| Política carpera |
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Tales sucesos implican anécdotas que guardan diversas reminiscencias con el pasado. Veamos: Creo, por ejemplo, que existen rasgos de esa picaresca literaria en algunos de sus episodios, como podría ser El Periquillo Sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi. En otros tiempos podríamos acomodar tales desfiguros dentro del mercado que describiera, con todas sus apasionantes intrigas, chismes y pleitos, el magistral escritor Manuel Payno en su novela Los bandidos de Río Frío. Claro que estas situaciones también podrían pertenecer a alguna de las célebres crónicas de la excelsa obra de don Guillermo Prieto o, ya entrado el siglo XX, no le piden demasiado a una parodia de Roberto El Panzón Soto en los años treinta, con sus obligadas adaptaciones donde se mostraban los estertores políticos de la época en el carcajeante teatro de revista, impregnado siempre de una sátira demoledora. De igual forma, si dirigimos la mirada a los años cincuenta debemos incluir los filosóficos y desternillantes comentarios del inolvidable cómico Jesús Martínez, Palillo, quien tantas veces visitó la cárcel a causa de sus atrevidos sketches. Claro que si buscamos similitudes en épocas más cercanas a las actuales, no podemos dejar de lado el memorable estereotipo de Cantinflas, con su desvencijado sombrerito, cuya versión en el 2009 podría ser la banda tricolor en la frente que lleva inscrito el nombre “Juanito”. En ese símil, el justo equivalente del paliacate rojo al cuello de Mario Moreno vendría a ser la corbata –también roja– que aventó Juanito en plena sesión de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal después de rendir protesta como jefe delegacional en Iztapalapa (y minutos antes de solicitar licencia a su recién asumido cargo). Pero mejor volvemos a la literatura para advertir otras vertientes que preceden a este caso y que aparecen a través del humor irónico de grandes escritores, como Jorge Ibargüengoitia en su imprescindible La ley de Herodes. Pero también se muestran caricaturizados en los cómics, de modo particular en los reveladores e inolvidables Agachados de Rius. Desde muchos ángulos, lo ocurrido en las últimas semanas en el caso de Iztapalapa parece extraído de la más tradicional picaresca popular, salpicada ironía y, a veces, de un humor muy negro. Baste ponernos a adivinar con qué habrá amenazado o seducido Marcelo Ebrard a Rafael Acosta, Juanito, para “convencerlo” de abandonar su muy anunciada decisión de permanecer a toda costa en el cargo de jefe delegacional. ¿Le mostró expedientes con asuntos delicados sobre su vida o la de sus familiares?; ¿quizá ejerció sobre él presiones físicas y sicológicas? O, por el contrario, ¿funcionó alguna ofrenda apetitosa de oro, mirra e incienso que puso a sus pies? El caso es que Juanito se nos fue, lo que para algunos es una lástima, pues constituía una distracción y entretenimiento gratuito para las familias mexicanas, ahora que todo está tan caro. Todo este sainete nos ha puesto en evidencia el lodazal acumulado de la política petista (López Obrador), perredista (Clara Brugada) y un soterrado priismo (Marcelo Ebrard). Un sainete cuyo inicio es el conocido y patético mitin de Iztapalapa, que atravesó por una infinidad de dimes y diretes, con el notorio y unánime aplauso de la ciudadanía frente a la desvergüenza y el ridículo del Peje, más despótico y truculento que nunca, quien sin preocupación alguna optó por manipular el voto ciudadano. A esto se suma la postura de un jefe de Gobierno que actúa a nuestras espaldas, y como aporte adicional tenemos las chocarreras actuaciones de diversos grupos de presión. De carcajada, sí, pero también de agravios cívicos inaceptables y patente –y penosa– degradación social.
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