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Inicio La Manzana Flechada Al rescate de Monsiváis (3a. parte)
Al rescate de Monsiváis (3a. parte) PDF Imprimir E-mail
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Cuando una persona del auditorio preguntó: “¿Acaso ha habido un tiempo en México en el que la cultura no haya estado en crisis?”, Carlos Monsiváis miró el asunto desde otra perspectiva:

Yo no veo una crisis marcada en la cultura. Siempre ha habido grupos, siempre ha habido lectores, siempre ha habido eruditos, siempre se ha leído. En este sentido, no se puede hablar de crisis de la cultura; de lo que se puede hablar es de obstáculos a la difusión cultural, de impedimentos a lo que puede ser tan enriquecedor, como la música clásica, la ópera, el buen teatro; de falta de información. No hablo de crisis de la cultura porque estoy ante un público de lectores, de asistentes al teatro y de partidarios de la buena música. Hablo de crisis de la información cultural. Hablo de la situación económica que le impide a los interesados, en su mayoría jóvenes, incluso comprar periódicos. Es un momento de abatimiento de los recursos que se traduce en reducción personal y social de los estímulos, eso sí, pero crisis cultural en el sentido de merma del interés, nunca se ha dado.

 

Otro asistente a la plática expresó su convicción de que la cultura y el arte siempre han sido segregados, quizá no sólo en nuestro país, y señalo su convicción de que los ciudadanos podemos contribuir a modificar esa situación. Esa persona del público comentó sobre su propia experiencia:

Puede lucir más que haya programas en los que estén involucrados políticos y a lo mejor en otras partes es menor la difusión, pero dependen mucho de lo que uno proponga […] yo tengo un par de hijos pequeños y soy muy exagerado y dramático cuando les hablo de cosas de la Independencia y por eso creo que ellos tienen una visión diferente [a la de otros niños de su edad]. Entonces supongo que la postura depende mucho de nosotros. Por otro lado, creo que es verdad que muchas veces en espacios [organizan celebraciones] que son más bien como una farsa, pero tampoco podrían pasar desapercibidos, siendo que eso genera identidad, y la cultura es identidad. Entonces tal vez depende mucho de lo que nosotros aportemos...

 

De nuevo, Carlos Monsiváis abordó la problemática desde un ángulo diferente, que cuestiona el discurso sobre la carencia de recursos para la cultura:

Desde luego, pero ¿uno no puede pagar una gran exposición? ¿Cuánto costó la exposición del Greco? Fue solventada por empresas españolas, y una parte por el gobierno mexicano. ¿Cuánto costó la exposición del Faraón? Son cifras realmente categóricas que uno no puede intentar siquiera, pensando colectivamente, resolver.

Tampoco es cierto que haya habido siempre una indiferencia estatal hacia el arte. En el cuatrienio de Álvaro Obregón el apoyo a la cultura mural, a la audición de clásicos, a la música, etcétera, fue muy importante, con Vasconcelos como secretario de Educación. En efecto, fue una manera distinta, generosa de concebir a la cultura desde el Estado. Puede ser un acto excepcional y siempre hay que destacarlo porque desde entonces los secretarios de Educación han luchado contra la sombra de Vasconcelos.

Ahora también lo que queda en evidencia es que frente a la cultura y a las artes, en una época de Internet, que le permite a los usuarios tener acceso a una cantidad inmensa de información, la actitud del gobierno, de los gobiernos, puede ser distinta. Ya no puede conformarse con ciclos de cine y ese tipo de cosas, cuando cualquiera puede bajar una película, o música, o lo que sea. Creo que estamos viviendo un momento en que la tecnología rebasa las capacidades del Estado, pero donde las ofertas del Estado siguen haciendo falta…

Con esa irrefutable afirmación concluyó Carlos Monsiváis su participación en el World Trade Center el año pasado. Una intervención más breve de lo que hubiéramos deseado sus escuchas, pero reveladora y brillante, como tantas otras dignas de ser rescatadas y recordadas.

Así era el gran Carlos. Ha pasado casi un mes desde su deceso, que tanto nos consternó. Necesitamos no sólo recordarlo con cariño y respeto, sino releer su fructífera obra, así como retomar y reproducir su espíritu crítico. De esa manera, su obra quedará entre nosotros, y él también.

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