| Ni Calderón, ni Ebrard |
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Así, se dieron a conocer aumentos al IVA, que ahora es de 16%; a la luz, que a lo largo del año llegará a costar 4% más, y al Impuesto Sobre la Renta, que ya asciende, desde el día primero, a 30%. Todos esos incrementos incidirán en la economía familiar, que ya está siendo duramente golpeada con el aumento a la tortilla, el gas doméstico, la gasolina y el diesel, pese a que el presidente Calderón tanto había cacareado que los costos de los combustibles no se modificarían. En casi todos los estratos sociales se percibe el efecto de estas alzas, en especial debido a que los aumentos del diesel y la gasolina provocan una cascada de carestía en diferentes bienes y servicios. Subió ocho centavos por litro la gasolina Magna y nueve la Premium, que han registrado tres incrementos en menos de un mes, de tal manera que en el caso de la primera ha aumentado hasta ahora 2.1%, o sea, de 7.72 pesos a 7.88 pesos el litro. Esto comenzó a incidir ya en una escalada de precios, con todo y que las autoridades se justifiquen con el argumento de que el precio se ubica todavía por debajo de los precios promedio de los combustibles en el mundo. Por su parte, el jefe de gobierno de la ciudad de México, Marcelo Ebrard, nos enderezó una pesada carga impositiva, contraria a la política que en esta materia adoptaron sus antecesores perredistas. Para empezar, mucho impactó en el ánimo popular el alza de 50 por ciento en la tarifa del metro. Pero el asunto no quedó ahí; también se dispararon el predial, el agua, la tenencia, los trámites ante el Registro Civil, entre otros, además de que se estableció una estratificación por zonas mediante cuatro niveles –popular, bajo, medio y alto–, lo cual podría llegar a perjudicar a muchos, pues no falta quien viva en una casa que ha pagado con enormes sacrificios en una colonia considerada con elevado potencial económico, pero que pese a ello sus ingresos no correspondan con esta clasificación por zonas. Este ejemplo se puede multiplicar en otros casos. Y lo peor es que no se ve, en reciprocidad, que en el gobierno citadino prive la austeridad ni que haya ahorros, como tampoco se observa eficacia o congruencia. Cómo no recordar ahora, frente a estas decisiones de los gobernantes en turno, que grupos conformados por respetables analistas –y hasta un Premio Nobel de Economía– han expresado contundentes opiniones en el sentido de que lo menos recomendable es subir impuestos en épocas de crisis. Una vez más, la ciudadanía se siente agredida y decepcionada por tales autoridades, que desde sus cómodas y lujosas oficinas toman esas decisiones contra la mayoría de los mexicanos. Sobre todo, en el caso del incongruente gobierno capitalino y esa supuesta política social tan difundida como incumplida, que hasta se postula dentro en los principios doctrinarios del Partido de la Revolución Democrática. Máxime cuando los habitantes atestiguan con frecuencia las ocurrencias y caprichos que se traducen tanto en frívolas acciones populistas –como ese enfermizo afán de competir para los récords Guinness– como en los pésimos servicios urbanos –léase baches, basura, alumbrado, entre muchos otros servicios deficientes– o el catastrófico fracaso de la seguridad pública. Este último asunto ha ocasionado ya en días recientes que diversos grupos ciudadanos pidan la renuncia del secretario local del ramo, lo que desde ahora puede interpretarse como un último aviso al mismo Ebrard para que resuelva en definitiva este problema, considerado por la mayoría como el número uno de la ciudad, o se retire definitivamente a su casa, tal como se les advirtió a los funcionarios federales y estatales en aquella gran reunión nacional celebrada hace poco más de un año en torno a la creciente e inaceptable inseguridad pública. Por el momento, como se ve, sólo nos queda apostar a que mejore la economía, que haya más crecimiento, inversiones, empleos y salarios, para que al menos se compense tanta desmesura, ineptitud e inequidad.
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