| Aquí, ahora, una gran mujer: Beatriz Espejo |
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Por eso, en una mañana luminosa de domingo, acompañada por destacados hombres de letras, como son Hernán Lara Zavala o Vicente Quirarte y, desde luego, Emmanuel Carballo, su esposo, Beatriz Espejo nos ofrendó sus palabras con una sabiduría, lucidez, humor, sinceridad y profundidad que nos conmovieron.
Eso me ha llevado a decidir que en esta ocasión debo hacer a un lado mis palabras para abrir este espacio a las de ella, que nos enriquecen y nos traen belleza. Si acaso, lamento que esas líneas no puedan ser reproducidas en su totalidad por las limitaciones de espacio. El 20 de septiembre, Beatriz nos hizo el honor de compartirnos parte de su vida; en particular se interesó por platicarnos acerca de las mujeres de su infancia y juventud y la relevancia que éstas tuvieron para su existencia. Comenzó por hablar del noviazgo de sus padres: “… al día siguiente me las encontré frente a mi escritorio; formaban un costal repleto que estuvo mirándome intocado hasta que tuve aliento para sentarme a clasificarlas y leerlas. Eran las cartas de amor que cruzaron durante su noviazgo mis padres, escritas con la letra aún informe de los muy jóvenes y, claro, aparecían señales de sus respectivas familias y el ambiente sonoro de Veracruz a finales de los años treinta y las noticias de Mérida recordada como un paraíso distante; pero sobre todo estaba ahí la historia de una pasión. Por algo mi abuela Orfelina dijo, en uno de esos momentos de reflexiva confidencia, que nunca había conocido a un hombre tan enamorado como mi padre cuando conquistó a mi madre. Y no es que tengan alcances literarios […] Tienen, en cambio, el hálito de la verdad y de la frescura, sin omitir celos y reclamaciones y proyectos y la tierna actitud de una mujer lentamente enamorada de un hombre al que amaría hasta el instante postrero de su vida, porque lo último que le preocupó fue mantener en el dedo su anillo nupcial gastado por el uso. … Mi abuelo Antonio, gerente de una cordelería, no estaba de acuerdo con que su hijo mayor se casara tan pronto y para evitarlo le quitó el trabajo; pero no le impidió irse a vender galletas y seguros en pueblos tan miserables que aun hoy difícilmente figuran en el mapa, mientras mi madre, que había sido reina del baile Blanco y Negro y candidata a reina del carnaval, lo esperaba con la paciencia de las novias sólo atentas al silbato del cartero […] la escena bajándose del tren en una estación llena de vapores y rugidos y a mi madre esperándolo [...] Ése fue el preámbulo del matrimonio y el enojo de mi abuelo terminó con mi nacimiento. Su barriga pronunciada y su imponente estatura precedieron su llegada al sanatorio del doctor Melo –que nos dejó a Juan Vicente, un gran escritor que nunca comprendió– dispuesto a conocerme y pidiendo que me pusieran Beatriz, como todas las mujeres de su familia. … Y luego vino el gineceo. Una serie de mujeres dispuestas a recordar me llenaban la cabeza con sus historias. Mientras me trenzaban el cabello trenzaban la urdimbre de sus sueños y los sueños de todas ellas se quedaron pidiéndome que los contara. Fui su admiradora firme y les reconocí su sentimiento maternal tan viejo como el principio de la tierra. Escuchaba sus fantasías y verdades aunque jamás supieron que algunas anécdotas enriquecerían mis narraciones […] Estaban bajo las normas represivas de su generación y casi ninguna rompió lo establecido y sufrieron las consecuencias [...] Una de mis tías fue la oveja descarriada y vuelta al redil y mis dos abuelas se tomaron ciertas libertades en diferentes momentos y por distintas razones; pero esos pecadillos entraron al túnel de los misterios y se disimulaban como si jamás hubieran sucedido; sin embargo pienso que de estas cosas y de otras descubiertas a lo largo de la experiencia parte una de mis obsesiones literarias: la doble moral burguesa. Mi abuela Lucía tenía rostro de dolorosa emergiendo del incendio, sus