| Luces y sombras |
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También, en sentido inverso, podría decirse que con el Nobel se han cometido graves omisiones respecto a hombres y mujeres tanto de la ciencia como de las humanidades y las letras, que pese a sus sobrados méritos fueron ignorados por quienes eligen a los destinatarios del premio. En Latinoamérica, por ejemplo, baste mencionar el nombre del notable escritor argentino Jorge Luis Borges, que bien se hubiera merecido el Nobel de Literatura.
Además, si atendemos a la estadística histórica, comprobamos que la mujer todavía está rezagada en términos cuantitativos, pues de 802 personas que han recibido el premio en sus diferentes modalidades entre 1901 y 2009, sólo 40 han sido mujeres; es decir, un escaso cinco por ciento. Pero más allá de estos números, es bueno advertir que la tendencia a premiar a mujeres se ha incrementado, por lo que no dudaríamos que en los próximos años se rebase dicho porcentaje y aumente la presencia femenina en éste y otros premios, bien sean nacionales o internacionales. En cuanto a los Nobel que la Academia Sueca concedió en este 2009, se registran luces y sombras. Por un lado, recibimos la magnífica noticia de que un par de mujeres –junto con un científico británico– lo ganaron en el rubro de Medicina: la australiana Elizabeth H. Blackburn y la estadounidense Carol W. Greider, por sus investigaciones relacionadas con una enzima llamada telomerasa y su asociación con el proceso de envejecimiento; es decir, por su trabajo científico destinado a prolongar la vida humana, lo que no deja de tener un toque divino frente al proverbial anhelo de encontrar la fuente de la eterna juventud. También en Química se reconoció el trabajo de una mujer, la israelí Ada E. Yonath, premiada junto a dos varones. Otra buena noticia fue que por primera vez –desde que se instauró esta modalidad, en 1968– se concedió el Premio Nobel de Economía a una mujer: la estadounidense Elinor Osrom, quien comparte el reconocimiento con un economista de la misma nacionalidad. Y qué decir del Nobel de Literatura, que una vez más se otorgó a una mujer, ahora a la rumana Herta Müller, con la que ya suman 12 las galardonadas en ese rubro, la mitad de ellas en las últimas dos décadas. La selección de todos esos premiados ha sido recibida con beneplácito de todos los países, las academias, los centros científicos y las universidades. En cambio, no ha ocurrido lo mismo en caso el del Premio Nobel de la Paz, que se concedió, en mi opinión indebidamente, al presidente estadounidense Barack Obama. La principal objeción es que no puede premiarse a quien todavía no tiene siquiera un año al frente del gobierno de su país y cuyas decisiones no corroboran aún sus palabras y sus promesas. No hay convenios, por ejemplo, de un desarme nuclear, la disminución de tropas o el cese al fuego en sitios como Irak, donde la violencia de la guerra sigue cobrando víctimas día tras día. De hecho, es un premio que no necesitaba el presidente Obama en este momento, pues más que adhesiones le ha generado antipatías o, en muchos casos, indiferencia, por lo que más que otorgarle renombre, daña su imagen pública. Más aún cuando existe una lista enorme de personalidades, entre las cuales hay varias destacadísimas mujeres que lo merecen desde hace tiempo y que en esta ocasión pudieron haber sido elegidas. Como resultado de los recientes anuncios de los Premios Nobel 2009 quedan, pues, dos realidades: una, felicitarnos por la presencia creciente de la mujer en la tradición de estos prestigiados premios, y la otra, el desacuerdo con el Nobel de la Paz, aun cuando el presidente estadounidense tiene la oportunidad de ganárselo a pulso si logra demostrar, con hechos trascendentes, inequívocos y de absoluta congruencia, que es capaz de respaldar con hechos sus palabras.
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