| De Egipto y otras dictaduras sin futuro |
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Cuando hablamos de dictadura nos referimos sobre todo a la negación de libertades individuales y colectivas, que sin duda son o se asemejan a formas de esclavitud, por el sometimiento a un caudillo tribal, rey, emperador o cualquier otra figura de autoridad, aunque tenga la envoltura engañosa de partidos con presidentes, jefes supremos o comandantes. Por fortuna, la humanidad no detiene su paso y cada vez son menos los regímenes totalitarios que mujeres y hombres del siglo XXI permiten en nuestro planeta. Éstos se ubican mayoritariamente en Asia y Africa, aunque tristemente América no es la excepción. Celebramos, por tanto, que Egipto, esa maravillosa nación, tierra de cultura ancestral y hallazgos impresionantes de la inventiva humana –llámese cerveza, perfume, aceites o las primeras intervenciones quirúrgicas– se inscriba en el sendero de la democracia y las libertades. Como sabemos, tuvieron que pasar 30 años, tan sólo para referirnos al caso de Hosni Mubarak, para que se diera un cambio indispensable en esa nación, que si bien debe mucho a la valentía y decisión de sus jóvenes apoyados en herramientas de la cibernética, que permiten comunicarse con miles o millones de personas o con casi todos los pueblos del mundo, no podemos ignorar que existen organizaciones civiles y religiosas que desde mucho tiempo atrás han tenido la entereza de enfrentar al dictador para exigir cambios en el modelo de gobierno. Otro punto que me parece pertinente aclarar es una versión, que entre otras muchas, ha surgido en el sentido de que los triunfadores fueron los militares, y que de hecho se trató de un “golpe militar perfecto”. Esto me parece una interpretación distorsionada y parcial, pues las fuerzas armadas egipcias, si bien tuvieron –y siguen teniendo– un papel fundamental, no fueron las instigadoras del cambio. En todo caso, este proceso deberá desembocar en el cambio democrático, pues de lo contrario se provocaría una guerra civil. Pronto veremos si los militares egipcios se aferran al poder o garantizan la transición democrática. Por lo pronto, es deseable que la lección egipcia sirva para que en el mundo desterremos a las dictaduras y demos paso a los más viejos y grandes anhelos de la humanidad, que apuntan a la equidad y libertad. Ojalá comprobemos, además, que hemos evolucionado tras varios milenios de civilización. Bien vale el recuento de las dictaduras que han sobrevivido como malas yerbas, que son hoy por lo menos juna veintena, así sean disfrazadas con la figura de un comité o de un partido que esclaviza y denigra a millones de seres humanos. De hecho, aunque existiera sólo una en la plena y actual globalidad del siglo XXI, el hecho sería imperdonable e ignominioso. Es hora, entonces, de erradicar ese mal de la faz del mundo.
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