ojos hundidos revelaban que no fue fácil parir siete hijos vivos y dos muertos, ni haber perdido su caudalosa hacienda en tiempos convulsionados por el agrarismo y el inquilinato, ni dejar el espiritismo en el que creía y al que renunció sin explicación alguna, ni padecer cáncer de mama... Mi abuela Orfelina, rubia y frondosa como la definía su marido, soltaba carcajadas sonoras, monedas acuñadas en su optimismo imbatible hasta que se cansó de ver películas de vaqueros y se comió un kilo de chocolates siendo diabética, con lo cual nos dejó con un dulce sabor de boca. Quizás por ellas, por apego a lo femenino y por mi teoría de que se debe escribir sobre lo que se conoce, edité en mi juventud El rehilete, con directorio formado por mujeres, muchas protagonistas mías son mujeres. Aunque desde mi primer libro de cuentos, Muros de azogue, me he referido a una parentela que arrastro como la cola de un vestido de novia en el que se pintaron numerosos retratos de personas […] mantengo dos veneros, la provincia y la gran urbe mexicanas y las ciudades del planeta. Y finalmente narradora he inventado mis propias reglas ejerciendo un realismo crítico, costumbrista, milagroso y hasta histórico donde necesito apoyarme en la investigación y donde desfilan una serie de figuras célebres a las que evoco como si fueran amigos que permitieran hurgar en su alma. A veces se me aparecen Salvador Díaz Mirón, Silvia Plath, Isadora Duncan y hasta Leonardo da Vinci, Vincent Van Gogh, Marilyn Monroe y algunos otros. Surgen en altas horas de la noche; esas horas altas en que reina el silencio. Siempre repito que me hubiera gustado ser poeta más que nada en el mundo, inclusive que reina de Inglaterra o emperatriz de Etiopía, aunque el poeta anda descontento aún por las calles del cielo y es un sublevado sempiterno […] los eternos dioses no me dieron el don de esa síntesis perpetua que con un temblor del espíritu nos deja temblando para siempre en actos reflejos; sin embargo, esos mismos dioses se apiadaron y me han permitido pergeñar cuentos con dos mensajes, el descubierto de primera intención y el que deja pensando. … la mayoría de los personajes pertenecientes a un libro todavía inédito y en proceso, Si muero lejos de ti, están vistos con simpatía y se movieron diciendo las frases que puse en sus labios y los movimientos con los cuales intenté rescatarlos […] En literatura querer no es poder. Interviene de manera determinante el segundo de inspiración, una carga eléctrica, las capacidades personales y la voluntad de seguir adelante con lo propuesto a pesar de tropiezos, fracasos y decepciones naturales a un oficio tan complicado. Un sabio, de los muchos que he tratado, decía que la literatura es la profesión más artificiosa y difícil que existe […] Elegí mi vocación sin que nadie lo impidiera. La aceptaron de buena gana con el único requisito de que aprendiera a cocinar (a lo mejor para que me casara y olvidara el asunto). Tuve la oportunidad de ir a Ciudad Universitaria cuando ese Patrimonio de la Humanidad estaba lleno de maestros notables en todas las disciplinas… … no hablo de la desgracia con facilidad ni lloro con frecuencia; pero sé lo que significan unos cambios de suerte repentinos y dramáticos que marcan muchos de mis párrafos y dan sentido a varias tramas. ¿Serán las volteretas del destino el santo temor de Dios del que hablaban las monjas del colegio? Como ven, en pocas líneas intenté decirles quién he sido, lo que soy y cómo pretendo terminar mi vida. No cuando decline el día, en alta mar y de cara hacia el horizonte, sino al pie del cañón, escribiendo hasta que me alcancen la fuerzas y compartiendo el cariño de ustedes”. ¿Qué más podemos pedirle, que su buen decir, buen escribir y buen pensar? Se trata, pues, de una de las mujeres más relevantes de la cultura contemporánea de México. Nos felicitamos todas y todos por tener, querer y poder disfrutar a Beatriz Espejo. Gracias por ello, querida Beatriz.
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