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Así, resulta alentadora la asistencia masiva a diversos actos conmemorativos para homenajear a la patria y sus principales héroes, a pesar de que es justo en las clases más desposeídas donde ha penetrado con mayores perjuicios la llamada crisis mundial, que dejó caer su peso sobre los flancos vulnerables de nuestra economía.
Desde luego, partimos de la idea de que se trata de expresiones genuinas y de un compromiso con la nación asociado con un deseo colectivo de enfrentar retos, superar problemas y salir avante, con mayor prosperidad y equidad.
Sin ser tan ingenuos como para pensar que no se registran manifestaciones patrioteras o de emoción efímera, queremos pensar que la mayoría de la población tiene fe y está dispuesta a poner su granito de arena para modificar el estado de las cosas y lograr que se abatan esos grados tan perniciosos de pobreza, desempleo y rezagos en general.
Veamos, entonces, cómo la fuerza de la cultura histórica y cívica se impone, así se trate de actos multitudinarios que reafirman los valores que hasta ahora nos congregan: independencia, libertad, justicia social, economía mixta, cuidado de nuestros recursos naturales, entre otros igualmente esenciales. Por cierto, la más reciente ceremonia del Grito convocó, como siempre, a miles de mexicanos, por lo que pudimos disfrutar de un Zócalo repleto, incluso pese a la pertinaz lluvia, con la parafernalia consabida de luces e imágenes ahora renovada con la modernidad del láser, tanto así que hubo un momento de pasmo entre los asistentes, cuando se apagaron las luces momentáneamente y muchos pensaron que se trataba de una falla del suministro eléctrico. Pero enseguida la fiesta siguió y el júbilo se acrecentó, tal y como quisiéramos que ocurriera en la realidad cotidiana, tan oscura hoy en día y que anhelamos que desemboque en un futuro luminoso para nuestra tierra.
Igual ocurrió con el tradicional desfile militar, que aún llama a grandes públicos. Se hicieron presentes en el recorrido del desfile personas de todas las edades y condiciones, quienes además de asistir y soportar desde temprana hora, lo mismo el frío que la lluvia o el sol incandescente, pronunciaron vítores espontáneos que al conjuntarse parecieran clamar su esperanza de que esta crisis se disuelva pronto y haya bienestar, educación y empleo y para todos, especialmente para los jóvenes.
Para elevar un poco más nuestro ánimo, observamos todavía, por fortuna, que en las esquinas de nuestra ciudad reaparecieron los puestos ambulantes pletóricos de banderas mexicanas en todos los tamaños, rehiletes, pendones y adminículos diversos con los colores patrios, como sí fuera un recordatorio de que la patria está, existe, nos necesita, más allá de cualquier conmemoración coyuntural.
De poco o casi nada serviría que este fervor patrio se agote en estas fiestas. Tenemos que promover que se engrandezca dentro de los hogares, las escuelas, los centros de investigación, las empresas, las oficinas, los hospitales, las fábricas, las industrias, la producción agrícola y, en fin, en cada una de las trincheras donde podamos luchar para acceder a un mayor bienestar y calidad de vida, sin excepción, para todas y todos.
Así sí gritaremos juntos, un día sí y otro también: ¡Viva México!
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