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Aunque tardíamente, el gran escritor mexicano José Agustín recibe en estos días un justo reconocimiento en la ciudad de México. Se trata de la Medalla al Mérito en las Artes 2011 que otorga la Asamblea Legislativa del Distrito Federal.
Un premio que sin duda merece este autor que destacó desde muy joven con sus primeras novelas. Recordemos que apenas siendo un veinteañero publicó La Tumba (1964) y De perfil, que marcaron un hito allá por los años sesenta. En ellas José Agustín retrataba a la ciudad, a sus jóvenes clasemedieros, su habla, su rebeldía frente al asfixiante modelo autoritario y paternalista que prevalecía, lo mismo en la familia que en la escuela o en el gobierno. De aquellos años data también Diario de un brigadista, producto de sus incursiones juveniles en Cuba. Son obras que se constituyeron en un parteaguas dentro del horizonte de la literatura contemporánea de nuestro país y que dieron inicio a la llamada literatura de la onda.
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Si bien la Semana Santa tiene un origen religioso, lo cierto es con el correr de los años ha adquirido, por lo menos en México, interpretaciones diversas que dan lugar a prácticas que conforman toda una cultura de nuestro tiempo.
Veamos si no:
En el plano gubernamental es ocasión para dar rienda suelta a los afanes clientelistas de las autoridades que sólo buscan sacar el mayor beneficio de cada situación. Por ejemplo, ha servido para que el jefe de gobierno Marcelo Ebrard convoque a tomar el sol y nadar en las playas artificiales que cada año instala en la ciudad de México como parte de sus acciones populistas y electoreras.
Si nos refiriéramos en general a la población pudiente, hay que admitir que espera con reloj en mano el momento de partir a las playas de verdad. Otros sectores menos adinerados buscan por lo menos agenciarse algún viaje a un centro turístico cercano donde haya cupo y precios accesibles para que el presupuesto rinda lo suficiente para aprovechar estas cortas pero nada despreciables vacaciones.
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Decía don Alfonso Reyes, ese sabio e inigualable prosista contemporáneo –por cierto, paisano mío– que si consideramos que tanto un mueble como un vestido pueden ser objeto de arte, entonces deberíamos incluir y darle esa misma categoría a la gastronomía, aunque se trate de un arte efímero.
Respaldo esa idea plenamente como artista plástica e investigadora gastronómica, pues detrás de un platillo que valga la pena anida todo un proceso creativo, con sus propios elementos (en este caso, ingredientes), técnicas particulares (modos de cocinar) y composición (presentación visual).
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La apertura de un nuevo museo es de por sí un hecho digno de celebración, pero resulta aún más elogiable cuando su infraestructura y contenido poseen una relevancia nacional e incluso internacional.
Me refiero al recién inaugurado Museo Soumaya, que se erige monumental en la colonia Polanco, con un diseño tan peculiar que está en vías de convertirse en un icono urbano y seguramente con el tiempo será una referencia patrimonial de la ciudad de México.
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Al cumplir sus setenta años de edad y a cincuenta años de su debut en México, Plácido Domingo celebró en grande, con un concierto inolvidable en el Auditorio Nacional.
Lo acompañaron dos talentosas mujeres: la soprano Virginia Tola y la directora Alondra de la Parra, quien estuvo al frente de la magnífica Orquesta Sinfónica de Minería.
El programa musical fue de excelente gusto y mostró un atractivo equilibrio, pues en su primera parte se conformó básicamente con canciones de cámara, arias y opereta, mientras que en la parte complementaria se centró en la música popular, donde Plácido Domingo lució en piezas musicales como Amor, vida de mi vida, No puede ser, La calle donde vives, Júrame y Bésame mucho. La soprano Virginia Tola tuvo igualmente afortunadas interpretaciones, como la de Canción de Paloma, Las carceleras, Te quiero, dijiste y Contigo a la distancia. Para mayor gozo del auditorio, cantaron a dueto bellas composiciones internacionales, como Tonigth y El día que me quieras. Por su parte, la orquesta dirigida por la joven Alondra de la Parra interpretó piezas de gran aceptación del público, como: la obertura de la ópera Carmen o el siempre disfrutable Huapango de Moncayo.
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