| Nuestro querido y admirado Japón |
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Quienes miramos a larga distancia los acontecimientos posteriores al terremoto y el tsunami que azotaron aquel archipiélago apenas en febrero, debemos revisar lo ocurrido allá y actuar en nuestro propio ámbito. Cabe acotar que cuando hablo de distancia me refiero al aspecto geográfico, pues en nuestro ánimo Japón está muy cerca y la lejanía física no debe impedir nuestro apoyo e inmediata solidaridad. Decía, pues, que el caso de Japón nos debe llevar a reflexionar. Por ejemplo, es inevitable pensar que el mundo no puede seguir en esta carrera, tantas veces irresponsable, de la multiplicación de plantas de energía nuclear sin una justificación absoluta y, todavía más, sin extremar las medidas de seguridad más allá de los parámetros convencionales. Aquí, en México, tuvimos ya por desgracia un caso poco claro, pero preocupante, relacionado con la nucleoeléctrica de Laguna Verde, en Veracruz, que no ha sido dilucidado del todo por las autoridades. Esa política oscurantista continúa, pues un día después del accidente en Japón las autoridades mexicanas se apresuraron a decir, sin siquiera tomarse la molestia de recabar suficiente información, que en nuestro país eso no podría pasar, y a anunciar que no se detendrán aquí de ninguna manera los planes vinculados a la generación de energía nuclear. ¿Qué les costaba, digo yo, informarse un poco más, reflexionar otro tanto y después opinar con sustento, pero, sobre todo, revisar la situación que prevalece en las instalaciones que generan energía nuclear y replantear nuestras alternativas y soluciones en el corto y mediano plazo? Y qué decir del resto del mundo, pues como todos sabemos, no es la primera vez que ocurren accidentes nucleares. El más grave y que tuvo efectos de verdad nocivos e irreversibles fue el ocurrido en la planta de Chernobyl, Ucrania, en abril de 1986, que llevó la radiación letal a buena parte de Europa y dejó decenas de miles de víctimas . Asimismo, resulta conmovedor testimoniar la admirable conducta del pueblo japonés, que incluso en las situaciones más adversas mantiene el orden, el respeto por sus conciudadanos y por sus autoridades, así como la disciplina, y hasta diría yo, un sentido de espiritualidad que les viene en gran medida de sus concepciones budistas. El caso es que urge la solidaridad y el apoyo a ese pueblo ejemplar. Debemos hacer nuestro su dolor, pero también su ejemplo, pues hoy, ante la adversidad, nos están mostrando su enorme estatura: un pueblo sabio, trabajador, comprometido, de férreo carácter y espíritu elevado. No deja de ser preocupante, sin embargo, que además del registro de las ya casi 20 000 víctimas, entre muertos y desaparecidos, exista un número indeterminado de personas contaminadas por la radiactividad, que puede implicar serias consecuencias para su salud. De igual forma, se han registrado pérdidas económicas hasta ahora casi incuantificables, que exigirán grandes sacrificios a Japón y, ojalá, el respaldo pleno de la comunidad internacional en su conjunto hacia ese admirable país. Se requerirá, seguramente, un esfuerzo tan grande que llevará muchos años, quizá mayor al que representó su recuperación tras el sorpresivo e injustificable estallido de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en los años cuarenta. Desde luego, implicará la ayuda de los organismos científicos en materia nuclear para contener los nefastos efectos de la planta de Fukushima, así como la aplicación de las medidas más estrictas contra las partículas radiactivas que se hayan llegado a dispersar y evitar que por vía de las corrientes marinas o de los vientos alcancen a otras poblaciones, sean de Japón o no, pues se ha comprobado que llegan a ocasionar daños graves e irreversibles. Por fortuna, hemos comprobado en general la existencia de decisiones prontas y eficientes no sólo de las naciones más poderosas y desarrolladas desde el punto de vista científico y tecnológico, sino también desde la perspectiva de los organismos internacionales y de la mayoría de los países del mundo, sin distingos de raza, credo o ideología. Por mi parte, me solidarizo de todo corazón con el pueblo japonés y hago votos para que se recupere por completo para que a la brevedad vuelva a gozar de su sol naciente y continúe siendo ejemplo para el mundo entero.
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