| Un gran adiós a don Carlos |
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Hace unos días, con el sentido deceso de don Carlos Abedrop, volvimos a reflexionar sobre este tema, pues si bien aparecieron muchas esquelas de los más diversos grupos u organizaciones que llegaron a recibir su siempre generoso apoyo, los propios medios de comunicación no se tomaron la molestia de recoger con precisión y suficiencia la valiosa participación del empresario ni sus invaluables contribuciones, tanto en el plano del desarrollo económico del país, como en cuestiones de orden social y cultural. Es decir, se mostró una desproporción entre el suceso y la cantidad o calidad informativa que recibimos al respecto. En efecto, las importantes tareas que emprendió Carlos Abedrop no sólo se inscribieron en el terreno empresarial, donde creó y dirigió importantes instituciones, entre que las que destaca el Banco del Atlántico. Además, por ejemplo, siempre otorgó un respaldo incondicional a su alma máter, la Universidad Nacional, donde se formó como economista. Eso lo condujo a participar directamente en el Patronato Universitario, desde tiempos de la rectoría del ejemplar Javier Barros Sierra. Y qué decir, por ejemplo, de la donación de todo un edificio para la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Economía, dentro de la actual gestión del doctor José Narro. Su meritorio trabajo también se orientó a los organismos gremiales o sectoriales, lo mismo al frente de la Asociación de Banqueros de México que en la Cámara Nacional de Comercio de la Ciudad de México. Alentó, asimismo, el intercambio económico y cultural entre México y Francia, y desde luego fue pieza clave en la Fundación Mexicana para la Salud, institución sin fines de lucro dedicada a la promoción de la investigación y la divulgación, que incluso presidió en sus primeros años. Miembro de una familia coahuilense cuya filosofía es el esfuerzo y el trabajo, Abedrop fue fincando una brillante carrera profesional y empresarial, acerca de la cual se registran múltiples testimonios. Desde esta tribuna trato de enmendar, aunque sea de manera modesta y simbólica, la insuficiencia informativa acerca de este notable mexicano. Pero, sobre todo, quiero expresar mi afecto y solidaridad hacia su apreciable familia, manifestación a la que, por cierto, se suma mi compañero Alejandro Ordorica, quien lo conoció y trabajó un par de años con él en el Grupo del Atlántico. En lo personal, especialmente envío de nueva cuenta un fraternal abrazo a sus hijas.
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