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En el lado opuesto se situaron quienes criticaban un gasto que parecía enorme y desproporcionado para tales festejos; entre ellos, muchos coincidían en que se debería llevar a cabo una celebración significativa, pero más austera, discreta y modesta.

Otro segmento no menos importante estuvo formado por quienes se abstuvieron de tomar posición y se mantuvieron neutrales o a la expectativa.

A su vez, algunos grupos minoritarios más radicalizados trataron de politizar las festividades patrias a favor o en contra de los organizadores. Así ocurrió, por ejemplo, del lado oficial con las opiniones de algunos funcionarios federales que exageraron al referirse a la calidad de los preparativos. En el otro extremo se situaron voceros del gobierno del Distrito Federal –como el historiador Enrique Márquez, coordinador general de los festejos del bicentenario en la ciudad de México–, quienes trataron de ningunear los actos organizados por el gobierno federal y se empeñaron en criticar todo sin argumentos sólidos, por lo que sus cuestionamientos resultaron estériles.

La verdad es que tanto para la mayoría de los asistentes a la ceremonia del Grito, con sus espectáculos previo y posterior, como para gran parte de los millones de ciudadanos que la vieron por televisión, la conmemoración fue exitosa y disfrutable. Se desvaneció en buena medida la preocupación de muchos a los que les parecía caro el espectáculo –ahora se sabe que el gasto ascendió a 680 millones de pesos– y les incomodaba que el montaje técnico se hubiera encargado al productor australiano Ric Birch, a quien, por cierto, le salió bien la función.

Hay que aceptar también que el desfile previo que se desarrolló a lo largo del Paseo de la Reforma lució, y en general los comentarios al respecto fueron aprobatorios, con sus debidas preferencias, matices y gustos, como ocurre siempre con estas exhibiciones, en cualquier parte donde se realicen.

En suma, el resultado en lo que respecta a la imagen pública sumó puntos a favor de Alonso Lujambio, a quien apenas hace poco le endilgaron la responsabilidad de la muy controvertida comisión encargada de los festejos, la cual tuvo previamente cuatro coordinadores, quienes acumularon varios años de tropiezos y falta de resultados. Digamos que el secretario de Educación salió bien librado tras correr serios riesgos políticos, pues de no haber funcionado toda esta parafernalia del 15 de septiembre habría recibido críticas abrumadoras, de las que difícilmente hubiera podido liberarse de aquí al 2012, en el entendido de que es un candidato viable del Partido de Acción Nacional para las elecciones presidenciales.

Aún así, su tarea en este renglón va apenas a la mitad, pues falta una fecha más, la del 20 de noviembre, cuando se cumplan 100 años del inicio de la Revolución mexicana. Por lo pronto, Lujambio salió avante de la prueba de fuego con la celebración del bicentenario de la Independencia, dada su trascendencia y complejidad.

A fin de cuentas, lo importante y esencial, lo que anhelamos todas y todos, es que el país funcione más y mejor. Lo que ocurrió en la ceremonia del Grito de la Independencia adquirirá su verdadero valor justamente en la medida en que constituya un detonante del ánimo social, tan decaído en nuestros días; un aliciente para promover la enjundia y lograr la conjunción de voluntades para superar la crisis.

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