| A nuestra querida familia Burrón |
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En sus relatos, sus personajes, sus textos, sobresalen mitos y realidades que constituyen una genuina aportación social. Fue, sin duda, un retratista único y genial de la sociedad urbana de su tiempo, que vive, sufre, y a momentos se regocija en este México; tanto en la legendaria ciudad de los años cuarenta, como en la metrópoli de las décadas posteriores. Porque don Gabriel Vargas se mantuvo actualizado, vigente, enterado de las vicisitudes de los capitalinos –sobre todo de los de las clases populares–, a lo largo de más de sesenta años. Desde sus inicios trazó con el filo de su pluma de dibujante y literato a sus entrañables personajes que pululan y se multiplican entre nosotros, con una buena dosis de lo que somos, pensamos y actuamos los mexicanos en general. Un verdadero tratado de cultura popular. Así, desfilan con sus pasiones, actitudes, sentimientos, emociones, los miembros de esa enorme gran familia que nos abarca a todas y a todos, al grado de que, como se diría hoy: “Todos somos los Burrón”. ¿Quién no tiene algo de la pícara Borola Tacuche, o del propio don Regino, su esposo, más sosegado y prudente –a veces, incluso, abnegado–, además de hábitos, costumbres y actitudes tan nuestras que Vargas miró con un ojo crítico, certero y demoledor? Personajes que pintan a México mismo y sus desigualdades. ¿Cómo no recordar, entonces, pues es todo un agasajo, a la ricachona doña Cristeta Tacuche, tía de Borola, con sus pretendientes de nombres rimbombantes e hilarantes; sus caprichos, despilfarros, ostentaciones y tacañerías, tan evidentes en las clases opulentas, más aún bajo el envolvente humor corrosivo de Vargas, del que nada ni nadie se salva. Y ahí está otro riquillo creado por este espléndido dibujante y argumentista: el tan ingenuo e ignorante como adinerado y voluminoso Tractor. ¿Y qué podemos decir del macho y enamoradizo don Briagoberto Memelas y su inseparable Divina Chuy? O el deprimente ladrón redimido que no puede escapar de vivir al margen de la ley contra su voluntad y buenos deseos: Ruperto Tacuche, hermano menor de Borola. Don Gabriel Vargas fue, sin duda, un hombre que gracias a su sensibilidad, perspicacia e ingenio se elevó muy alto, al grado de encabezar a los autores de la historieta mexicana, además de abrirles un horizonte a muchos otros que han incursionado en lo que luego se conocería como el cómic. Recuerdo cómo, en mi adolescencia, cada semana esperábamos con suma expectación cada número de la Familia Burrón en el puesto de periódicos para enterarnos de los gozos y sufrimientos de aquellos personajes que sentíamos como de nuestro entorno. Su lectura nos conmovía, enseñaba y divertía sabiamente. Desde luego, no faltaban sus impugnadores, apenas unos cuantos, que no aceptaban ni resistían verse retratados tal cual, con su hipocresía y mezquindades en la crítica punzante del afamado autor. Por fortuna, pesaron más las mentes libres y sensatas que permitieron que Vargas fuera reconocido con el Premio Nacional de Ciencias y Artes 1993, otorgado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Por lo demás, aunque nunca se le otorgó formalmente un título, se le consideró el cronista urbano por excelencia de la capital mexicana del siglo XX. Otro gran mexicano, Carlos Monsiváis, dijo alguna vez, con todo acierto que “en Vargas, la compasión y el humor se unen para entregarnos el gran fresco de la ciudad de México”. Por eso, don Gabriel Vargas se queda aquí, con nosotros, con su obra incomparable y extensa, a través de sus inolvidables trazos y textos que dieron forma y contenido a nuestra queridísima, admirada y siempre vigente Familia Burrón.
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