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En el México posrevolucionario algunas de las veteranas, bien como dirigentes o integradas en diversas organizaciones, continuaron los proyectos feministas y se ocuparon de postular con afán las demandas aún no satisfechas: educación, trabajo, así como el derecho al sufragio. Algunas se mantuvieron dedicadas a la enseñanza y el trabajo en la burocracia gubernamental; fueron pocas las que siguieron los estudios, si bien conservaron el compromiso con los proyectos revolucionarios, como las campañas de alfabetización y la educación rural. Fueron los casos de Eulalia Guzmán, Julia Nava y Elena Torres, por mencionar sólo algunas veteranas.

Pero por lo general en este universo –afirma la historiadora Rocha– se omite a las mujeres zapatistas, campesinas ligadas a la tierra, cuyas demandas tuvieron que esperar. Apenas en fechas más recientes, casi al inicio de los años ochenta, el gobierno les concedió una gratificación a ex combatientes de procedencia zapatista, en atención a sus necesidades y pobreza, y las incorporó a la legión de veteranos.

Son numerosos los ejemplos de veteranas sobresalientes: María Arias Bernal, Elisa Acuña Rosetti, Hermila Galindo o Leonor Villegas, quien escribiera sus memorias noveladas en The Rebel, donde dejó testimonio de las nobles tareas de las enfermeras de la Cruz Blanca constitucionalista. Leonor fue una destacada profesora, originaria de Laredo, Tamaulipas, educada en Estados Unidos, y que no obstante su pertenencia a la burguesía porfirista tuvo la sensibilidad suficiente para percibir las grandes desigualdades del pueblo mexicano e indignarse por ellas. Contamos, también, con otro importante testimonio en el ensayo biográfico de la poblana Guadalupe Narváez Bautista.

El meritorio trabajo de la historiadora Martha Eva Rocha, que perfila más y mejor a las mujeres revolucionarias, forma parte de la recuperación indispensable de actores sociales femeninos que en varios casos siguen presentes y comprometidos con el proceso revolucionario. Su trabajo, además, nos abre un espacio para la reflexión.

Nos relata, por ejemplo, el caso de Carmen Serdán, activista y combatiente heroica en la insurrección de 1910. Según se dice, cuando Madero se propuso cruzar la frontera con el fin de conducir el movimiento armado surgió la figura de esta gran mujer como uno de los puntales del cambio, justamente en momentos en que se conspiraba contra el régimen porfirista. Y fue su hermano, Aquiles Serdán, quien organizó la revuelta en Puebla y Tlaxcala, e incluso hubo participación de su madre, del mismo nombre, además de Máximo y Natalia, sus otros hermanos. Gracias a todos ellos fue posible que las ideas antirreeleccionistas se difundieran y se convirtieran en un detonante para el movimiento revolucionario. De manera decidida y enérgica, los Serdán se dedicaron a reunir rifles, pistolas y pólvora e incluso a elaborar pequeñas bombas.

De Carmen sabemos, además, que fue una mujer de gran temple. Tenía aptitudes para la música y, al igual que su hermana Natalia, se vio forzada a interrumpir sus estudios cuando murió su padre. Cumplió con trascendentes encargos a favor de la causa maderista y fue una destacada integrante de la Junta Revolucionaria de Puebla, con una mística que le valió amplios reconocimientos.

Aunque es ampliamente conocido el incidente registrado en casa de los Serdán en la víspera del estallido revolucionario, vale la pena recordarlo aquí brevemente, como muestra de la participación femenina en el proceso revolucionario. El movimiento armado estaba dispuesto para que estallara el 20 de noviembre; sin embargo, poco antes la policía poblana irrumpió en la casa de los Serdán, con el objetivo de llevar a cabo un cateo. Aquiles era reconocido por su intrepidez y, como es natural, se opuso a la inspección, con lo que se inició un tiroteo. Natalia salió huyendo con el fin de salvar a los hijos de su hermano y a los suyos. En cuanto a Carmen –quien, por cierto, utilizaba el nombre de Marcos Serrato con la idea de cumplir cargos relativos a la causa maderista–, resultó herida al intentar subir a la azotea de su casa para seguir suministrando parque a los defensores. La acometida tuvo un trágico fin, ya que culminó con la muerte de Aquiles y Máximo Serdán, así como la aprehensión de Carmen y hasta la de Filomena del Valle, esposa del primero. Sin embargo el ejemplo cundió y fue un estímulo para proseguir la lucha en esta gesta revolucionaria que alumbraría a México.

En fin, grandes mujeres de nuestra historia, que amaron a México, se entregaron sin medida a la lucha por la justicia y sentaron un importante precedente que demostró que las mujeres somos capaces de comprometernos con las mejores causas hasta sus últimas consecuencias.

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