| Friedeberg, toda una historia |
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En su obra, tan vasta como atractiva, irradia creatividad e ingenio, con toques surrealistas.
Cómo no recordar esos trazos geométricos con audaz perspectiva que navegan en el desbordado caudal de la imaginación. Piezas de notable originalidad, misma que se evidencia desde sus afortunados títulos, plagados de neologismos.
Hoy, con mérito sobrado, su obra ocupa varias salas en el Museo de Bellas Artes, como un homenaje a sus valiosas aportaciones a la plástica mexicana.
La muestra, que permanecerá hasta el 31 de enero de 2010, nos va deslumbrando lo mismo con sus primeros trabajos que con sus creaciones de fechas recientes, lo que denota una constancia y estilo propio, si bien sus motivos se transforman o varían al paso del tiempo.
Son casi doscientas obras que se reúnen en esta exposición titulada: Pedro Friedeberg: arquitecto de confusiones impecables, que de entrada nos mueve hacia la ironía y el sarcasmo.
Todas y todos los habitantes de la ciudad de México –y también quienes vengan de visita– deberían ser testigos de este acontecimiento cultural que incluye óleos, serigrafías, arte objeto y mobiliarios, todos con el sello de la originalidad y a momentos con un sesgo provocador, como su ya emblemática silla en forma de mano, que sigue seduciendo al espectador, pese a que al propio autor le parezca ya obvia y muestre su preferencia por otras obras menos conocidas, con lo cual nos revela, a la vez, su agudo sentido del humor.
Por cierto, recuerdo otra de sus recientes exposiciones, ésta en el Museo de la Acuarela, que resultó una muestra en verdad espléndida, por lo que creo que debieron agregarse algunas de las obras ahí expuestas en la retrospectiva que ahora se exhibe.
Si bien Pedro Friedeberg no nació en México, sino Florencia, en 1936, llegó a estas tierras siendo muy pequeño, por lo que su producción tiene evidentes rasgos de la cultura popular mexicana, junto a un evidente cosmopolitismo. Sus estudios de arquitectura y la influencia del gran escultor Mathias Goeritz nutrieron, asimismo, varias de sus concepciones artísticas. La exposición en Bellas Artes nos permite adentrarnos en una obra renovadora, conocer más de sus composiciones antitéticas ante el muralismo y las nociones del llamado arte nacionalista, aunque no desprovistas de un sentido crítico e irónico de la realidad, que puede llegar tanto al absurdo como a angustiantes laberintos.
Por tanto, una propuesta que amerita difundirse más allá de los muros de un museo y encontrar otros espacios en los medios audiovisuales, que la vinculen con otras generaciones para enriquecer la educación, la cultura y el arte, así como a los grandes creadores de nuestra tierra.
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