengua ardiendo de rabia. Un solo fonducho está abierto y en seguida se aprieta. No hay frijoles, no hay tortillas, puro chile picado y sal corriente. En vano los jefes muestran sus bolsillos reventando de billetes o quieren ponerse amenazadores”.
Y qué decir del cuento El bistec, uno de tantos que escribiera con deliciosa ironía Rafael F. Muñoz, que transforma un trozo de carne en todo un trofeo de guerra, tras una serie de vicisitudes…”.
Y me detengo aquí porque nuestro libro es bastante más largo, entre unas 70 y 80 páginas, que pudieron ser muchísimas más, pero no quisimos extendernos demasiado a fin de hacer una obra atractiva y accesible a todas y todos.
¿Qué les parece? De verdad que les va a gustar; de hecho, se trata de un libro inédito, por lo que esperamos presentarlo y ofrecérselos muy pronto a ustedes.
Un libro bello, educativo y sabroso, como debe ser.
Trackback(0)
|