| Otro gran problema |
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Y si a estas nefastas realidades agregamos el hecho de que la primera causa de mortalidad de los adultos en México es la diabetes, el caso alcanza grados casi apocalípticos. Nos referimos, entonces, a esos millones de personas que presentan sobrepeso y obesidad, lo que es un factor de riesgo para la presencia no sólo de la devastadora diabetes, sino de otras enfermedades crónico-degenerativas, como la hipertensión arterial, las enfermedades cardiovasculares y los tumores malignos. De verdad, tan alarmante situación exige que se inicie a la brevedad una cruzada nacional que lleve información y medidas de prevención a lo largo y ancho del país. Estos males implican, además, inversiones desmesuradas debido a los gastos hospitalarios, tecnológicos y farmacéuticos para atenderlas, a lo que se suma la pérdida de horas laborales a causa de tales padecimientos. También en días pasados fuentes oficiales señalaron que tan sólo en el 2009 el sector salud gastó más de 42 mil millones de pesos en atender la obesidad y las enfermedades asociadas con ella. A ese monto hay que agregar otros 25 mil millones de pesos que se han perdido por la falta de productividad derivada de la obesidad y sus padecimientos asociados. Se dice, incluso, que de no revertirse a corto plazo estas peligrosas y devastadoras tendencias, pronto se rebasará la capacidad instalada de clínicas y hospitales. Tenemos, por tanto, que ahondar en estrategias propias de la medicina preventiva; es decir, modificar nuestros hábitos alimentarios, fomentar la actividad física y crear más conciencia en torno de estos graves males. Ojalá que el recientemente anunciado Acuerdo Nacional para la Salud Alimentaria, Estrategia contra el Sobrepeso y la Obesidad sea algo más que una lista de buenos propósitos y conduzca hacia acciones prontas y eficaces. Será necesario también que a estas campañas de concientización y prevención se sumen los empresarios, sobre todo los de la industria alimentaria, para que hagan un esfuerzo a fin de que sus productos contengan más nutrimentos y se reduzca en ellos la presencia de ingredientes dañinos, como harinas refinadas, azúcares y grasas que, con otros factores, contribuyen a la aparición del sobrepeso y la obesidad. Pero, sin duda, el factor fundamental será la orientación y educación de niños y jóvenes –sin exclusión de la población adulta– para que se habitúen a comer de manera correcta, se alejen del sedentarismo, se interesen por cuidar su peso y eviten así las enfermedades asociadas con la obesidad. Como se ve, tenemos en casa una bomba de tiempo, independientemente del tan publicitado virus A-H1N1, así como de otras enfermedades que hasta hace pocos años ocupaban los primeros renglones de la tabla de mortalidad nacional. Sin subestimar a estas últimas, que aún hacen estragos en nuestra población, es urgente que nos aboquemos ahora en mucho mayor grado a la inaplazable misión de reducir al mínimo la cantidad hombres, mujeres, jóvenes y niños obesos en este país. Es ahora o nunca.
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