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Por lo que toca a la influenza, el ritmo social y económico comienza a recobrar su paso cotidiano después del periodo de contingencia sanitaria, aunque se nos ha insistido en que la amenaza subsiste y permanecerá durante tiempo indefinido. La voz de alerta tiene fundamento: el riesgo está lejos de desaparecer, pues mientras en unas entidades el número de afectados decrece, en otras el contagio se multiplica de modo preocupante, incluso en regiones donde no se había presentado durante la primera etapa de la epidemia. Además de los lamentables decesos que ha ocasionado este padecimiento, que en México ya rebasan el medio centenar, y el riesgo en el que ha puesto a miles de infectados, la nueva influenza ha exacerbado un mal que anida peligrosamente en la economía nacional.
De hecho, durante dos semanas la actividad económica se frenó, especialmente en el Distrito Federal con las disposiciones que dictó el gobierno local para que se cerraran las fondas y los restaurantes, lo cual suscitó, por cierto, la protesta inmediata de la asociación de restauranteros, que consideraron la medida innecesaria y muy riesgosa para la estabilidad de su sector. Pero también registró pérdidas sensibles la industria del entretenimiento, en particular cines, teatros y espectáculos diversos, así como otros sectores.
Sin embargo, con seguridad los mayores daños se han producido en el sector del turismo internacional, sobre todo en lo que se refiere a los centros vacacionales ubicados en nuestros litorales, como Puerto Vallarta, Huatulco o Cancún. Este grave descenso se refleja también en el rubro del turismo local, ya que muchos de nuestros paisanos, aterrados por el riesgo de contagio, no quieren cruzar los límites de su propia casa o su espacio territorial inmediato.
Y, hablando de enfermedades, ahora resulta que ese catarrito “light” que diagnosticó hace algunos meses el secretario de Hacienda se convirtió en una fuerte gripe e incluso en neumonía de pronóstico reservado, al grado que en estos días, tras dos trimestres seguidos de decrecimiento del producto interno bruto, finalmente se admite que padecemos una dolorosa y peligrosísima recesión.
En efecto, si entendemos por economía recesiva tanto la pérdida de empleos y el descenso de inversiones como los déficits en nuestra producción y el desequilibrio entre importaciones y exportaciones, el horizonte empieza a oscurecerse más y conforma nubarrones a punto de convertirse en tormentas impredecibles, pues la de por sí menguada economía mexicana declina aún más.
Para nuestra desgracia, en poco tiempo se enlazaron dos terribles realidades, ambas originadas en Estados Unidos: una, la estrepitosa caída de la economía de aquella nación, con efectos altamente nocivos para nosotros, no sólo por la cercanía, sino también por la dependencia comercial que históricamente ha mantenido nuestro país hacia el vecino del norte. La otra carga es el tan socorrido virus A/H1N1 que, dicen algunos especialistas, se originó de aquel lado del río Bravo.
Por lo mismo, la crisis continúa y se profundiza y requiere de más esfuerzo, resistencia y sacrificios, si hablamos del campo económico. Pero también demanda disciplina y perseverancia en el capítulo de la salud pública, pues en los recientes días de crisis sanitaria han saltado a la vista de todos los grandes vacíos y omisiones que por décadas hemos padecido en los campos de la salud y la educación.
Parece que ahora sí empezamos a tocar fondo, pero el pozo de la crisis puede ser aun más profundo si, por ejemplo, en la ciudad de México se siguen tolerando puestos de fritangas y fonduchas al aire libre, donde pululan bacterias y virus, expendios que son un peligro en potencia y que tanto han enriquecido los bolsillos corruptos de las autoridades desde hace ya varias décadas.
Como éste, sobrarían ejemplos de la problemática que se vive lo mismo en la capital que a lo largo y ancho de la república, donde por falta de presupuesto dejamos de contar con centros de investigación que hoy hubieran sido nuestros mejores aliados, sin hablar de las deficiencias que conocemos bien en los sistemas hospitalarios, donde a veces los pacientes no pueden obtener ni siquiera una venda, una aspirina o una botellita de alcohol.
No queda de otra más que poner manos a la obra y tomar en cuenta que ya nos resta un escaso margen de oportunidad para hacer lo que debimos emprender desde mucho tiempo atrás. Somos los ciudadanos, ahora más que nunca, quienes debemos exigir el cambio, tomar los asuntos en nuestras manos y actuar para conseguir, para todos, una mayor calidad de vida, lo que significa pugnar por una sociedad donde se garanticen y se cumplan, en la práctica, derechos tan elementales como la educación y la salud. Es decir, que surja y se fortalezca un nuevo poder civil sobre cualquier poder político que acuse negligencia, ineficacia o corrupción.
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