| Un México en paz, justo, próspero… y con sazón |
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Es decir, tenemos que ir más allá de las siglas, los colores y logotipos que tradicionalmente se manejan en un proceso electoral. Además, sería muy conveniente darnos tiempo para evaluar con especial atención el gobierno del presidente Felipe Calderón, con todo rigor y objetividad, con sus logros, fracasos y pendientes. Así contaremos con elementos que nos permitan poner en claro en primer lugar cuál es el rumbo que debe adoptar nuestra nación en el corto y mediano plazo. Sólo de esa manera tendremos plena capacidad para decidir por quién votar. Por supuesto, hay una serie de asuntos de la mayor relevancia que debemos considerar, como la inseguridad pública y el desempleo. Pero de igual forma tenemos que pensar con mayor concreción en las características que debe tener ese presidente que México necesita para actuar con eficiencia, honestidad, lucidez, entrega y patriotismo durante el periodo constitucional 2012-2018. De antemano sabemos que no existe el presidente ideal y por lo tanto sería ocioso esperar que aparezca ese ser iluminado que vendría a resolver todos los problemas, como ilusamente muchos anhelaban en décadas pasadas. En otras palabras, no se trata de tan solo poner en práctica una receta para cocinar un platillo, pues incluso en la elaboración culinaria para lograr un resultado óptimo se requiere seleccionar con cuidado los ingredientes y aportar la sazón adecuada. Por eso, es fundamental que la ciudadanía participe y se adentre cada vez más en los problemas, retos y soluciones del país. No desconocemos la importancia de los otros dos poderes, el Legislativo y el Judicial, pues cada uno tiene sus propias responsabilidades, su peso específico y, sobre todo, sus facultades y prerrogativas. Sin embargo, en estos momentos es importante pensar de manera especial en el futuro presidente de la República, por lo que desde mi punto de vista su perfil básico debería establecerse en función de toda esa gama de retos que enfrentamos en el México actual. Requerimos de una persona con carácter, decisión, audacia, honestidad y disciplina. Y, aunque parezca mucho pedir, alguien que nos dé razones fundadas para confiar en que sabrá cumplir todas sus promesas emitidas antes y después de la campaña electoral. Además, que sea un demócrata, convencido de la libertad como ingrediente indispensable de una sociedad justa, equitativa y próspera. Un presidente o presidenta que valore la importancia central de la educación en el desarrollo de cualquier nación; que haga un esfuerzo auténtico para abatir el rezago en la materia y lograr que nuestros jóvenes puedan tener la opción de acceder a la educación superior. Asimismo, que luche por una economía que vaya concluyendo con las terribles marginaciones que padecemos, a fin de que nadie en México carezca de la seguridad social, de una vivienda digna, de un empleo remunerativo y, en fin, que se acerque a los grandes ideales que están claramente precisados en nuestra carta magna. Si aplicáramos términos gastronómicos, bien podríamos pensar en un presidente que procure la consecución de una sociedad rica, con sabor, consistencia, textura, y muy lejos de ser y parecer descompuesta o insípida. Una realidad que sólo alcanzaremos si previamente analizamos nuestra situación actual para diseñar su transformación y contribuir a ella con nuestro esfuerzo y compromiso, a la vez que con la vigilancia y exigencia a nuestros mandatarios. Llegó ya la hora de esos grandes cambios, que de ninguna forma dependen de una persona, de unos cuantos o de una oligarquía. Se trata de construir una democracia real y actuante que nos abarque a todos y todas.
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