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Un gran acierto del gobierno actual fue la decisión de emprender un programa orientado a la adquisición de bibliotecas privadas para transformarlas acervos de consulta pública, abiertos a toda la ciudadanía. Más loable aún es que tales acciones tendrán el respaldo de un nuevo consejo asesor interdisciplinario y plural, constituido por 25 destacadas personalidades.
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Bien sabemos que el hostigamiento, el abuso y la explotación sexual de menores de edad son un pesado y vergonzoso fardo en diversos países.
México, por desgracia, no está entre las excepciones que se registran en el mundo.
Al contrario, esos delitos y conductas antisociales se han incrementado en México, sobre todo en algunos centros turísticos, al grado de conformar una cultura criminal y deshumanizada, casi diríamos que una anticultura.
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Terminó, por fin, el arduo 2010 y comenzó el 2011, pero la violencia en nuestro México no descansó ni un día.
Desde el punto de vista estrictamente cronológico, podemos decir que se cerró un ciclo y se abrió otro, pero con elevados índices de ejecuciones, secuestros y extorsiones.
Lo peor es que sabemos que los días teñidos de sangre no terminarán pronto, pues las autoridades federales nos han señalado una y otra vez que la lucha contra el crimen proseguirá hasta el final del sexenio del presidente Calderón.
Y no tendría por qué objetarse tal decisión, si no fuera por la evidente falta de estrategias en el campo de la inteligencia de los cuerpos de seguridad pública.
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Entre los estertores de este agonizante 2010 reaparece el ya proverbial consumismo, quizá un tanto debilitado por la actual crisis económica, pero a fin de cuentas incontenible.
Así, atestiguamos el afán –casi compulsión– de quienes deciden comprar sin ton ni son, arrojados a un tránsito frenético por tiendas y almacenes. Otra corriente irrefrenable son los flujos de turistas que parten de las ciudades hacia las playas y otros centros de diversión o descanso en el país, donde es muy probable que gasten hasta el último centavo de su aguinaldo, e incluso quizá más de eso, lo que los llevará a comenzar el 2011 con el pesado fardo de las deudas. De igual forma, comprobamos que los restaurantes están atestados de comensales en brindis navideños o comidas para despedir el año y celebrar el advenimiento del 2011.
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Ya sabíamos que la población no responde con el interés que sería deseable a la oferta habitual de la cartelera cultural ni asiste con la frecuencia esperada a las diversas instalaciones de que disponemos para estos efectos.
Nos referimos, claro, a las variadas opciones que nos brindan teatros, cines, salas de conciertos, casas de la cultura, galerías, museos, etcétera.
Sabíamos también que algo similar ocurre en cuanto a las bibliotecas, que están subutilizadas por falta de interés del alumnado nacional y del público en general, quienes poco las visitan y menos todavía las utilizan.
Esa falta de interés por las propuestas culturales no es nueva, sino que la arrastramos desde décadas atrás. Sin embargo, el saber que se trata de una conducta arraigada no nos impide mirar con tristeza que muchos foros se quedan a medio llenar, y los museos y las galerías con frecuencia están semidesiertos.
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