|
Si bien es cierto que con la ceremonia anual del Informe se había caído en un exceso, pues terminó por convertirse en pretexto para la glorificación de la figura presidencial y en la práctica se redujo a un monólogo cansino e improductivo, ahora nos fuimos al otro extremo, el del autismo político.
Por tanto, se requiere de una redefinición de esta obligación anual del Ejecutivo, en donde sin reciclar el Día del presidente tampoco se desaproveche el potencial de las instituciones para enriquecer la visión del presente y del futuro del país, junto al planteamiento de las soluciones que se requieren para enfrentar la gigantesca problemática actual y asumir los retos que debemos afrontar sin dilación.
Si nos centramos en este informe, que de hecho se dio de acuerdo con otro ceremonial, entre el Poder Ejecutivo y una elite de invitados a Palacio Nacional, veremos que se presta a diversas interpretaciones.
Por un lado, está el hecho de que a mitad de sexenio el propio presidente Calderón haya intentado un verdadero relanzamiento de su administración, mermada ya en buena medida por la crisis económica y las malas decisiones en cuanto a las prioridades de gobierno. A estos factores se han sumado otras variables, provenientes o no del extranjero, entre ellas la emergencia sanitaria provocada por la aparición de la influenza en nuestro territorio y la consecuente paralización de algunas actividades de los sectores turístico, industrial y comercial.
De ahí el ímpetu de su mensaje, que en general fue bien recibido y renovó algunos ánimos sociales.
Con respecto a los 10 puntos que planteó el presidente Calderón como eje de su propuesta para la nación, cabe decir que varios de ellos han formado parte, palabras más, palabras menos, de otros programas presidenciales que le han antecedido y es el día que tan buenos propósitos, por desgracia, aún no se alcanzan. Sin embargo, en su conjunto, y con ciertos cambios en su enfoque, generaron respuestas positivas de diversos sectores de la sociedad, incluidos varios partidos políticos.
Llama la atención el tono terminal del mensaje del presidente en el sentido de que es la última oportunidad para cambiar, lo cual es entendible porque pasamos por momentos muy difíciles. Pero, a la vez, desde nuestro punto de vista más bien se trata de que le queda poco tiempo a su gobierno para ofrecer buenos resultados; por lo menos, para aminorar los estragos que está provocando la crisis, porque de lo contrario puede sobrevenir cierta inestabilidad social y se correrá el riesgo de que el partido en el gobierno pierda la Presidencia en las elecciones del 2012.
De cualquier forma, lo que resulta incuestionable es que se requiere con urgencia un plan para que la nación empiece a solucionar tres cuestiones cruciales: pobreza, desempleo e inseguridad pública.
Por tanto, de sumarse tanto recursos y esfuerzos como voluntades para reducir al máximo estas tres lacras nacionales, habremos avanzado. Y hasta podríamos respirar con más tranquilidad para tomar nuevo impulso y acelerar la marcha de la nación hacia la justicia y la prosperidad en la construcción de un país donde quepamos todos y todas por igual y sin tantas diferencias.
Trackback(0)
|