| Ahora, la acuarela |
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Soy coyoacanense y, por tanto, mucho me honró presentar mis pinturas en ese soberbio espacio, además de que me entusiasma el hecho de que, por tradición e historia, Coyoacán es un lugar donde florece el arte en todas sus modalidades (literatura, música, pintura…) y donde se respira una exquisita sensibilidad. Confieso que no me resulto fácil preparar los materiales para esta muestra, pues la acuarela representa una serie de complejidades técnicas y retos a la imaginación. Pero admito, también, que fue una experiencia muy enriquecedora. En mi presentación ponderé todas las enseñanzas recibidas de mis maestras y maestros, con una mención especial para María O’Higgins, mi primera maestra, quien comenzó a orientar mi vocación pictórica cuando yo tenía apenas siete años de edad. Al propio tiempo honré la memoria de mis padres, que fundamentaron mi existencia y desarrollo humano. Pero hoy quiero, sobre todo, queridos lectores y lectoras, rendirle un homenaje especial a la manzana en sí misma, fruto estrechamente vinculado a mi obra, al que en ocasiones acompaño con otras figuras, como los colibríes, que representan el color y la libertad, o los búhos, que saben escudriñar la noche. La manzana es un símbolo inconfundible de vida, salud, felicidad y amor, ya que bajo la fronda de un manzano se concibió la mismísima esencia de la relación entre Dios y la humanidad. Al pintar ese fruto, ícono del paraíso, y también de la belleza y la sabiduría, he incorporado la flora y la fauna con la intención de agrandar el edén. He llegado también a la conclusión de que mi intención creativa apunta hacia la gran suma del universo: el mundo vegetal y el animal en plena armonía y complementariedad. Por eso, cuando pinto una manzana me imagino el infinito y al trazarla pienso que plasmo con mis pinceles todas las manzanas. Y, en medio de todo esto, un manzano que se erige como el casillero central de un cosmos mágico. Su rojo fruto habrá de ser el símbolo final de las absurdas querellas de Jehová que, bien mirado, nos quitó el jardín pero nos dio, a cambio, el fruto del bien y el mal que cancelaba la utopía para dar inicio a la libertad. Pintar una manzana es como probar el sabor de una frutal leyenda que refulge en el blanco mediodía de Grecia o atardece y se congela en las viejas historias bretonas y germánicas. Según las creencias de los turcos, el manzano es el árbol que está a la derecha del trono de Dios y cuyas cargadas ramas crecen hasta alturas inaccesibles para los ángeles… y ya no digamos para los pintores. Pintar una manzana es también recordar las grandes pasiones que este fruto ha desatado. Basta, como ejemplo, traer a la memoria lo que nos cuenta la mitología griega sobre la rivalidad que se desencadenó entre Afrodita, Hera y Atenea cuando el bello guerrero Paris tuvo que decidir a quién le daría la manzana de oro que, arrojada por Éride, la diosa de la discordia, debía entregarse sólo a la mujer más hermosa. Tras grandes dudas y aflicciones, Paris se decidió por Afrodita, quien le prometió el amor de Helena de Esparta, esposa del rey Menelao. Así se desató la guerra de Troya, uno de los enfrentamientos bélicos más largos y sangrientos que evocan la historia y la leyenda. De los orígenes de este conflicto surgió la expresión “La manzana de la discordia”. No olvidemos que la manzana también ha sido inspiración para los científicos, como aquella que le ayudó a Newton a comprender la gravedad. Qué más se puede decir de ella, si a una de las ciudades más importantes y cosmopolitas del mundo, Nueva York, se le conoce como la Gran Manzana. INCLUDEPICTURE "../../../Estudio%20Martha%20Chapa/AppData/Local/Microsoft/Windows/Temporary%20Internet%20Files/Content.IE5/BEYD6JTF/images/bigapple.gif" \* MERGEFORMAT \d Por todo esto, quizá el primer nombre de la mujer no fue Eva, ni Lilith, ni Pandora, sino Manzana. Todos estos pensamientos, divagaciones incluso, me inundaron mientras preparaba la obra que habría de exponer en el bello Museo Nacional de la Acuarela, lugar de gran tradición que fue creado en 1967 por el notable acuarelista Alfredo Guati Rojo. Desde luego, ratifico mi más profundo respeto e infinito agradecimiento a la pintora Beatriz Gaminde, directora de este gran museo y centro cultural, por su gran capacidad, su generosidad y profesionalismo, así como a quienes participaron en el acto inaugural de la exposición. Doy las gracias, también, a la talentosa y creativa Lupe Rivera, mi gran amiga desde hace muchos y fraternales años; a Laura Esquivel, también maravillosa amiga, extraordinaria escritora y toda una luchadora social, quien trabaja activamente a favor de la cultura de Coyoacán. Y a mi compañero Alejandro Ordorica, hombre lúcido y solidario que ha sido y es clave de mi vida. Y concluyo hoy con la idea de que el arte detiene el tiempo y a veces lo multiplica e invito a ustedes, mis queridos lectores, a elevar nuestras voces en un canto cotidiano afín al espíritu, a la creación y a los grandes ideales de la humanidad: saber, prosperidad y paz.
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