| No basta con pedir perdón |
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El caso de Marcial Maciel, fundador de la orden de los Legionarios de Cristo, quien llegó a acumular un inmenso poder económico y político, ha resultado cismático, pues ha polarizado las posiciones no sólo dentro de esa comunidad religiosa y en la jerarquía eclesiástica mexicana, sino también en elevadas esferas del Vaticano. Además, por supuesto, ha dado lugar a una indignación generalizada en la sociedad, que va del azoro a la irritación a la medida que se conocen más las villanías del sacerdote michoacano. La protección de la que gozó Marcial Maciel durante el papado de Juan Pablo II, quien se hizo de la vista gorda ante las decenas de denuncias en contra de sacerdote, e incluso llegó a llamarlo “guía eficaz de la juventud”, impidió llegar al fondo del problema. Pese a la complicidad y el ocultamiento de la propia Iglesia, cada vez se hacen mayores revelaciones sobre la doble vida –y la doble moral– que practicaba tan detestable personaje, un verdadero delincuente, quien tampoco fue enjuiciado por las autoridades civiles de nuestro país. Y cuando pensábamos que eran ya demasiadas las bajezas de tal individuo, comprobamos que su deshonestidad y su sevicia no tenían límite, pues hace unos días aparecieron dos de sus hijos –se sabe ahora que tuvo más descendencia– para denunciar que ellos también sufrieron abusos sexuales por parte de Maciel. A la vista de todos quedaron en evidencia nuestras instituciones, especialmente las que pertenecen al ámbito de la educación pública, así como las de orden judicial, pues frente a las demandas y denuncias de varios padres de familia y hasta de miembros de esa orden religiosa, que incluso llevó a algunos de ellos ha escribir un libro donde se delataba a Maciel, no hubo una respuesta oportuna y decidida respecto de estas terribles y vergonzosas conductas delictivas. Y qué decir de la pederastia cometida en otros países, como Estados Unidos, Irlanda o Alemania, tan perversa y oscura, en los linderos de la patología criminal. El daño está hecho y no hay manera de solucionarlo del todo, pues los niños y sus familias quedaron marcados para siempre. Pero si se desea recuperar un poco de credibilidad y respeto por esa institución religiosa, la única forma de reivindicarse ante los fieles es enjuiciar a los delincuentes de sotana en dos ámbitos: bajo el derecho canónico y bajo las leyes de cada país. Nada de eso ha ocurrido hasta el momento. No bastan, pues, los golpes de pecho, los arrepentimientos mediáticos, la consigna del retiro para la reflexión –o para llevar una vida de “oración y penitencia”, que fue el pretendido “castigo” del Vaticano para Marcial Maciel– de quienes cayeron en pecado y, sobre todo, en el delito. De seguir sin tomar cartas en el asunto, la Iglesia católica involucionará, se atará al descrédito permanente y se condenará al éxodo creciente de feligreses.
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