| ¿Democracia a medias? |
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Pero lo cierto es que tampoco ahora tenemos una fórmula adecuada para establecer encuentros genuinos, participaciones de ida y vuelta, de retroalimentación, de enriquecimiento mutuo entre gobierno y sociedad. Es inaceptable tanto la supeditación entre los poderes en el sistema presidencialista y su nefasto autoritarismo, como el formato que hoy se ha adoptado, omiso y displicente, que se vuelca en debates desarticulados y apresurados. Ni en uno ni en otro caso se revisan los problemas del país con la seriedad, sistematización y profundidad requeridas; tampoco se ponen bases para el seguimiento consecuente de los diversos asuntos a fin de encauzar bien las tareas públicas. A la distancia recordamos cómo se fueron registrando algunos hechos que en su momento pudieron parecer útiles o valientes y hasta oportunos, pero que al final no pasaron de ser meras anécdotas, como aquellas interrupciones o réplicas –las famosas interpelaciones de los diputados de oposición– que ocurrieron en informes de varios presidentes, de modo destacado Miguel de la Madrid y Carlos Salinas. De ahí transitamos por las respuestas sorprendentemente críticas (la de Carlos Medina Plascencia en el V Informe de Ernesto Zedillo) o asombrosamente protocolarias (la de Porfirio Muñoz Ledo en 1997), hasta llegar al absurdo en el sexenio de Vicente Fox, cuando de plano se le impidió ofrecer su último informe ante el Congreso. En otras palabras, se ha pasado de un modelo de consagración presidencial al extremo opuesto, igualmente pernicioso, del autismo del Ejecutivo, al que en nuestros días le basta hacer llegar un documento cómodamente para que también plácidamente los diputados le den un vistazo y emitan opiniones y veredictos superficiales. Por tanto, es urgente establecer los mecanismos pertinentes para que fluya la información, y a partir de ella se hagan, con seriedad, las evaluaciones y recomendaciones respecto a errores, insuficiencias o distorsiones en las acciones de gobierno. Al mismo tiempo, con madurez política se deberán reconocer los logros y las metas cumplidas de manera satisfactoria por la administración federal. Es decir, privilegiar el análisis y las propuestas más allá de la información que se recibe en sentido estricto. Reemplazar el simple acto de entrega y recepción de documentos por un ejercicio de comunicación social que implique intercambios, decisiones y compromisos genuinos que aseguren y clarifiquen su cumplimiento. Debemos, pues, alejarnos de esos dos modelos disfuncionales de informes del Ejecutivo a la nación: ni la sobrerrepresentación ni la minimización. Transitar hacia un intercambio responsable, realista y positivo entre los poderes Legislativo y Ejecutivo, en bien de la sociedad. De ser así, estaremos insertos en un proceso democrático de decir y escuchar para transparentar el presente e ir construyendo el futuro con mayor certeza. Finalmente, y a propósito de este V Informe del presidente Calderón, cabe decir que comprobamos que si bien hay logros en materia de salud, vivienda e infraestructura carretera, existen también incumplimientos y deficiencias en varios rubros, como el empleo y la educación, además de que hasta los éxitos se empañan con las llamadas consecuencias colaterales de la brutal lucha contra los carteles de la droga. Pero al margen de los buenos o malos resultados de un año de gestión presidencial, cabe insistir en que la democracia no existe a medias y exige discusiones públicas, legítimas, respetuosas y, sobre todo, consensos, lo cual tampoco se logra con informes a medias.
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