| ¡GOYA! ¡GOYA!... |
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Recordemos que la Universidad se refundó en 1910 gracias a la intervención de Justo Sierra, entonces subsecretario de Instrucción Pública. Y que luego, bajo la rectoría del eminente José Vasconcelos, tomó su escudo y su lema (“Por mi raza hablará el espíritu”), para alcanzar finalmente en 1929 su autonomía. A lo largo de su historia ha formado a cientos de generaciones de mexicanas y mexicanos en las más variadas disciplinas del saber científico y humanístico, además de incidir de manera determinante en la creación, promoción y difusión cultural, así como en el fomento del deporte. Como institución viva y comprometida con el país, ha transitado por etapas difíciles y riesgosas. Baste mencionar algunos de los muchos momentos arduos de su historia: cuando peleó públicamente por su autonomía; como protagonista central del movimiento de 1968 o, en fecha más reciente, con la prolongada huelga estudiantil del año 1999, que se extendió hasta el 2000. Son invaluables e insuperables sus aportaciones al desarrollo del país en su conjunto, por lo que no podríamos entender a México sin la UNAM, tanto en el pasado, como en nuestro presente, y tampoco podemos –ni queremos– vislumbrar un México futuro sin esta institución pilar en la educación y la investigación. Por ello, son innumerables y de elevada trascendencia los premios y reconocimientos que ha recibido, lo mismo en el campo científico y tecnológico que en el ámbito socioeconómico o de la creación y difusión cultural. Recordemos, así, que en la segunda mitad del siglo anterior fue considerada una de las mejores universidades del mundo, lo cual vino a refrendarse en la década actual, cuando en 2005 se le catalogó como la mejor universidad de Iberoamérica. Y qué decir de esa hermosa Ciudad Universitaria, en cuya creación intervinieron más de 60 arquitectos y artistas plásticos de la talla de Mario Pani, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y Juan O’Gorman, que dieron vida a un inmenso campus que fuera modelo de belleza y funcionalidad a partir de 1952, cuando se inauguró. Tal ha sido su relevancia, que en 2007 Ciudad Universitaria fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Por tanto, debemos tener hoy en mente a esa comunidad universitaria tan esforzada y meritoria, que ha alcanzado tantos logros que nos enorgullecen. Me refiero a la comunidad conformada por sus trabajadores, académicos, investigadores, empleados administrativos y estudiantes, en su mayoría, comprometidos con la institución y con el país, que comparten esta calidad de excelencia y cada uno de sus avances, pues todos, todas, son indispensables e importantes para que la institución funcione. Eso incluye, desde luego, a sus rectores y las aportaciones de cada uno para bien de esta noble institución. Por cierto, vale la pena reproducir aquí algunas de las palabras pronunciadas por el rector José Narro después de recibir, a nombre de nuestra Universidad, el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en el Teatro Campoamor de Oviedo, en España, el pasado 23 de octubre: “A algunos les puede parecer que hablar de valores o de humanismo es asunto del pasado, del Renacimiento o del siglo XIX. Se equivocan. También lo es de ahora y del futuro […] Frente al éxito quimérico, el egoísmo, la corrupción o la indiferencia, el mejor antídoto son los valores laicos de ayer y siempre”. Además de suscribir cada una de las afirmaciones del rector Narro, hoy más que nunca debemos dar una batalla conjunta, que ahora se traduce en la defensa del presupuesto que se asignará a nuestra universidad para el 2010, como el que se destine a la red de universidades públicas del país, verdaderos e insustituibles puntales de la equidad y prosperidad de la sociedad mexicana presente y futura.
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