| ¡Felicidades, maestra! |
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La maestra Rivera estaba en una jornada habitual en su labor de educadora de preescolar, cuando muy cerca de ahí empezaron a sonar disparos de armas de alto poder que a cualquier adulto le hubieran generado pavor. Ella, sin embargo, no entró en pánico; por el contrario, continuó de lo más tranquila en aras de evitar que sus pequeños discípulos —sus pollitos, como les llama— se asustaran y pudieran resultar lastimados por las balas o por el pánico, lo que daría lugar a una tragedia. Con notable sangre fría combinada con una ternura conmovedora, la maestra Rivera tranquilizó a los infantes a su cargo y les pidió que se recostaran en el piso sin levantar sus cabecitas. Con todo amor y sensatez les aseguró con su suave y convincente voz, sin gritos ni aspavientos, que nada malo les pasaría, y los invitó a cantar. Su comportamiento fue estoico y ejemplar y de una serenidad excepcional. En otras palabras, le dio a un grupo de infantes una lección inolvidable, plena de valentía, entereza y aprecio por la vida. Digo yo que eso es ser una maestra de verdad, porque la enseñanza va aparejada de valores y verdades que nos inducen a vivir mejor, en bien propio y de los demás. Qué diferencia con esos dizque profesores que mal enseñan, faltan a clase o se desentienden de sus alumnos y lo único que les interesa es cobrar puntualmente la quincena. Desde luego, la maestra Martha Ivette Rivera merece no sólo nuestra gratitud, sino un reconocimiento público que le beneficie ahora y ampliamente en su prestigio personal, su currículo, el escalafón y la percepción salarial. No dudo que haya muchos otros docentes anónimos como ella que hacen a conciencia y con toda responsabilidad su trabajo diario. Debemos reconocerlos e impulsar que sigan con su labor. Estamos tan llenos de malos maestros que cuando se conoce un caso como éste es impostergable rendir honor a quien honor merece.
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