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Nuestra cotidianidad se ha trastocado desde que se detectó la infección por la inicialmente llamada influenza porcina, que desde hace unos días se denomina influenza humana A/H1N1. Hay razones de peso para suponer que el virus procede de California y de Texas, vía Eurasia, aunque para casi todo el mundo –debido a la falta de información o a la mala fe– se originó aquí, como si nosotros lo hubiéramos exportado con propósitos malignos, lo que nos ha convertido, gracias a la intolerancia que suele ir mezclada con la ignorancia, en el país culpable de la epidemia, lo cual, por supuesto, es inexacto e injusto. Además, el ambiente por donde circula este temible virus también parece haber infectado a nuestra sociedad con la rumorología que, como está de sobra probado, distrae, confunde y perjudica. Pero más allá de estas cuestiones, debe reconocerse la acción de las diferentes instancias del gobierno que han tenido resultados importantes, pues si bien no se ha logrado poner un alto total a la epidemia –lo cual, por lo demás, sería imposibe–, al menos ha impedido que se difunda en mayor grado.
Habría que cuestionar, eso sí, el manejo de la información, que no siempre ha sido oportuna ni precisa, sobre todo lo referente a la coordinación con las diferentes entidades de la república.
En pocas palabras, yo diría que se han sentado las bases para empezar a contener la enfermedad, pero de ninguna manera podemos considerar que ya está controlada ni menos aún que fue erradicada. Debemos recordar que, como bien han indicado los especialistas, el virus llegó para quedarse y hay que aprender a lidiar con él.
Viene entonces, según mi percepción, la fase más determinante, sobre todo esta semana que ya corre, cuando comenzarán a reiniciarse gradualmente las actividades. Por eso, una vez concluida la fase de contención, que implicó lo mismo la suspensión de clases en todos los niveles educativos, que el cierre de restaurantes, teatros, estadios y otros sitios de reunión pública, se pondrán a prueba todas las medidas instrumentadas y sería terrible ver que fueron insuficientes y que la enfermedad se extiende.
Desde luego, la sociedad civil, como ocurrió en 1985 luego del terrible sismo que causó tanta muerte y destrucción en la ciudad de México, ha dado de nueva cuenta un testimonio de su capacidad organizativa y generosa solidaridad, al grado de llenar muchas omisiones debidas a la burocracia y la corrupción que prevalece en algunas instituciones.
Han sido días de muchos los sacrificios, restricciones y pérdidas, tanto de vidas humanas, como de la estabilidad cotidiana de muchos, en especial de los capitalinos, sin olvidar los efectos de índole económica, que aún son incalculables. Y no ha faltado quien levante una protesta, una queja e incluso haya mostrado cierta resistencia a cumplir las disposiciones sanitarias impuestas. Así, por ejemplo, la organización de restauranteros expresó su desacuerdo por considerar que se exageraron las medidas con respecto a su gremio, y alegó que no eran propiamente centros de aglomeraciones, pues fondas y restaurantes de por sí habían mermado su clientela y su afluencia era de menos de la mitad de la acostumbrada. A la vez, se registraron otras protestas por desatención en diversos hospitales, escasez de medicinas, abusos de las fuerzas del orden, acaparamiento y desabasto de cubrebocas, cobros indebidos en hospitales públicos, entre muchas otras.
Por todo eso, resulta oportuno rescatar algunas reflexiones del mensaje del doctor José Narro Robles, rector de nuestra Universidad Nacional, en la ceremonia de instalación del Consejo para la Recuperación Sanitaria y Económica de la Ciudad de México, el 5 de mayo:
… La emergencia sanitaria originada por la epidemia de influenza nos ha obligado a reflexionar y a actuar. Ha hecho que cambiemos súbitamente nuestra forma de vida. Ha interrumpido hábitos y obligado a tomar patrones que nos resultaban distintos. Hoy nos damos cuenta que, sin salud, poco importan muchas cosas materiales. Hoy estamos seguros que la salud va primero.
Cuando llegue el momento de hacer el balance, encontraremos que muchas cosas han cambiado, pero que otras persisten. Tendremos nueva evidencia de que la injusticia se ensaña con el pobre y el ignorante. Contaremos con un ejemplo adicional de que si bien es cierto que la enfermedad afecta a todos, sus consecuencias no son iguales. Acumularemos pruebas de que las secuelas más negativas las habrán padecido los que tienen menos y más necesitan. Una vez más nos encontraremos con la dureza de la falta de solidaridad internacional y la hipocresía de algunos que un día aportan bienes materiales y al siguiente discriminan, vejan y excluyen y que, además, lo hacen sin sustento científico. Al final, nos sobrarán ejemplos de que el problema en la sociedad contemporánea reside en el resquebrajamiento del sistema de valores.
En todo caso, en situaciones críticas como ésta es preciso actuar en dos campos: atender el presente y trabajar hacia el futuro. Por presente entendemos la prioridad inmediata de contener la enfermedad que nos ha invadido. Por futuro, lo menos que podemos entender es que aprendamos y tomemos lección de lo acontecido, que revisemos a fondo nuestro sistema de salud –pública y privada– y que seamos capaces de planear, de prever, así como de actuar en consecuencia con más rigor, seriedad, disciplina y eficacia a partir de hoy mismo y de los días subsecuentes o ante cualquier situación que ponga en riesgo a la población.
Es más, que no nos vuelva a ocurrir lo que dice la letra de una canción que por coincidencia escuché en estos días, y que es la célebre “Pobre gente de Paris”, que adaptada a nuestra situación coyuntural, podría ser “Pobre gente de México”.
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