| Monsi, sigues aquí |
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Como dijo Elena Poniatowska en el comienzo de ese discurso que ya recorrió el país y el mundo entero: “¿Qué vamos a hacer sin ti, Monsi?”. Pero la pregunta más importante es la que se expresa de manera contundente al término de la intervención de la escritora, quien fue, quizá, la amiga más cercana a Carlos Monsiváis: “¿Qué va a hacer México, sin ti, Monsi?”. Ante tales preguntas, quisiera responder, para comenzar, que estamos obligados, en honor de ese inmenso mexicano recién fallecido, a releer sus libros, artículos, crónicas y ensayos que tanto nos enseñaron a mirar, a ir más allá de la farsa política, de la demagogia y la propaganda tan avasalladora como mentirosa. Su sabia travesía como analista de los problemas de México nos enseñó también a reír, a desmontar con la sonrisa antisolemne y demoledora los excesos del poder, ya fuera del orden político o bien de grupos fácticos engendrados en el autoritarismo, la corrupción y la impunidad. Lectura obligada son y serán sus Días de guardar (1971), Amor perdido (1977), Nuevo catecismo para indios remisos (1982), Entrada libre. Crónicas de la sociedad que se organiza (1987), Escenas de pudor y liviandad (1988), Los rituales del caos (1995) El 68, la tradición de la resistencia (2008), Apocalipstick (2009) y decenas de libros más, junto a sus antologías y conferencias. Un hombre cuyo enorme talento se desplegó de modo polifacético, lo mismo en el periodismo que en el ensayo, la crónica o la crítica. Así, en cada uno de estos géneros nos heredó todo un arsenal de conocimientos, averiguaciones, hallazgos y otros tantos secretos y misterios, muchos en torno de la gran capital, de esta ciudad de México que tanto amó y a la que sirvió y enriqueció con sus escritos. Fue, diría yo, un cronista por excelencia de la vida nacional. Pero, a la vez, un pensador, un analista agudo y certero. Carlos Monsiváis también sembró una semilla que fue fructificando en libertades, que practicó con irreprochable valentía y verticalidad desde aquellos tiempos cuando escribir y decir lo que él escribía y decía implicaba grandes riesgos. Desde sus inicios como periodista y escritor denunció, se burló y desnudó lacras de su época, como hizo con las subsiguientes élites gobernantes, hasta sus últimos días en este mundo. Qué más decir de Carlos Monsiváis, dueño tan numerosos y elevados méritos, sin caer en el resbaladizo terreno del lugar común. Sé que en estos momentos no faltan quienes presumen de haber sido “íntimos” del escritor, como suele ocurrir cuando muere una celebridad. No quiero sumarme a esa lista de advenedizos. Me atrevo a decir solamente que me unió a él desde hace muchos años un afecto profundo –quisiera creer que fue recíproco–, alimentado por mi respeto, reconocimiento y admiración por su excepcional trabajo y sus aportaciones a nuestro medio profesional, que es la cultura. Esos sentimientos son compartidos por mi compañero Alejandro Ordorica, quien también lo conoció hace muchos años e incluso con él una serie de iniciativas y tareas en el ámbito profesional, especialmente en tiempos del Programa Cultural de las Fronteras, que Alejandro dirigió a lo largo de un lustro. Imposible olvidar la entrevista que le hice recientemente –un Monsiváis siempre afable y, pese a sus muchos compromisos, dispuesto a colaborar– dentro del programa El sabor del saber que realizamos semana a semana Alejandro y yo, a través de TV Mexiquense. Resultó tan rica y aleccionadora que se convirtió en dos programas especiales, que ahora esperamos que se retrasmitan, pues aparte de sus inagotables luces, Carlos nos aportó ahí una visión estrujante del futuro del mundo y de la humanidad. En fin, después del asombro y el desconcierto por la noticia, de la tristeza infinita por el vacío que nos queda, llego, como muchos, a la conclusión que Carlos Monsiváis no necesita adjetivos y elogios póstumos. Todos, todas, bien sabemos de quién se trata: un mexicano fuera de serie.
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