Tan sólo por lo que toca a la capital del país, en lo que va de este año se ha agudizado de manera muy preocupante la falta del agua, razón por la cual se han programado cada vez con mayor frecuencia cortes y reducciones de suministro en todas las delegaciones políticas. A tal grado hemos llegado que la reducción que comenzó siendo un fin de semana cada mes, ahora se realiza todos los días de la semana. Así, el suministro del Sistema Cutzamala se redujo 10% de manera permanente de domingo a jueves, mientras que los viernes y sábados es mucho mayor (25% y 50%, respectivamente), todo esto con el fin de recuperar en parte el nivel de las presas que abastecen a la ciudad.
Esta disminución tan radical no se había presentado en décadas pasadas, por lo que ahora se sienta un precedente. El hecho es que las reservas de agua nunca habían estado tan mermadas, lo que además se ve agravado por las escasas lluvias de la temporada veraniega.
La preocupación por el bajo nivel de las presas va creciendo, así como se incrementa la inconformidad social de quienes ven trastocada su vida cotidiana por la carencia del líquido, a grado tal que el propio jefe de gobierno, quien parecía evadir el problema y se mantenía agazapado, se vio forzado a informar sobre esa adversa situación.
Sin embargo, es evidente la falta de planeación, tanto de los gobiernos anteriores como del actual, que no han tomado las medidas suficientes para evitar esta crisis hídrica. Tal parece que han estado más preocupados por las obras ornamentales y de relumbrón que por las necesidades básicas de los capitalinos. Cómo no recordar aquella anécdota de un veterano político que cínicamente declaraba su negativa a invertir recursos públicos en lo que no se veía –lo que no era lucidor—, es decir, lo que estaba debajo de la superficie, como drenajes, tuberías y otros servicios urbanos indispensables.
Y en otro ejemplo de confusión en las prioridades citadinas, pregunto: ¿de qué sirvió pavimentar un circuito que no presentaba graves carencias, mientras la ciudad está llena de baches, hoyos y hasta zanjas? O ¿cuál es el sentido de construir un segundo piso y distribuidores viales que nos encaminan con un poco más de rapidez a los congestionamientos automovilísticos de siempre?, como el inaugurado recientemente sobre avenida Revolución, que desemboca en Insurgentes, donde el conductor se queda prácticamente varado; me consta, pues el pasado sábado consumí casi media hora en este corto tramo.
El caso es que el agua se convierte día con día en el problema número uno de la capital, incluso por encima de la inseguridad pública y el desempleo. Si de verdad las autoridades capitalinas quieren encontrar solución a esta problemática, será también indispensable que superen los conflictos, reales y artificiales, que mantienen con la Federación y con el gobierno priista del Estado de México. Disputas, cabe señalarlo, siempre entreveradas con dimes y diretes, o quizá influenciadas por Andrés Manuel López Obrador, a cuya férula se somete el jefe de gobierno Marcelo Ebrard, quien aplaza acuerdos y firmas de convenios que son impostergables para la ciudad de México y su zona metropolitana.
En otras palabras, tenemos que pensar en forma seria y responsable, más allá de lo inmediato, e ir desarrollando una infraestructura hidráulica de aprovechamiento y máximo cuidado, tanto de los pozos como de las afluentes de los ríos. Además, se requiere realizar grandes campañas de difusión para evitar el desperdicio de parte de las empresas, comercios, industrias y ciudadanía en general.
Son soluciones que, junto a otras muchas, requieren de presupuestos considerables y de un buen tiempo para construirse, por lo que no se puede ni debe especular con posiciones políticas electorales, menos todavía electoreras, lo cual sería un crimen social.
Los datos de que disponemos son de verdad alarmantes y no sólo en lo que se refiere a la capital, sino en otras importantes ciudades, sobre todo hacia el norte del territorio.
En paralelo, esta situación forma parte de un grave problema mundial –en el que incide de manera destacada el calentamiento global–, de dimensiones tales que se habla ya del riesgo de que en un futuro no muy lejano se desaten conflictos bélicos similares a los motivados por el petróleo, aunque en este caso sería por la posesión de yacimientos acuíferos. Así es: como en una novela de ciencia ficción, podríamos estar en la víspera de sufrir guerras provocadas ¡por el agua!
A los ciudadanos, aunque sea en el contexto de tan adversa situación, nos queda todo “más claro que el agua” y estaremos pendientes y listos para actuar. Sabemos que es importante cambiar nuestros hábitos de consumo y valorar al máximo este preciado recurso; también, que debemos exigir seriedad a las autoridades para enfrentar el problema. Se trata de nuestra supervivencia y la de generaciones futuras.
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