| Intereses creados y verdades sospechosas |
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Habría que recordar, además, que en el caso de Balderas la grave agresión contra el futbolista paraguayo Salvador Cabañas ocurrió en un establecimiento comercial vinculado, por lo menos durante un tiempo, a una de esas televisoras. Peor aún si se confirmaran los rumores que vinculan a ese bar con la distribución de drogas en el medio del espectáculo. El despliegue de información sobre los casos de Edgar Valdez Villareal, La Barbie, y del citado JJ, y en especial las entrevistas televisivas a uno y otro delincuente, han llevado a pensar que se está haciendo apología de los enervantes y del enriquecimiento ilegítimo. Ambos aparecen ante el público como personajes destacados, que visten a la moda, tienen grandes residencias, gozan de enormes fortunas y se acompañan de guapas mujeres –incluida alguna ganadora de un concurso de belleza–, se rodean de enormes séquitos y siempre se muestran sonrientes ante las cámaras, como si las actividades que los llevaron a la detención constituyeran proezas o triunfos genuinos en su vida profesional. A la vez, resulta fuera de lo común el hecho de que las entrevistas al JJ y otros delincuentes aparecieran prácticamente de forma simultánea a través de las dos grandes cadenas televisivas el mismo día de su captura, sin que el acusado hubiera comparecido primero ante el Ministerio Público, como marca la ley. Claro, aquí también los comentarios fluyen por doquier en el sentido de que dichas entrevistas no pudieron haberse realizado sin la anuencia de altos funcionarios del gobierno federal, quienes no reparan en violentar la ley con tal de presumir resultados en la lucha contra el crimen. Eso, sin mencionar que dichos espectáculos funcionan como estrategias de distracción social en tiempos tan difíciles como los que vivimos. Mientras estos mensajes, que tanto se regodean con la violencia y el crimen, crecen en número e intensidad, en el lado opuesto sólo por excepción llegamos a oír las voces de nuestros artistas e intelectuales en espacios similares, en el privilegiado y costoso horario Triple A. Lo cierto es que los temas del arte y la cultura se transmiten a las horas de menor audiencia, perdidos en un mar de programación abrumadora dedicada al chisme y al espectáculo de reducidas miras, que está muy lejos de la labor educativa, cultural, de análisis o de reflexión en torno a la realidad nacional y mundial. Un punto más que debe tenerse en cuenta es que las autoridades no otorgan el mismo trato a todos los medios de información, pues sólo unos cuantos tienen la oportunidad de obtener entrevistas exclusivas o noticas de primera mano, mientras la gran mayoría, en especial los medios impresos, se rezagan en su papel de vehículos noticiosos al no contar con el favor de los funcionarios que se prestan para hacer que los delincuentes se vuelvan estrellas del espectáculo. Esto evidencia criterios discrecionales o, peor aún, acuerdos particulares que dejan ver, como sentenciaba Jacinto Benavente en una de sus obras más representativas y aleccionadoras, Los intereses creados. En fin, mensajes e imágenes que recibimos a diario en nuestros hogares a través de la televisión y que suscitan a la vez estupor e indignación o, en el mejor de los casos –recurriendo de nuevo a la dramaturgia–, sucesos de la vida real que interpretara en el contexto de su época Juan Ruiz de Alarcón, gloria del Siglo de Oro español –por cierto, mexicano de nacimiento, oriundo de Taxco, Guerrero–, en su reconocida obra La verdad sospechosa.
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