| ¡Viva Brasil! |
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Desde luego, a Dilma la impulsó el prestigio del presidente Da Silva, quien construyó un buen gobierno, donde la apertura, las reformas, la tolerancia y una visión de futuro en el contexto de la globalidad fueron claves para lograr la aceptación de la mayoría de los brasileños. Según las encuestas, Lula termina su mandato con 80% de aprobación por parte de sus conciudadanos. Pese a ello, fue necesario ir a una segunda vuelta electoral, pues en las elecciones del 3 de octubre la candidata Rousseff no logró el necesario 50% de los votos válidos: se quedó con 46.9%, contra los pronósticos que anunciaban una derrota de su opositor más cercano, el socialdemócrata José Serra. ¿Qué ocurrió entonces?, me pregunto. Por una parte, me parece que en la primera vuelta imperó la sabiduría de la sociedad brasileña para reconocer todo lo que se había registrado en la gestión de Lula, aunque a la vez se cuestionaran ciertas omisiones, negligencias y decisiones erradas en las acciones de gobierno. A esto, claro está, que se sumó el voto opositor, el de los sectores más conservadores. Por otro lado, con respecto al resultado de la segunda vuelta, celebrada el 31 de octubre, creo que el electorado mandó un mensaje de prudencia, pues si bien dio el triunfo al Partido de los Trabajadores, no lo hizo con un porcentaje abrumador: Rousseff obtuvo poco más de 56% de los votos. La sociedad brasileña, así, rechaza cualquier extremismo político. Incluso la considerable votación que obtuvo José Serra nos muestra que la balanza se inclinó a seguir el rumbo marcado por Lula, pero tomando en cuenta también las otras plataformas políticas, incluida la corriente ecologista, y no sólo la del Partido de los Trabajadores, así sea con las concesiones que obligadamente aceptó y cumplió antes el propio Da Silva. Así se enriquece y gana en pluralidad el programa de gobierno, a la vez que se evita cualquier giro político hacia el polo izquierdista más radical. Digamos que se premió al gobierno de Lula pero con las reservas del caso y, aún más, con una respetuosa y democrática advertencia a la nueva presidenta para que no sólo siga por esa vía sino que busque acentuarla y consolidarla. Por otro lado, el hecho de que haya sido elegida una mujer para la presidencia de ese país, después de que lo han gobernado 35 presidentes hombres, demuestra la madurez política y el avance social y cultural de esta nación, más allá de machismos, prejuicios y discriminaciones. En todo caso, la gran lección de Brasil para Latinoamérica, aparte de su avance democrático, es el hecho de que ha sido capaz de generar acuerdos políticos, económicos y sociales con equilibrio, audacia, lucidez, realismo y transparencia. Bien por esa nación hermana.
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