| La luz de Saramago |
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De cuna humilde que lo enorgulleció toda su vida, amó a México y mantuvo siempre una relación entrañable con compatriotas nuestros así como con organizaciones sociales Por cierto, ahora recuerdo que llegó a referirse a nuestra comida y a afirmar que le parecía “diabólica”, porque a todo le ponemos chile. El pasado 18 de junio murió José Saramago, a los 87 años. Desde mucho tiempo antes se había convertido en un ejemplo para hoy y mañana por su calidad literaria, profundidad filosófica y compromiso social. Hombre de izquierda, humanista, no pocas veces sus posturas lo pusieron en situaciones incómodas. Nunca se sometió ante nada ni ante nadie. La polémica más reciente en su derredor fue la provocada por su última novela, Caín, que suscitó airadas protestas de la Iglesia católica. Pero su obra más controvertida, y la que a la vez lo lanzó a la fama, fue El Evangelio según Jesucristo, que dio lugar a que el gobierno portugués censurara la ceremonia de presentación del libro. En la presentación de Caín, en noviembre pasado, Saramago explicó claramente el objeto de su misión: “Yo no escribo para agradar ni para desagradar; yo escribo para desasosegar […] estoy intentando desasosegar a algunos, pero seriamente”. A las obras citadas habrá que agregar otras como su Ensayo sobre la ceguera, El hombre duplicado, Memorial de convento, Todos los nombres, La caverna, El viaje del elefante y muchísimas más. Su compañera, Pilar del Río, fue clave en su vida personal y literaria; estuvo a su lado y cuidó de él hasta el final. Además, fue su traductora oficial al castellano en las últimas décadas. De su sencillez y vitalidad hablan muchas anécdotas. Con frecuencia visitaba nuestro país, en especial Guadalajara, donde se celebra cada año la Feria Internacional del Libro. Ahí, como en muchas otras ocasiones, se palpaba su generosidad hacia los jóvenes. Qué mejor que recordar ese realismo valiente y lúcido en algunas de sus reflexiones, como la que expresó en Democracia y Universidad: “No se trata sólo de instruir, sino de educar. Y, desde dentro, repercutir en la sociedad. Aprendizaje de la ciudadanía, eso es lo que creo sinceramente que falta. Porque, queramos o no, la democracia está enferma, gravemente enferma, y no es que yo lo diga, basta mirar el mundo”. Pero hay una frase suya que me encanta porque define la vigencia, juventud y lucidez de este notable escritor: “La vejez empieza cuando se pierde la curiosidad”. A pesar de sus desacuerdos con los sucesivos gobiernos portugueses, sus cenizas reposarán en Lisboa, bajo un olivo centenario de Azinhaga, su localidad natal. Ahí se colocará una piedra que reproducirá la última frase de su célebre Memorial del convento: Mais não subiu para as estrelas, se à terra pertenecia: “Pero no subió a las estrellas, si a la tierra pertenecía".
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