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La caída del PRD PDF Imprimir E-mail
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Han transcurrido ya dos décadas y tras de una serie de altibajos políticos y electorales, el PRD ha entrado ahora en una franca y profunda crisis. Va en picada, lo sabemos, a pesar de sus logros en años recientes, que incluyeron la conquista de los gobiernos del Distrito Federal, Zacatecas, Guerrero y Michoacán; la obtención de un porcentaje histórico (25%) en las diputaciones federales en 1997, en la 57 Legislatura del Congreso –memorable en sí misma debido a que rompió por primer vez la hegemonía priista–, e incluso pese a la muy elevada votación obtenida en las elecciones presidenciales del 2006, cuando se ubicó como la segunda fuerza electoral en el país (logro que, por cierto, no supo consolidar). Al igual que otros partidos, el PRD le ha dado la espalda a la sociedad civil y ha dejado de representarla. Contra a sus ofrecimientos, no consiguió llevar a cabo transformaciones reales y trascendentes de acuerdo con su ideario original.


Son también ya conocidas las luchas hacia el interior del partido entre grupos y grupúsculos que no solamente han manchado la transparencia de sus propias elecciones en varias ocasiones, sino que han empañado con sus disputas por el poder la nominaciones para las candidaturas tanto a la Asamblea del Distrito Federal como a los congresos locales y las dos cámaras del Congreso de la Unión.


Así, frente a la ciudadanía en general los perredistas han trasmitido una imagen recurrente de violencia dentro y fuera del partido, turbiedad electoral, pugnas insalvables, ambiciones desbordadas, incongruencias en sus alianzas con otras fuerzas, así como otras desviaciones u omisiones que, según parece, los mandarán a un lejano tercer lugar entre las fuerzas políticas nacionales, además, en condiciones muy precarias.


En cambio, cómo no recordar, por ejemplo, aquella decisión verdaderamente lúcida del PRD a principios de los años noventa, de apertura democrática y sensibilidad social, cuando se hizo una convocatoria para que la mitad de sus candidaturas se ofrecieran a mujeres y hombres destacados de la sociedad civil y de diversos sectores sociales o gremiales, con una representativa diversidad, alto nivel profesional y calidad moral de tales personalidades.


Ahora, en cambio, las candidaturas se deciden con otros criterios, a partir de trueques convenencieros entre las llamadas tribus, que no están exentas de nepotismo y poseen una limitadísima representatividad, donde todo parece apuntar a la búsqueda del poder por el poder mismo, la protección de unos cuantos y sus familias y, en muchos casos, hasta la distribución de canonjías y jugosos negocios. De ahí el pésimo perfil de muchos de sus candidatos.


Y sí algo faltara en el descenso más que preocupante de esa llamada izquierda (pues hay en el país muchas corrientes de esa ideología que repudian al PRD y a la partidocracia imperante y se mantienen al margen de esas siglas, aunque participan en diversos espacios políticos y electorales), habría que agregar la dualidad esquizofrénica de Andrés Manuel López Obrador o su cínico oportunismo y patente incongruencia al querer llevar votos al Partido del Trabajo (PT), que –como muchos han afirmado– es un partido de origen salinista. ¡Increíble, de verdad!


Casi sobra decir lo que significa frente al electorado el caso del penoso litigio perredista por la candidatura en Iztapalapa, las acusaciones que se han filtrado en contra del gobernador michoacano Leonel Godoy, la fuga de reos en el penal de Zacatecas, la pérdida de vidas de una docena de jóvenes el año pasado en la discoteca News Divine, sin hablar de la ineficiencia pública del actual gobierno del Distrito Federal.


De verdad es triste y decepcionante atestiguar este deterioro en los años recientes y, peor aún, comprobar que muchas de las críticas que en su momento enderezó el PRD contra el Partido Revolucionario Institucional y el Partido Acción Nacional parecen ser hoy en día sus prácticas recurrentes y hasta el modus vivendi de los desprestigiados gobiernos perredistas.


Sin duda, para algunos este próximo domingo 5 de julio será la última llamada, aunque para otros ésta ya sonó y el PRD, junto con otros partidos de supuesta o relativa izquierda, fracasarán, pues no se les reconoce credibilidad ni futuro por parte de la sociedad mexicana, que de por sí ya está harta de todos los partidos políticos.


Esperemos, de igual forma, con las reservas del caso, para ver qué hará el dirigente del partido del sol azteca, Jesús Ortega, después de las elecciones de julio, como lo ha anunciado. Ojalá tome medidas que produzcan un cambio tan profundo como urgente que le permita recuperar a ese instituto político, aunque sea en parte, las adhesiones, simpatías y solidaridad que tuvo hace 20 años por parte de sectores liberales de la sociedad.
Pronto lo veremos: el PRD está en un punto donde no puede demorar demasiado su definición, de modo que estamos muy cerca de comprobar la realidad, así resulte dolorosa para muchos y muchas que antaño creímos en ese partido y le dimos nuestro apoyo.

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