| Otra vez, la inseguridad en el D.F. |
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Transcurrió ya más de un año de aquella macroreunión que convocara el presidente Felipe Calderón (donde, por cierto, se elevó indignada la demanda de Alejandro Martí: ¡Si no pueden, renuncien!), sin que se tengan buenos resultados. Vemos que en algunos rubros baja la incidencia de un delito, pero a la par sube en otros. Ahora se registra un capítulo más en la ya larga historia de incompetencias del gobierno de la ciudad de México. Resulta que el presidente Felipe Calderón, en otra de sus ocurrencias, envió a la Cámara de Diputados hace unos días una iniciativa de ley en materia de seguridad pública para la capital del país, lo cual tensó aún más la relación entre Federación y el Distrito Federal. El roce se debió también, hay que decirlo, a los conocidos desplantes irresponsables de Marcelo Ebrard y su subordinación a Andrés Manuel López Obrador, a quien ya sólo unos cuantos le siguen llamando “presidente legítimo”. Lo cierto es que el actual Jefe de Gobierno, a tres años de su gestión, no había adoptado ninguna acción efectiva en el marco legal para enfrentar la problemática de la inseguridad y la delincuencia en la ciudad capital. Todo se quedó en la retórica, el discurso, la palabrería. Eso sí, el jefe de gobierno se queja y muy protagónico frente a los medios de comunicación enarbola una supuesta o aparente defensa de los capitalinos al decir que la iniciativa presidencial constituye una intromisión y atenta contra la autonomía capitalina. Hay que reconocer que el presidente Calderón tampoco había tomado medidas al respecto, pese a que ya había transcurrido la mitad de su gobierno, por lo que es inevitable pensar que su propuesta legislativa tiene una intención electoral o, peor aún, electorera. Sin embargo, la iniciativa de la Federación dio el primer paso, y eso es positivo, aunque hubiera sido más plausible y eficaz establecer una previa coordinación entre ambas instancias –federal y estatal–, con aportaciones de ida y vuelta. El caso es que aquí se juntan la omisión de Ebrard y la desconsideración de Calderón, aunque es preferible la segunda, pues por lo menos ofrece una alternativa ante la inseguridad de la ciudad, con propuestas quizá cuestionables, pero que finalmente pueden dar pauta a encontrar soluciones de fondo, a pesar de que los perredistas la cataloguen de “retrógrada e injerencista”. Lo peor es que, de no ponerse de acuerdo, ganará una vez más la delincuencia, a costa de la ciudadanía. Así, se pone de manifiesto una vez más que los políticos de hoy están peor que nunca, sean azules o, como dice la propaganda del PRD, pintados de amarillo.
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