| ¡Goya! ¡Goya! ¡Universidad! |
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Digamos que es la gran institución de México, por sus aportaciones históricas y esenciales. Y si bien ahora cumple un importantísimo aniversario de servir a México, cabe recordar que su historia tiene cimientos en un pasado que abarca siglos. Porque aunque fue creada como Universidad Nacional en 1910, promovida por Justo Sierra, ya desde el siglo XVI existía la Real y Pontificia Universidad de México. Pero dejemos que sea Pedro Henríquez Ureña quien nos lo cuente. Nacido en República Dominicana pero ciudadano universal, Henríquez Ureña vivió en México en aquellos días de la creación de la Universidad. Literato célebre, humanista y fundador del legendario Ateneo de la Juventud, a quien Alfonso Reyes llamaba “el Sócrates de nuestro grupo”, nos comenta en un ensayo sobre el concepto de la Universidad, que data de 1914: “Tantas han sido, durante cuatro años de prueba (1910-1914), las discusiones suscitadas por la institución de la Universidad Nacional de México, que están exigiendo se le dedique estudio serio. Hasta ahora sólo merecen llamarse tales dos discursos: el inaugural, de majestuosa arquitectura, pronunciado por don Justo Sierra en septiembre de 1910; el conmemorativo, de síntesis crítica, pronunciado por don Ezequiel A. Chávez en honra del maestro fundador, en septiembre de 1913. Son, además, indispensables archivos de datos sobre la vida universitaria los dos informes del rector Eguía Lis, en 1912 y 1913”. Más adelante señala: “España no fue avara en dotar de centros de alta cultura al Nuevo Mundo. Pero estas instituciones, útiles al nacer, se estancaron después”. Y explica: ”La antigua Universidad de México, abierta el 25 de enero de 1553 en cumplimiento de cédulas reales de 21 de septiembre de 1551 (confirmadas por la Sede Apostólica en 1555), contó entre sus primeros profesores a fray Alonso de la Veracruz y a Francisco Cervantes de Salazar; entre sus alumnos se contaron más tarde el dramaturgo Alarcón y el libertador Hidalgo. Comenzó rigiéndose por los estatutos de la de Salamanca, que después recibieron diversas reformas. La principal fue la del venerable Palafox, a fines del siglo XVIII, inspirada en el propósito de dar a la institución fuerzas para competir en la enseñanza con la poderosa Compañía de Jesús”. “Sus cátedras, ocho al principio, se aumentaron con el tiempo hasta veinte y cuatro, distribuidas en cuatro facultades: Arte, Teología, Medicina y Derecho (que en realidad comprendía dos carreras: Leyes, entendiendo por esta designación el Derecho Romano, y Cánones, o sea el Canónico). Fuera del curriculum usual de las universidades españolas, hubo dos cátedras especiales: las de lenguas mexicanas, náhuatl y otomí. Los cursos eran gratuitos, pero no así los grados”. Posteriormente Henríquez Ureña reflexiona: “¿Habría convenido a México la subsistencia de su antigua universidad? Acaso no: el arcaico plantel había perdido ya todo prestigio y toda utilidad cuando lo suprimió el patriarca del ‘liberalismo mexicano’, don Valentín Gómez Farías. Sus resurgimientos –absurdos algunos, como que fueron obras de los gobiernos de Santa Anna–, acabaron por quitarle toda seriedad y no pudieron menos de ser efímeros: no hubo quien supiera adaptarse a las nuevas necesidades sociales e intelectuales del país”. Aquí el destacado intelectual prefiere ceder la palabra a quien considera insigne y “testigo de mayor excepción”, don Joaquín García Icazbalceta, autor de un esbozo histórico sobre la institución antigua. De él reproduce las siguientes palabras: “Antes de desaparecer definitivamente, pasó la Universidad por muchas vicisitudes en los tiempos modernos. Su primera extinción fue obra del presidente Gómez Farías en 1833. Santa Anna derribó esa administración y reinstaló la Universidad en 1834, con variaciones en sus estatutos. El plan de estudios de 18 de agosto de 1843 hizo algo muy notable, cual fue quitar a los estudiantes de los ‘colegios’ la obligación de asistir a las cátedras de la universidad. En 31 de julio de 1854 el mismo Santa Anna la organizó de nuevo, variando las cátedras, las cuales quedaron únicamente para los ‘pasantes’ de las diversas facultades, confiriendo el grado de doctor a muchas personas, sin preceder los ejercicios requeridos, e introduciendo multitud de reformas que no llegaron a establecer por completo. El descrédito en que había caído la Universidad, ya por inestabilidad de las leyes que la regían, ya por serle contraria la opinión dominante, vino a ser causa de que sólo existiese de nombre, sirviendo el edificio más bien para elecciones políticas, y aun para cuartel, que para la enseñanza. El presidente Comonfort la extinguió por decreto de 14 de septiembre de 1857, el cual fue derogado por otro del general Zuloaga, a 5 de mayo de 1858. En una orden del 23 de enero de 1861 dispuso el presidente Juárez que la Universidad volviera al estado en que se encontraba antes del Plan de Tacubaya, esto es, que quedara extinguida, y que el local, con cuanto le pertenecía, fuera entregado al señor José Fernando Ramírez. Después, no sé si por disposición especial de la ‘Regencia’ o simplemente por considerarse de hecho nula la orden citada, revivió la Universidad a mediados de 1863, hasta que el emperador Maximiliano la suprimió definitivamente, por su decreto de 3 de noviembre de 1865”. Retoma Henríquez Ureña el discurso para señalar: “Cuando, en 1910, don Justo Sierra organizó la institución existente, la Universidad Nacional de México, ésta era una necesidad de civilización para el país. Las condiciones de la vida intelectual mexicana exigen que haya un centro de coordinación, de difusión y de perfeccionamiento; no más capillas; no más labor aislada y secreta, ajena por igual al estímulo y a la censura; no más desconocimiento de ‘valores’; no más olvido inconsulto de las tradiciones; no más desorientación”. Vendría años después, en 1929, otro paso para la consolidación de esta institución: la indispensable autonomía, para dar lugar entonces a la Universidad Nacional Autónoma de México, que se extiende venturosamente hasta nuestros días con un horizonte de futuro que, estoy cierta, iluminará aún más a la patria.
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