| En honor de la paella |
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Así que hace unos días tuve una doble razón para visitar el bello puerto de Acapulco, donde se llevó a cabo el ya tradicional Festival de las Paellas en su versión 2010. Año con año, desde principios de la década actual se ha organizado una muestra gastronómica en honor de este gran platillo español, que ha sido adoptado por nuestra gastronomía, por lo que nadie pone en duda que también mexicanísimo, aun cuando algunos defienden su origen libanés. La convocatoria partió de uno de los hoteles más reconocidos en ese centro turístico: el Hotel Elcano, que ofrece con excelencia todos los servicios, incluida la comida, que es una garantía para el visitante debido a los destacados chefs que ahí laboran. En esta ocasión hubo casi veinte equipos de paelleros, cada uno integrado por tres personas. Tuve el gusto de encabezar uno de esos equipos, pues desde hace un par de años fui invitada a cortar el listón inaugural, lo cual considero un honor. La variedad de paellas, tanto por sus ingredientes como por su forma de preparación, resultó atractiva, colorida y, en todos los casos, deliciosa. El arroz, ingrediente básico de este platillo, adquirió diversos colores de acuerdo con la elección de cada cocinero; así, los platos lucieron lo mismo arroz verde que blanco, amarillo o rojizo. En cuanto al resto de los ingredientes, la variedad fue enorme, pues abarcó desde los mariscos hasta el carnero. Gran diversidad se observó también en el toque culinario, ya que hubo paellas a la libanesa, a la mexicana o a la catalana, entre muchas otras variantes. Me decidí por preparar una paella diferente, original –y, modestia aparte, muy rica–, cuya receta titulé Homenaje al Cerro de la Silla, inspirada, desde luego, en Monterrey, mi tierra natal. Para su elaboración conté con la colaboración de Alejandro, mi solidario y creativo compañero, y su imaginativo hijo Andrés. Los componentes esenciales fueron el cabrito y las manzanas, con lo que incluí, por un lado, el alimento más representativo de Nuevo León y, por otro, ese bello y delicioso fruto que es un ícono constante en mis pinturas. De verdad, se trató de un encuentro fraternal y divertido en torno a los ricos sabores, colores y aromas de la paella. Un platillo siempre delicioso, con una elaboración que es todo un rito, y que ahora –mejor aún– estuvo preparado a la orilla del mar, en un lugar paradisiaco y al que asistieron cientos de personas de la sociedad de Acapulco y de la ciudad de México. Fue, en síntesis, un nuevo logro de los fundadores y promotores principales de este Festival de las Paellas: Pedro Haces Sordo y Javier Sevilla Lanzagorta, propietarios del Hotel Elcano, así como de la activa y destacada publirrelacionista Lucy Guillén. Sin duda, este tipo de reuniones promueven a Acapulco y convocan al turismo nacional. De seguro, también resultarán atractivas para el visitante internacional una vez que se amplíe la cobertura a otros países, lo que sin duda ocurrirá en los próximos años. Después de haber probado un poquito de las diferentes paellas que ahí se prepararon, y de constatar que la creatividad en la gastronomía no tiene límites, no me queda más que convocarlos, queridas lectoras y lectores, a que inventen la suya y la disfruten ¡Buen provecho!
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